Leo en Los Angeles Times que Harold Ramis , el director de la divertidísima fábula fílmica Atrapado en el tiempo , prepara una comedia, Year One ,
Leo en Los Angeles Times que Harold Ramis, el director de la divertidísima fábula fílmica Atrapado en el tiempo, prepara una comedia, Year One, que situada en la prehistoria tratará con mucho sentido del humor el fundamentalismo religioso. Se trata de un territorio sensible, no hay más que pensar en Religulous, un documental que filmado por Larry Charles desde su ateísmo, se toma a chacota las creencias de los demás. Por eso Ramis, judío, se cura razonablemente en salud explicando sus propósitos con Year One: "La era post 11-S, las diferencias religiosas, están tensionando el mundo. Todas las religiones predican la tolerancia, pero la gente destroza todo el tinglado. Y empecé a pensar, 'no puedes atacar al cristianismo, al islam o al judaísmo. Pero a nadie le ofenderá si me ciño a una religión pagana extinta.". La película de Sony se estrena en Estados Unidos el 15 de junio, y así de entrada suena bien lo de atacar con humor "la creencia de algunos de que Dios está detrás de sus peores acciones". En cualquier caso, el director se ve que está haciendo todo lo posible para limar asperezas, incluyendo la búsqueda de la aprobación la Liga de Difamación Antijudía, ya que en el film aparece alguna figura bíblica del Antiguo Testamento.
Yo soy de los que cree que una persona auténticamente religiosa, y más aún un cristiano, debe ser alguien necesariamente con capacidad de sentido del humor, de reírse de sí mismo. No creo que haya habido en la historia santos tristes, y basta leer a santa Teresa de Jesús, o conocer anécdotas de la vida de san Juan Bosco, para hacerse una idea de que eran gente muy divertida. Lo digo porque una cosa es que a uno no le guste que le ofendan o que se burlen de sus convicciones íntimas, y otra muy distinta que no haya una sana capacidad para la risa, para pillar una broma.
Precisamente ayer, cuando veía Ángeles y demonios, la adaptación de la novela de Dan Brown, que no da exactamente una visión muy ortodoxa de la Iglesia católica a la que pertenezco, no pude evitar reír en muchos momentos, confieso que tuve que contenerme en más de un momento para no hacerlo a mandíbula batiente y distraer a los otros críticos espectadores. No creo que fuera exactamente el propósito de Ron Howard, Tom Hanks y compañía, pero había cosas tan risibles, que tuvieron sobre mí un benéfico efecto cómico. Pienso por ejemplo en la seria alusión a los "prefereti" (primera vez que oía tal término), que según el film son los candidatos favoritos a suceder a un Papa difunto, y que en la película iban en primera fila, tras el féretro del Pontífice, como anhelando hacerse con el mando de la Iglesia. También invitaba a la risa cómo Hanks adivina que una visita viene del Vaticano, al reconocer, qué preclara inteligencia, un pin con el símbolo papal. Y tiene su rato de gracia "la partícula divina" que podría reconciliar ciencia y fe, o el nombre del futuro Papa, Lucas, escogido porque fue médico, lo que supone, qué idea más "simpática", asumir el valor conjunto de ciencia y fe. El ambigrama de los Illuminati, que se ve igual por arriba o por abajo, también despierta la sonrisa, como lo hace el aspecto del Archivo Vaticano, repleto de cámaras en las que se puede hacer el vacío, o casi, y en la que se encierran increíbles secretos sobre el caso Galileo o la Banca Vaticana. Aunque mi escena hilarante favorita es la de un grupo de fieles en san Pedro que, mientras aguardan la fumata blanca, se sacuden entre ellos con ganas, y es que unos son partidarios de la investigación con células madre embrionarias y los otros no.
