Hace justo un mes, despegó en las pantallas españolas la película pilotada por Pedro Almodóvar de Los amantes pasajeros .
Hace justo un mes, despegó en las pantallas españolas la película pilotada por Pedro Almodóvar de Los amantes pasajeros. Hasta la fecha no he escrito gran cosa sobre el tema, tal vez algún tuit suelto, no recuerdo, porque claro, con lo susceptible que suele ser el manchego con la crítica, quería evitar que me acusara de un hipotético estrellamiento de la película. No creo que a mí me preste la misma atención que a un Carlos Boyero –aparte de su cruce de reproches en el pasado en “El País” con ocasión de otras películas, este tuit fechado el 26 de marzo de su hermano Agustín lo dice todo–, pero más vale no arriesgarse... En fin, por si acaso no se pilla, aclararé que lo anterior lo escribo en tono jocoso.
El caso es que ahora quiero dar respuesta a la pregunta que muchos amigos me han hecho sobre qué me ha parecido lo último de Pedro Almodóvar. Y en pocas palabras, diría, “no gran cosa”. Para reafirmarme en lo que he dicho otras veces sobre el cine del manchego: lo suyo son historias epidérmicas, frívolas, con planteamientos de culebrón, algunas buenas ocurrencias de guión, y cuidada puesta en escena, Almodóvar tiene sensibilidad y personalidad propia, lo que se nota en los encuadres, el color, etcétera.
Me explico. Los amantes pasajeros, aparte de ser una comedia alocada en que el director parece querer volver a las bromas de antaño, se supone que es una cierta parábola de la crisis actual. Y hay buenas ideas de tintes surrealistas, como la del avión donde la clase turista es forzada a dormir, no hay lugar para aterrizar, y piloto y tripulación están como las maracas de Machín. Pero esto no acaba de sustanciarse en nada, porque la mirada es superficial, véase al banquero corrupto, o a la diva que ha tenido aventuras con el mismísimo monarca. Al final todo es un conjunto de bromas tontas y casi siempre gruesas, y con ideas muy, muy discutibles, como la violación del personaje de Lola Dueñas a un pasajero, no muy diferente de la que perpetraba el enfermero Javier Cámara a una paciente en coma en Hable con ella. Pueden tener fuerza imágenes como la del aeropuerto de La Mancha desierto y cubierto de la espuma antiincendios, pero...
Creo que Pedro Almodóvar tiene talento. Hay películas que me gustan más de él, como Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre o Volver. Hay pasajes brillantes propios del ímpetu juvenil, como algunos de La ley del deseo. Pero, lo digo con sinceridad, nunca me logra emocionar, no me llega, por su falta de hondura, o quizá porque su mundo me resulta demasiado ajeno.
En los últimos tiempos me parece que el manchego ha perdido frescura. Me venía a la cabeza la observación de un santo español del siglo pasado del que soy devoto –espero que Almodóvar, que tantos santos y vírgenes citó al recibir el Oscar, me permita la cita–, sobre las personas que pretendiendo alcanzar la perfección cristiana comienzan a abandonarse. Decía que primero sobreviven con sus reservas espirituales, y finalmente acaban viviendo de la trampa. Un poco tramposa me ha parecido, y siento decirlo, Los amantes pasajeros.
