El rodaje del nuevo film de Woody Allen en Barcelona, que arrancó el pasado 9 de julio, tiene todas las papeletas para convertirse en “la serpiente
El rodaje del nuevo film de Woody Allen en Barcelona, que arrancó el pasado 9 de julio, tiene todas las papeletas para convertirse en “la serpiente del verano” española, tal chorro de noticias genera un día sí y otro también. Gran parte de la culpa de ello la tienen, cómo no, los políticos, que en el fondo son como “unos niños grandes”, que desean hacerse “la foto” al más puro estilo “Bienvenido, mister Marshall”, mayormente con Woody Allen y Scarlett Johansson, aunque tampoco hagan ascos a un Javier Bardem o a una Penélope Cruz, que tal vez tengan más vistos. Tres consellers de la Generalitat y la ex ministra de cultura Carmen Calvo no han resistido la tentación de acudir a la presentación del rodaje. Y parece que el ayuntamiento de Barcelona, aparte de colaboración logística, ha hecho una pequeña aportación de capital de un millón de euros al film sin título del cineasta neoyorquino. El pago, tal vez, sea la mención de Barcelona en dicho título, promoción turística de la ciudad condal, se supone. Sea como fuere, el cruce de reproches entre oposición y corporación municipal, entre acusaciones de provincianismo de los primeros, y alarde de cosmopolitismo y pesquis comercial de los segundos, es más de sainete berlanguiano que de comedia alleniana. Hasta el alcalde de Sant Cugat del Vallès se apunta a la procesión del ridículo, invitado a Allen a tocar el clarinete en su ciudad…
Una tenía la idea de que Allen era más bien discreto e incluso tímido a la hora de lanzarse a rodar. De ahí que sus películas se anunciaran sin título, y que los actores muchas veces no dispusieran siquiera del guión completo. Visto el show montado en Barcelona, empiezo a dudar, a no ser que el director se haya visto contagiado de las maneras de hacer hispanas, más informales. El caso es que Allen tan pronto recibe un doctorado honoris causa por la Universidad Pompeu i Fabra que concede entrevistas a dominicales de postín, o tiene a los paparazzi y a los plumillas montando guardia para ver la primera escena de Johansson haciendo de turista cámara en ristre en Barcelona. En fin, confiemos que el circo mediático no disminuya su talento, aunque, por el modo en que se ha gestado esta película –y no quisiera ser aguafiestas– la cosa huele a historia menor.
