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Espía como puedas: de J. Edgar a Snowden, pasando por Nixon y Assange

Cuando terminó la guerra fría, alguien se apresuró a extender el certificado de defunción a la profesión de

Espía como puedas: de J. Edgar a Snowden, pasando por Nixon y Assange

Cuando terminó la guerra fría, alguien se apresuró a extender el certificado de defunción a la profesión de espía. Se habían acabado supuestamente las películas de espías, que quedarían como algo rancio y del pasado en un mundo feliz, donde no existiría la necesidad de hurgar en la vida del país de al lado, de la competencia, del vecino. George Orwell habría resultado un equivocado aguafiestas con su “1984” y su Gran Hermano. Pero de eso nada, monada. En todos los ámbitos surge la tentación de espiar a los demás, y en los tiempos que corren da la impresión de que esto es más fácil que nunca, ahí están los indiscretos dispositivos móviles personales. Además el aparato del estado puede abusar de su autoridad, buscando dudosas coartadas, los medios de comunicación se amparan en el deber de informar, y ciudadanos de diverso calibre y empleados arrepentidos airean en internet sus “pecados” tecnológicos, quitando la careta a las agencias de espías de las que tal vez ellos mismos han formado parte.

El espionaje goza pues de excelente estado de salud, nos espiamos más que nunca, y las películas sobre el tema cosechan más de un Oscar, ahí están dos cintas hechas a la mayor gloria de la CIA, La noche más oscura (Zero Dark Thirty) y Argo, con el novedoso hecho de que la segunda recibió el anuncio del gran premio a la mejor película de labios de la primera dama, Michelle Obama, desde la mismísima Casa Blanca. Siendo así las cosas me cuesta entender la sorpresa de algunos por el escándalo de espionaje en que está sumida la administración del presidente Obama -con el culebrón de Edward Snowden largando y pidiendo asilo político, de Hong Kong a Moscú y tiro porque me toca-, está claro que el mandatario, más allá de las fotos “para la historia” que se hace en la celda sudafricana de Mandela, confía mucho en sus servicios secretos, para la seguridad del país y, todo apunta a ello, para intereses de partido. En cualquier caso, en Snowden hay película, y si no, al tiempo.

Cuando pienso en la cinta J. Edgar de Clint Eastwood, tengo la impresión de que el creador del FBI era un aficionado, aunque nos lo pinten coleccionando cintas comprometedoras, incluidas las de JFK con Marilyn Monroe. “Maldito hijo de Hoover” era una expresión que utilizaban los malos de las películas para insultar a los agentes del FBI que cumplían con su deber, y quizá habría que pensar que en el capítulo de espías hay muchos “malditos hijos de Hoover” ejerciendo y espiando por todas partes. La excusa es garantizar la seguridad ante posibles atentados terroristas, la sombra del 11S es muy, muy alargada, pero todos percibimos que al final las posibilidades tecnológicas se pueden usar al servicio de intereses bastardos. Al fin y al cabo, nos lo contó Alan J. Pakula en Todos los hombres del presidente, Nixon se vio forzado a dimitir por espiar a sus rivales demócratas.

Para muchos Julian Assange es algo así como el Robin Hood de los espías, que no debería ser entregado a los tribunales por las filtraciones de WikiLeaks, pues se podría parafrasear un conocido refrán y afirmar que quien espía a un espía tiene 100 años de perdón. El cine ya se ha ocupado de él, no sólo a través de un documental de Alex Gibney; antes de final de año llegará a las salas de la mano de Bill Condon y con Benedict Cumberbatch en la piel del polémico Assange El quinto poder (Dentro de Wikileaks), que promete inaugurar una nueva serie de películas de espías en las que podrá leerse “basado en hechos reales”.

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