Hola, me llamo José María Aresté y soy googledependiente. Todos los días uso su buscador, veo vídeos en YouTube y
Hola, me llamo José María Aresté y soy googledependiente. Todos los días uso su buscador, veo vídeos en YouTube y consulto una cuenta de correo electrónico. Uso con frecuencia Google Maps, y otros muchos servicios asoman apetitosos cada jornada tirándome los tejos. Encima leo que quieren universalizar aún más el acceso a internet con el proyecto Loon, que suena a visionario y arriesgado. Eso de lanzar a la estratosfera globos con equipamiento de radio para dar acceso a la red, sin estar en una posición fija y creando redes que cubran determinadas áreas, puede ser una genialidad o un fiasco. También los más agoreros dirán que se afianza el Gran Hermano, o que Sauron extiende su sombrío reinado controlador.
Hacía tiempo que no recibía “merchandising” de una película al acudir a un pase de prensa, la crisis, ya se sabe, no permite estos dispendios. Me llevé una sorpresa cuando después de ver Los becarios, me daban una simpática bolsita. ¿Será que las tornas han cambiado, y la gente vuelve al cine, proporcionando a las compañías pingües beneficios?, me pregunté esperanzado. Ojalá, pero me di cuenta de que en la bolsa de papel, el pen drive, el bolígrafo, el cuaderno y la colchoneta hinchable no figuraba por ningún sitio el título de la película, ni en español ni en su versión original, The Internship, y sí en cambio podía leer por todas partes Google, Google, Google.
Uno tiene la tentación de definir la comedia que protagonizan Vince Vaughn y Owen Wilson, con un puntito de crueldad, como un gran publirreportaje de Google. Parece ocurrir un poco lo que con algunas películas donde el Pentágono presta su colaboración dejando un portaviones o lo que sea, a cambio de que la imagen del ejército quede impecable. Tiene su lógica, pues si abres las puertas de tu casa para que el director de turno ruede ahí, esperas un poquito de respeto y buena educación, no que te vengan a tocar las narices. Y claro, Google ha permitido a Fox rodar y replicar para interiores sus impresionantes instalaciones de Mountain View en Silicon Valley además de proporcionar un centenar de extras, y lo que parece claro es que en pago ha recibido una muy buena imagen. En el gigante tecnológico se fomenta la innovación, se crea empleo para los jóvenes concediendo oportunidades al que se esfuerza, y ni siquiera los mayores son rechazados. La comida es ¡gratis, claro!, hay jefes molones aunque sean exigentes, se trabaja en equipo y el que no comparte la cultura empresarial googleniana es expulsado sin contemplaciones. La adicción al trabajo es algo personal, no lo fomenta la compañía, que en cambio pone áreas de descanso para dormir la siesta. La jerga tecnológica puede sonar a chino, pero sólo al principio, todos pueden aprender, es muy sencillo.
La versión oficial asegura que Shawn Levy ha tenido toda la libertad del mundo para hacer lo que él quería, y que ante el montaje final no recibió ninguna petición de cambios. Se supone que sus dos títulos de Noche en el museo donde aparecen auténticos museos constituía una inmejorable tarjeta de presentación para obtener el permiso de usar la marca Google, todo apuntaba a que le trataría con respeto. Tal vez sea así, pero algo se ha perdido en el camino, se echa en falta en la simpática película una mirada más gamberra, mayor mordacidad a la hora de señalar cómo internet y Google nos han cambiado la vida. No se trata de atacar por atacar, destempladamente, pero sí de mostrar con sentido del humor un poco audaz el modo en que nos atontan las nuevas tecnologías. En tal sentido para mí el paradigma de cómo podía haber ganado varios enteros este film es una breve escena de Memorias de un zombie adolescente, en que un montón de gente en un aeropuerto con los ojos pegados a sus pantallas de móviles, tabletas, etc, parecían más muertos vivientes que el propio protagonista.
