Los críticos, de cine y de cualquier otra área, cada vez pintamos menos. Quizá estamos menos preparados, ya se sabe que la educación y la formación cultural están en crisis, o nos falta una mayor penetración en lo que las películas contienen –si es que contienen algo–, pero también, y es a lo que voy con estas líneas, nos dejamos tapar la boca, consciente o inconscientemente.
Está claro que la figura del crítico a la vieja usanza va a menos. Quedan las clásicas firmas del pasado para consultarlas –cada vez menos– en la hemeroteca, y los que aún siguen en activo de la vieja escuela, casi conservados en formol para curiosidad de los estudiosos, ya sea una figura al estilo Carlos Boyero, que las nuevas generaciones contemplan con la misma extrañeza con que ven una máquina de escribir o una pluma estilográfica, o los “vanguardistas” que se creen herederos naturales de Cahiers du Cinéma y que ensalzan todo lo “raro”, por el simple hecho de ser raro o diferente, no necesariamente porque sea bueno. Hace años un buen amigo, Javier Cortijo, qué habrá sido de él, escribió un divertido libro muy atinado, “No disparen al crítico (o al menos apunten entre los ojos)”, que ofrecía un auténtico bestiario con la clasificación de diversos tipos de analistas cinematográficos.
La tragedia en la actualidad es que cada vez van quedando menos críticos, una especie en extinción, y que no son apreciados por casi nadie. Internet y las redes sociales han facilitado el intercambio de opiniones de modo progresivamente acelerado, pero lo que parecía un logro y una gran ventaja, la democratización de la crítica, ha devenido en caterva de voces disonantes, una pléyade de opinadores cuya valía personal es difícil de distinguir, influencers, youtubers, trolls, que opinan de cualquier cosa sin tener mucha idea y que han devaluado hasta el extremo aquello que en otros tiempos se conocía como argumento de autoridad. Ahora autoridad no tiene nadie, es más, odiamos a quien dice tenerla, o a quien se le reconoce, la cultura, la formación, la preparación, no cuentan nada, lo importante es hacer ruido, ser simpático, guapito, capacidad para viralizar lo que dices... aunque no digas gran cosa.
Pero es que incluso los informadores, críticos y opinadores profesionales nos dejamos manejar por otros, hasta el punto de mordernos la lengua, esperar a ver qué dicen los demás antes de opinar, quedar encantados de que una frase nuestra tipo “la película de la década” sea utilizada por la distribuidora de ese film para promocionarla, aunque esté sacada de contexto, qué más da, llevar la contraria sólo por llevarla, o ver reducido nuestro esfuerzo por entregar una crítica a una puntuación, unas estrellitas, a la respuesta binaria de la veo o no la veo, aquel famoso pulgar hacia arriba o hacia abajo de los espectáculos circenses que popularizaron Roger Ebert y Gene Siskel.
Cada vez los críticos nos dejamos más encapsular hasta vernos reducidos a la nada. Ahora ya no importa tanto lo que dice Fulano o Mengano, sino la media de Metacritic o Rotten Tomatoes, la estadística, el promedio, el algoritmo. La gran concesión es que no sólo se cuenta con el promedio del público popular, sino de los críticos que se prestan a formar parte de esta forma de guía para el espectador, más despistado que nunca sobre lo que debería ver, a pesar de tanta herramienta adivinadora de nuestros gustos.
Con la excusa de que no “reventemos” las películas, los títulos más esperados o con supuesto potencial comercial, son mostrados a la crítica apenas un par de días antes de su estreno, sin tiempo para reflexionar, pensar qué aportan, comparar con otras versiones o títulos de temática parecida. Además nos impondrán locos embargos, porque ya se sabe, muchísimas películas han sido un fracaso por el poder destructor de un ácido crítico (por si alguien se ha perdido, digo esto con ironía, naturalmente). Además, cuando vence el plazo de ese embargo, nos metemos en la loca carrera de ser “los primeros” en publicar esa crítica precipitada y hasta con faltas de sintaxis y ortografía. Hasta pueda que nos entre el terror a “meter la pata”, no reconocer la “joya” que se ha puesto ante nuestros ojos, y pequemos de prudencia, diciendo que está fenomenal, sobre todo si, se supone, dice el runrún, que es un título rompedor y vanguardista. Por otro lado, si se trata de un título palomitero, y encima se enseña con poco margen, lo más probable es que los críticos mejor preparados ni siquiera lo vean, que se deja sin reseña, o se confía a alguien que lleva poco tiempo en la brecha, y trata de hacer méritos logrando que pongan su nombre en las cuñas promocionales.
