No conozco todavía a ningún espectador que se haya quedado indiferente tras el visionado de “Los domingos”. Sea o no el espectador creyente, Alauda Ruiz de Azúa ha logrado interpelarlo de algún modo. Pero nunca llueve a gusto de todos.
Y es que, como en la vida misma, están los que saben disfrutar de los domingos, y luego están los domingueros, que con distintos matices no saben estarse quietos y gozar de un día tranquilo como la mayoría de los mortales, solos o en compañía de la familia, que se suben al coche sin saber adónde ir, y a los que domina con frecuencia el espíritu de contradicción, qué bien lo he pasado, dicen, aunque haya sido un día horrible o por lo menos vacío. Quieren distinguirse del resto, no ser como los demás, resaltar su diferencia, ellos han vividos y visto algo que los otros no captan. Y en fin, están además los aguafiestas, o quizá habría que decir “aguadomingos”, saboteadores profesionales, trolls creo que los llaman en las redes sociales, que si detectan una buena conversación en que cada uno aporta su punto de vista más o menos valioso, llegan ellos y lanzan su bomba, a ver si logran sacar de sus casillas al resto con sus “originales” aportaciones.
El que haya querido, ya habrá leído mi crítica de Los domingos, no voy a repetirla o simplemente glosarla. Aquí quiero fijarme en las reacciones que está suscitando la exitosa película con excelente boca a oreja, por supuesto también en la mía. Para ello entiendo que debo poner mis cartas sobre la mesa, o mostrar el contenido de mi “mochila”, expresión de la directora y guionista Alauda Ruiz de Azúa, con la que he visto la película. Sí, soy un hombre de fe, cristiano, católico, y me interpela en lo más hondo la idea de una persona que se plantea una vocación de entrega para toda la vida, la orientación que recibe de quien puede ayudarle a decidir, la reacción del entorno cercano, familia y amigos, creyentes o no creyentes.
Entre el público con el que comparto la fe, me he encontrado con muchos, la mayoría, entusiasmados con la película, por la riqueza de la trama y el respeto con el que se trata todo. Por ejemplo el obispo José Ignacio Munilla subraya “el bien que ha hecho entre los jóvenes para ayudarles a entender que hay que ser valientes y libres para buscar cada uno su camino”, idea que seguramente puede ser compartida por cualquiera, incluso por las personas laicistas que no soportan nada que huela a religioso. No pretende la película “catequizar” ni en un sentido ni en otro, lo que hay es una mirada amplia y diversa a una situación concreta y alrededores.
Ya digo que se trata de la reacción general, pero también hay quien, como una amiga, me dice que “la decisión [de la protagonista] de ser monja es anecdótica, no me explica la brutalidad del encuentro con Dios”. Entiendo a qué se refiere, aunque la decisión creativa de Ruiz de Azúa sea estructurar la película en torno a una decisión que trastorna a una familia, no mostrar el proceso íntimo de esa situación de discernimiento vocacional, y hay que aceptar su punto de partida. También en la línea de apuntar que los católicos están aplaudiendo con exceso esta película –le gusta hablar del catolicismo “pompier”– se encuentra Juan Manuel de Prada, que admite que “resulta, desde luego, llamativo que la vocación religiosa de la muchacha no sea tratada de forma ensañadamente burlona (como por lo común ocurre en películas españolas recientes) y que la Iglesia no sea caricaturizada burdamente como una institución pérfida; pero la película no pretende indagar en la vocación religiosa, ni en la naturaleza de la fe, sino más en las debilidades, inseguridades, miserias y problemas de incomunicación de una familia”.
En el campo de los no creyentes, el aplauso también ha sido general, aquellos de mis colegas críticos de cine que confiesan no tener, fe se han rendido ante la honestidad del film, su capacidad de ofrecer todo tipo de puntos de vista, además de que saben que la propia directora no es creyente, lo que no le ha impedido exhibir su amplitud de miras. Me confirmaba este impresión el actor Miguel Garcés, que interpreta al padre de la protagonista de Los domingos, al que pude entrevistar junto a Blanca Soroa, y es que la virtud del film consiste en que nos desafía a todos, aunque tengamos puntos de vista consolidados, y nos invita a transitar por territorios desconocidos, ir más allá de posiciones cristalizadas, entender a los otros. Es lo que ocurría con la película Converso, que jugaba con el doble sentido de la palabra, de cambio hacia la fe y de conversación, a propósito de los cambios que el director David Arratibel había observado en su familia en relación a la práctica religiosa.
Pero es curioso cómo hay gente para todo. He detectado a gente sin fe a la que parece despertar una rabia incontenible el simple hecho de que una película con contenido religioso guste a todo el mundo, sea cristiano o no. El comentario que leí en redes de que era la película ideal para ver en Halloween, porque produce terror cómo come el coco a una pobre chica una siniestra madre superiora, resume el colmo de esa reacción visceral, difícil de entender: como no pueden desaconsejar algo que ha gustado a gente sin fe como ellos, pues tienen que retorcer su contenido y pretender que su valor es el de cuento terrorífico de advertencia frente a la posibilidad de que una persona joven se plantee una vocación religiosa, porque oscuros personajes intentan seducirla en ese sentido. Un auténtico dislate, pero es que siempre hay gente que ve, simplemente, lo que quiere ver. Pobres criaturas.
La verdad es que, pensar sobre el sentido de la vida de encierro en un convento por amor, conduce a alguien cuyo matrimonio tiene grietas a sentir algo parecido a la envidia, por una entrega total y para toda la vida, aunque sea de un modo que no se entiende. ¿Cuál es la forma adecuada de ayudar a alguien joven, ingenuo, quizá inmaduro, pero sin duda generoso, a acertar en una decisión de inmenso calado? ¿Quién no conoce a alguna familia donde saltan chispas cuando toca repartir una herencia? Y no quiero entrar a si “está de moda” ser católico, expresión incluso superficial acerca de lo que supone ser católico, y es que podríamos multiplicar las preguntas y no terminar de conversar el domingo y los demás días de la semana sobre los domingos.
