Ya sé que suena a título de película de James Bond, pero no, este post no va de eso. El mismo día en que el mundo supo que había muerto Steve Jobs,
Ya sé que suena a título de película de James Bond, pero no, este post no va de eso. El mismo día en que el mundo supo que había muerto Steve Jobs, yo veía Melancolía, formidable película del siempre desconcertante pero nunca insulso, y siempre con más o menos destellos de genialidad, Lars von Trier. El danés explica lo que Jobs tenía muy claro, y que señaló a los universitarios de Stanford en su célebre lección magistral de 2005: “Recordar que estaré muerto pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida”. Cerrar los ojos a esta realidad es del género tonto, aunque por desgracia se trata éste de un genero demasiado frecuentado.
Von Trier habla del planeta Melancolía, que va a colisionar contra la Tierra, un recuerdo de que el tiempo de que disponemos los mortales es limitado. Pero la melancolía, el bajón, es también un estado mental, próximo a la depresión, que puede paralizarnos, agostar el amor, hacer daño al otro e impedirnos hacer lo que hay que hacer, sacar todo su jugo al tesoro del tiempo, que vale mucho más que el oro al que alude el dicho castellano. Porque lo cierto es que el mundo se está acabando en este momento para todos, cada segundo que pasa es un segundo menos. Puede ser la colisión de un meteorito -los dinosaurios extinguidos de Terrence Malick en El árbol de la vida-, un accidente, la guerra, un atentado, una enfermedad, un ataque cardíaco, o el simple deterioro físico propio del paso de los años. Pero al final llega “The End”, y lo importante es haber vivido una vida con sentido, lo que supone, por no extenderme con disquisiciones filosóficas, espirituales y teológicas, dar amor y reconocer el amor que recibimos.
