Terminaba mi post de ayer sobre la actual proliferación de películas demoníacas con una especie de plegaria en la que pedía algo que “conduzca a la
Terminaba mi post de ayer sobre la actual proliferación de películas demoníacas con una especie de plegaria en la que pedía algo que “conduzca a la experiencia mucho más positiva del amor a Dios”. Bueno, pues mi plegaria ha sido escuchada, ya que acabo de ver hace un rato El árbol de la vida, una auténtica obra maestra del gran Terrence Malick, y pienso que resulta difícil invitar de un modo más hermoso a la experiencia religiosa de la búsqueda de Dios. El cine no debería evitar las grandes cuestiones que se acaba planteando cualquier ser humano sobre el sentido de su curso existencial, sino que debería abordarlas con arte y rigor, que es lo que aquí hace Malick.
Como el pasado 1 de septiembre escribí en este mismo blog que la distribuidora Tri Pictures había decidido no hacer pases de la película, creo que ahora es de justicia señalar que han demostrado ser sabios al rectificar y convocarnos finalmente, aunque sea en sus lejanas oficinas, llegar ahí es una auténtica excursión. Pero en fin, a la salida hasta nos han dado una bolsa, una camiseta y una gorra de la peli, algo que se agradece en tiempos de crisis en que el merchandising de antaño con el que las compañías solían obsequiar a los periodistas se ha convertido más en la lujosa excepción que en la regla.
Un colega que escribe en “El Mundo” señalaba en varias de las crónicas desde Venecia hablando del Festival, que esta o aquella película no eran películas JMJ, subrayando la dureza y el pesimismo extremos de esas cintas. Pues bien, El árbol de la vida sí podría calificarse de película JMJ, y como la propia JMJ, universal, abierta a cualquier espectador inquieto con ganas de indagar en los grandes temas que siempre han ocupado la mente humana.
