Nos recibe en Madrid Rudi Rosenberg, director francés que viene a presentar su película El novato, que narra las vicisitudes de un joven estudiante que llega a un nuevo colegio en París. La película ha sido una de las comedias del año en Francia.
¿Cómo surgió la idea de El novato?
Durante años reuní muchas ideas y recuerdos de mi adolescencia en un cuaderno y luego pensé hacer una historia sobre ese mundo. Fui actor antes y luego me convertí en director, de la noche a la mañana. Desde luego ahora lo que más me interesa ahora es la dirección de actores, especialmente de adolescentes, me parece que es algo genial.
¿Decididamente ha decidido ser director y no volverá a actuar?
Efectivamente. En 2005 dejé definitivamente la actuación y desde entonces lo único que me interesa es dirigir.
El mundo de la adolescencia es pintado a menudo trágicamente, tremendista, sin embargo en esta película el tono es muy optimista. ¿Es así como ve esa época?
Justamente. En la adolescencia hay un lado muy duro y a la vez otro muy optimista. Eso me gusta, poner esas dos dimensiones juntas, alegre y triste, más bien con un fondo nostálgico. Es cierto que es un momento duro, pero lo pasé muy bien en esos años.
¿Tuviste una experiencia similar a la del protagonista, Benoit?
Sí, claro. Pero creo que todo el mundo ha pasado por ahí. Ser el nuevo, el novato, querer integrase en un grupo. Creo también que sucede en todas las edades y me interesa ese comportamiento, el de la gente a la que le interesa integrarse en entre otras personas, tener ganas de gustar, de sentirse importantes, de que te consideren. Es muy interesante entonces ver qué camino se elige para conseguirlo, sin dejar de ser ellos mismos. Por supuesto, hay gente que por su carácter tiene más facilidad y otros menos.
¿Cómo concebiste las escenas? ¿Estaban escritos todos los diálogos o había improvisación?
Todo estaba escrito. Las escenas tenían que respetarse, así como los diálogos. Pero al mismo tiempo no quería que se aprendieran el texto de memoria. Así que era complicado, trabajamos mucho, unos se ponían tapones, otros aprendían su texto en el último momento...
Entonces supongo que habrá mucho material excedente y mucho trabajo de montaje.
Hay muchas, muchas tomas, pero yo soy muy goloso, me gusta filmar y filmar. Tenía 250 horas de metraje. De ese modo he trabajado más en el montaje que antes. Pero es que me encanta volver a repetir las tomas. A veces en el agotamiento se puede encontrar una relajación que es la propia del momento, la necesaria. Se producen pequeños accidentes que dan todo el encanto y aportan toda la verdad.
En este tipo de películas suele haber padres y profesores, pero aquí no hay adultos. Y el único que aparece es como un adolescente. ¿Por qué?
El reto que tenía es que fuera una película totalmente de inmersión. Lo que quería es que el público se sumerja totalmente en la adolescencia. Adoro dirigir actores y especialmente a esos que no han trabajado de actores antes, por tanto lo que más me gusta es dirigir a adolescentes. No tendría sentido incluir a los padres cuando se trata de una historia de amigos, y la historia tenía que ser condensada. La historia se diluiría si incluyera a los adultos y su mirada hacia los niños y adolescentes. Eso no me interesa tanto.
La única vez que aparece un adulto es la madre, le sugiere algo ridículo al protagonista. ¿Querías dejar claro que ignora qué ocurre en una clase de chavales?
Efectivamente. Está claro que hay muchos adultos que no se enteran de nada. Y eso queda reflejado. Luego además ser padre es un oficio que se va aprendiendo sobre la marcha, cada uno lo hace como puede, y hay que contentarse con ser padres mediocres, porque los padres perfectos no existen. Y los que yo describo son entre mediocres y muy malos, y es muy divertido.
Tampoco está presente el tema colegial, no hay clases propiamente dichas. ¿Te interesa más la etapa vital de los jóvenes, la transición a la vida adolescente, más que el tema escolar?
Sí, y no sólo el paso a la adolescencia, sino también el no paso a ella. Porque precisamente este grupo es muy diferente. No quieren convertirse en adultos. Prefieren estar así uno o dos años más, haciendo el tonto. Ellos no tienen ninguna prisa por crecer.
¿Por que te gusta tanto esta época?
Por dos razones. Tengo muy buenos recuerdos de aquella época, a pesar de las cosas difíciles que tuve que vivir. Me encanta ese periodo, me lo pasé fenomenal. Y siempre he tenido ganas de volver a conectar con esa época y una película es perfecta para eso. Y también porque, como ya he dicho, adoro trabajar con actores jóvenes.
¿Qué opinión te merecen las amistades de la película? Crees que ese tipo de amistad puede durar toda la vida?
Es precisamente lo que parece precioso de ese periodo y lo que quería contar. En cinco minutos puedes hacerte un amigo para toda la vida o no. Pero sí que puede durar. Aunque las chicas vienen y van. Pero yo tengo amigos de esa época y creo que es algo indestructible, aunque dejes de verte. Hay una relación muy fuerte porque vives cosas juntos por primera vez y eso es impagable. También es interesante que en esos años te acercas a gente a la que no te cercarías siendo adulto. Con la edad existe mucho más la distinción social y sólo nos acercamos a gente que se parece a nosotros. Lo contrario que en la adolescencia.
¿Tampoco has querido remarcar a los buenos y los malos en el film?
Me dan miedo los extremos. Me gustan los matices, trabajar con los personajes y las escenas para que no sean caricaturescos, aportar el máximo de comedia pero sin que se superan los límites del realismo. Y luego es cierto que las películas típicas de adolescentes suelen ser un poco caricaturas y quería evitarlo. Además, como espectador no me gusta sentirme secuestrado por los deseos del director, que se me diga a quién tengo que querer y quién tengo que odiar.
¿Cómo conseguiste a los actores, especialmente a Benoit, que está genial?
Hicimos un casting de un año, a lo largo de toda Francia. Vimos a unos cinco mil niños más o menos. Todos en la calle, es decir a actores no profesionales. Íbamos a los institutos, y buscábamos niños más diferentes a los demás. Quizá la excepción era precisamente Benoit, que debía ser normal con respecto a los demás. La única actriz profesional es Géraldine Martineau, que interpreta a la chica discapacitada, Aglaée.
