Da pena la muerte de Robin Williams. Y las circunstancias del óbito acrecientan el dolor. Le deseo de corazón que descanse en paz, un cielo precioso como el de Más allá de los sueños. El actor hizo grandes papeles dramáticos, y a los de mi generación nos marcó El club de los poetas muertos, con ese profesor que estimula a sus alumnos, todos querríamos tener uno como él.
Pero en estas breves y apretadas líneas sólo quiero recordar ese contagioso espíritu risueño y travieso, que paradójicamente, considerado ahora, transmitía ganas de vivir disfrutando y gozando, con una sonrisa en los labios, aun en medio de los sinsabores, como el cáncer que veíamos en Patch Adams.
Cualquier otro actor con su físico se nos antojaría ridículo embutido en una mallas verdes, pero él desconocía el miedo al ridículo, y su Peter Banning recuperando al Peter Pan de su niñez en Hook, volando en singular desafío a las más elementales leyes de la gravedad, era puro Robin Williams. En Jumanji era pura diversión verle como niño peludo y crecidito, atrapado en un juego. También su presidente Roosevelt de Noche en el museo daba un toque especial a la saga. Como juguetones eran el profe de la disneyana Flubber, blub, blub, o el genio animado de Aladdín. Además mi hermano Michel me enseñó a apreciar una película encantadora y poco valorada, Toys, donde aplicaba a su alma infantil a la herencia de un imperio juguetero.
Hay actores que travestidos de mujer producen un poco de grima. No fue el caso de Robin en Señora Doubtsfire, cinta que nuevamente contiene la idea de que, por conseguir la felicidad, estar con los hijos en este caso, hay que pasar por encima del temor a la vergüenza, al quedar mal. No importa que se rían de uno, es más, está bastante bien provocar risas en los demás, un poquito de diversión.
Curiosamente, en las risas y el alma infantil de Williams en las películas a veces asomó un elemento trágico o distorsionador. Podía aparecer como hombre desenfocado en Desmontando a Harry, mintiendo para aliviar las penas de un campo de concentración en Ilusiones de un mentiroso, o siendo un robot chistoso y bastante humano en El hombre bicentenario. Las risas y el llanto no van tan disparejas en la vida como uno podría creer, y tener perpetuamente aspecto de niño podía ser un drama, como se comprobaba en Jack.
