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El cómic y el cine, el último reto afrontado por Bertrand Tavernier

Con pocos cineastas da tanto gusto hablar como con el veteranísimo Bertrand Tavernier, que con 40 años como director de largometrajes, tiene una filmografía envidiable. Lejos de apoltronarse, en “Quai d'Orsay” ha afrontado por primera vez el reto de adaptar una “bande dessinée” tremendamente popular en su país.

El cómic y el cine, el último reto afrontado por Bertrand Tavernier

Con Quai d'Orsay ha adaptado un cómic muy premiado de Christophe Blain y Abel Lanzac, y usted está en una órbita de gran tradición en el Noveno Arte, Francia y Bélgica han dado verdaderos clásicos. Sin embargo es la primera vez que adapta un cómic. ¿Cómo afrontó Bertrand Tavernier el reto y cómo respeta las reglas de la “bande dessinée”?

Es a la vez parecido y diferente a lo que supone adaptar un libro. No ha sido extraordinariamente difícil. Me parece tan excitante como adaptar una novela de James Lee Burke [que dio pie a En el centro de la tormenta]. Tanto como puede interesarme transformar una novela de 20 páginas de Madame de Lafayette en una película de 130 minutos [se refiere a La princesse de Montpensier]. Cada vez es un trabajo diferente y excitante.

Antes me había planteado vagamente adaptar alguna “bande dessinée”. Hubo un momento en que me habría gustado adaptar “El teniente Blueberry”. Luego se hizo de una forma horrible. Son unas personas que compran los derechos y hacen lo contrario de lo que habría que hacer. Inutilizan el talento de las personas que han creado el cómic. Por ejemplo, el guión de Blueberry está muy elaborado, maneja mucha documentación, pero lo olvidan, no acuden a la fuente, y se inventan una historia inepta, un guión que nadie aceptaría en un western de serie Z.

Hay otras adaptaciones de “bandes dessinées” que son muy malas, como los Lucky Luke, Gastón el Gafe... Hay novelas gráficas que darían muy buenas películas. No hay reglas, no hay nada escrito, sobre cómo pasarlas a cine. A mí en este caso me sirvió el guión y el diálogo del cómic, que eran fantásticos.

A la hora de hacer cine de denuncia, ¿considera que la comedia y la sátira pueden ser tan efectivos como otros géneros más recurrentes, el drama o el documental?

Me resulta imposible responder a una pregunta tan general en pocas palabras. Eso espero, por supuesto. Ha habido casos en que dramas y documentales han empujado a cambiar las cosas, pero también la comedia ha hecho temblar ideas preestablecidas. La primera ambición que se debe tener al hacer comedia de denuncia, no es la de cambiar el mundo, antes viene ser divertido. Siendo justos. Y luego la película dependerá de lo que el público haga con ella. Si la ven personas que se dedican a la política, es posible que les proporcione ideas para cambiar, o eso al menos espero.

Por ejemplo, para poner fin a una práctica vergonzosa. Que las preguntas que se formulan en el Congreso y en el Senado a los ministros por parte de los diputados, estén escritas por miembros del gabinete del ministro. Espero que algún día volvamos al modo en que lo hacen los alemanes, en que se da la oportunidad a los diputados de que hagan sus preguntas, y cuando digo “sus preguntas” quiero decir las suyas. En Francia quieren que los ministros vayan ya preparados con sus respuestas, hasta el punto de que su propio equipo escribe las preguntas, que es lo más contrario que existe a la democracia.

Con el modo en que refleja Quai d'Orsay el manejo de la política internacional, ¿desea presentar una situación típica francesa o es extensible a todo el mundo?

Al principio quería describir la actuación de un ministro francés que se enfrenta a problemas franceses. Pero problemas franceses que implican a muchos países extranjeros, ya que el ministerio descrito se enfrenta a problemas internacionales. Pienso que porque la película es exacta, finalmente habla también de cosas que ocurren ahora. Pero nunca me planteé la historia diciendo “yo soy francés”, porque yo soy internacional. El guión era naturalmente internacional, porque trata las relaciones con los conservadores norteamericanos, el intento de lograr apoyos de los ingleses, de Alemania y otros países europeos. Y claro, era obligatorio presentar algo internacional.

Uno de los riesgos de la historia es llegar a ser repetitivo, presentar una y otra vez los excesos del ministro. ¿Cómo afrontó esto?

Es a la vez el desafío y la esencia de lo que estoy contando. Y soy exigente al encararlo, como me ocurrió al rodar Hoy empieza todo. Es una dramaturgia que se basa precisamente en la repetición. Y la idea es buscar hechos que empujan al personaje a actuar y a reaccionar. Y hay que ser honrados con ese tipo de personajes y temas, e introducir las repeticiones adecuadas, considerándolas más como una ventaja que como un problema. Me parece encontrar algo extraordinariamente divertido en el cómic, justo en lo relativo a la repetición. Una crisis conduce a otra crisis, y luego a otra crisis, y hay que dar la impresión de que aquello nunca se para, nunca se detiene.

Hay muchas películas en las que sólo se describe una única situación. En ésta se encuentran entretejidos siete u ocho temas diferentes, que aparecen todo el tiempo. A mí particularmente este tipo de dramatización me entusiasma. Dan ganas de seguir, y creo que ha funcionado en muchas de las películas que he hecho.

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