Vengo siguiendo en Canal + la serie televisiva producida por Netflix House of Cards , apadrinada por un David Fincher que dirigió los dos
Vengo siguiendo en Canal + la serie televisiva producida por Netflix House of Cards, apadrinada por un David Fincher que dirigió los dos primeros capítulos, y basada a su vez en una novela y una serie británicas. La idea es pintar a un político verdaderamente maquiavélico, el congresista de los Estados Unidos Francis Underwood, que despliega todas sus [malas] artes políticas para vengarse del presidente que no le ha dado la prometida Secretaría de Estado, y en general para salirse siempre con la suya en lo que al ejercicio del poder se refiere.
Underwood es un tipo que asusta, porque no sigue ningún código moral, adopta increíbles aires de superioridad dirigiéndose con descaro al espectador, y utiliza a las personas a su antojo como medios para lograr sus propios fines. Está casado con Claire, y han pactado no tener hijos, lo suyo es una especie de asociación de apoyo mutuo para lograr cada uno sus objetivos, que convergen en la misma dirección: los políticos de él, los medioambientales de ella. “Deberíamos decirnos más a menudo que nos queremos”, dice Claire a su esposo. Difícil, muy difícil de decir, pues si eso es amor, qué poca cosa es el amor.
Underwood, gran Kevin Spacey, es manipulador, se acuesta con una periodista para usarla como correa de transmisión de sus mensajes, pelea una ley de educación en la que no cree –podría cambiarla y defender otra, y aquello le daría igual–, es un cínico nato que acompaña a personas en su duelo por la muerte, pero todo, todo le da en realidad igual. Y aunque Claire, Robin Wright, parece un poquito más sensible, en realidad no es mucho mejor, es una mujer con corazón de hielo.
Pero, curiosamente, en los seis capítulos que he visto, existe algo positivo en este matrimonio tan calculador: no roban. Llevan un magnífico tren de vida, consiguen donativos para sus causas, o presupuestos para sus proyectos, pero todo por cauces legales: ni una mordida, ni una falsa contabilidad, ni un falso proyecto para amasar dólares. Por eso, cuando uno ve el triste panorama de los políticos, españoles y de fuera de España, donde la corrupción está al orden del día, el que más y el que menos tiene una cuenta clandestina en Suiza o en otro paraíso fiscal –mientras escribo estas líneas, leo que el último en confesar, Jérôme Cahuzac, ex ministro francés de presupuesto, pide perdón al presidente por tener una cuenta en Suiza de 600.000 eurazos–, casi piensa que el terrible Underwood al menos no mete su manaza en el bolsillo del ciudadano para enriquecerse. Así que entre lo malo y lo peor, Underwood sería lo malo. Vivir para ver.
