De la meca del cine se decía antaño que era una “fábrica de sueños”, expresión que conjugaba su condición de industria, necesitada de sacar a la luz
De la meca del cine se decía antaño que era una “fábrica de sueños”, expresión que conjugaba su condición de industria, necesitada de sacar a la luz productos rentables, con la de contadora de historias que hicieran soñar al espectador. Pasó el tiempo, y el crítico Michael Medved pasó a hablar de Hollywood como de “fábrica de pesadillas”, aludiendo a la truculencia de muchas de sus propuestas. A fecha de hoy, no estoy seguro de cuál sería el modo feliz (o mejor debería decir “infeliz”) de referirse a un sistema de producción de películas que empieza a mostrar síntomas de profundo agotamiento. Porque ya, ni sueños ni pesadillas, empieza a dominar en las películas que son las grandes apuestas de los estudios la pura pirotecnia, la cosa me recuerda más a esa imagen del insomne que se dedica a contar ovejitas, a ver si logra conciliar un descanso reparador.
El último alarde de imaginación de Hollywood, aún no exprimido del todo su habitual recurso al terror oriental, es la adaptación de películas y series de animación japonesas. Los productores de turno se han dado cuenta del éxito de los Pokémon y demás, de que hay muchos fans del manga y sucedáneos; y se aprestan a convertir aquello en pelis con actores reales, esperando que el público vaya en manada a verlas. Ha abierto la nueva temporada Speed Racer, de los hermanos Wachowski, basada en la serie Meteoro (1967). Pero que nadie piense que se trata de una isla en el océano cinematográfico. Pronto aquello será un archipiélago tan poblado que resultará difícil distinguir el agua. Leonardo DiCaprio va a producir dos películas basadas en Akira. Y Steven Spielberg va a hacer lo propio con Ghost in the Shell. También está por llegar la versión hollywoodiense de Dragonball, con Justin Chatwin y Emmy Rossum.
