Los creyentes importan. Al menos para los estudios hollywoodienses, y más después del éxito de La Pasión de Cristo . Y no porque de pronto les haya
Los creyentes importan. Al menos para los estudios hollywoodienses, y más después del éxito de La Pasión de Cristo. Y no porque de pronto les haya entrado un fervor alucinante, que les lleva a rezar avemaría tras avemaría, o porque tras una iluminación hayan caído en la cuenta del sentido trascendente de la vida. No, como dirían los Corleone, “no es nada personal, sólo negocios”. Resulta que ahí fuera hay un público con una fe y unas creencias arraigadas, que reza y va a la iglesia con cierta asiduidad, y conviene no sólo no molestarle, sino, aún más importante, agradarle.
Así lo han entendido los ejecutivos de Universal, que preparan el estreno veraniego de Sigo como Dios, secuela de Como Dios. Y para congraciarse con los espectadores religiosos han contratado los servicios de Grace Hill Media, cara a que la historia de un político congresista (Steve Carell) que abandona su trabajo para contruir un arca al más puro estilo “Noé” sea bien recibida. La idea es organizar pases para líderes de parroquias y congregaciones, con el íntimo deseo de que den el visto bueno y recomienden el film a los feligreses. La película de Jim Carrey no era, desde luego, un sesudo tratado teológico –más bien se estaba a veces en el filo de la navaja, y no faltaban los chistes escatológicos típicos del actor–, pero los “genios” del marketing han pensado que con un poquito de cuidado, tal vez podrían lograr algo tipo Frank Capra, con moraleja y tal, susceptible de gustar a “los hombres de buena voluntad”.
