Se suele atribuir a André Malraux la frase de que “el siglo XXI será religioso o no será”. Si por las
Se suele atribuir a André Malraux la frase de que “el siglo XXI será religioso o no será”. Si por las películas premiadas o seleccionadas en la 69 edición de la Mostra de Venecia hemos de guiarnos, habría que concluir que sí, que el siglo XXI es muy religioso, la fe se encontraba muy presente en las historias propuestas por los cineastas. Otra cuestión es cómo aparecen la fe y la religión en los filmes, pero no hay duda de que las eternas preguntas gozan de excelente salud, Dios, la trascendencia, por qué estoy aquí, cómo puedo ser feliz, qué hago con mi vida, de dónde vengo, adónde voy, por qué sufrimos, dan pie a otros interrogantes, la búsqueda no cesa. Lo que ocurre, no obstante, es que vivimos un momento histórico único, la insatisfacción y la angustia crecen, la ciencia nunca nos ha ofrecido más comodidades y posibilidades de vivir bien, lo que no impide un enorme vacío; y situaciones como la de una crisis que nadie sabe cómo atajar, en parte porque a veces sólo se fija la atención en sus aspectos técnicos, nos hacen andar cabizbajos, preguntándonos si al final el progreso era esto.
En los mismos días en que la taquilla se veía “poseída” por el mismísimo diablo –The Possession (El origen del mal), ya me he referido en otro post a ese inusitado interés peliculero por el maligno, ocupaba el primer puesto del “box office” americano–, Venecia premiaba con el León a Oro a una película, Pieta, cuyo director, el coreano Kim Ki-duk, dice que se inspira en iconografía cristiana, y más concretamente en la escultura homónima de Miguel Ángel, al hablar del dolor de una madre que abandonó a su hijo, y que quiere reparar tal daño asomándose a su vida tras muchos años de ausencia. Eso sí, lo extremos malsanos típicos del director le llevan a introducir la prueba de amor de la madre, consistente en comerse uno de sus pies, y en someterse sexualmente al supuesto hijo.
Escribo tras leer atentamente las crónicas de Venecia, no he estado allí y no he visto las películas que comento. Pero la descripción de los cronistas basta para observar cierta fascinación por la religión a distintos niveles; y llama la atención cómo en algunos casos no se cierran los ojos a la religión, pero se la presenta de modo negativo, como algo que conduce al fanatismo y aberraciones varias. Sería el caso de Paradise: Faith, Premio Especial del Jurado, donde el austríaco Ulrich Seidl pinta con trazos gruesos e imágenes provocadoras a una ultracatólica evangelizadora, su matrimonio con un musulmán, y ciertas prácticas sexuales no aptas para paladares normales. Dentro de esa “vocación” enfermiza al escándalo de este director, el hecho es que ahí se encuentra, persistente, la llamada de lo espiritual.
No quiero hacer un recuento agotador por exhaustivo. La aplaudida The Master de Paul Thomas Anderson, hablaba del líder de una secta con sospechoso parecido a la Iglesia de la Cienciología y de un nuevo posible adepto a la causa. En Bella addormentata, Marco Bellocchio hablaba de un caso real de eutanasia en Italia que conmovió a la opinión pública, donde las creencias juegan un papel a la hora de posicionarse. El filipino Brillante Mendoza sigue lo pasos de Kim Ki-duk en lo que a simbología religiosa se refiere en Sinapupunan, donde habla de un matrimonio que no puede tener hijos por la infertilidad de ella: la entraña a que alude al título sería una cita también mariana, del Ave María, el fruto de “tu vientre”.
“En el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.” ¿A quién pertenece esta cita? ¿A Terrence Malick, que tras El árbol de la vida sigue dando vueltas al tema espiritual en To the Wonder, recibida sin entusiasmo en Venecia? Pues no. En realidad es de Benedicto XVI, de su carta apostólica “Porta Fidei” para preparar un Año de la Fe que la Iglesia católica inaugura el próximo 11 de octubre, y la traigo a colación porque pienso que no sería mala cosa que tanto cineasta teólogo con pretensiones culturales y artísticas leyera a uno de los grandes intelectuales contemporáneos, el Papa, demasiado ignorado debido a tontos prejuicios por muchos que creen conocer las claves de por dónde discurre el pensamiento hoy. Y si no se fían de mí a la hora de indagar que tiene que decir el Papa alemán, hagan caso por lo menos a Jürgen Habermas, que tal vez les parezca menos sospechoso, y mantengan un diálogo abierto (diálogo, no monólogo), como el que éste sostuvo con el entonces cardenal Joseph Ratzinger en enero de 2004. Hablando, escuchando, leyendo, preguntando, se entiende la gente.
