IMG-LOGO
Entrevistas

Estrena "La hija de un ladrón"

Belén Funes piensa que la normalidad que perseguimos es una fantasía

La vida es dura. Con un padre recién salido de la cárcel y un bebé al que criar, sin trabajo estable y sin pareja, Sara lo tiene difícil para salir adelante. La debutante en el largo Belén Funes nos cuenta cómo se apuntó al realismo a la hora de describir esta situación en “La hija de un ladrón”, título que logró el premio a la mejor actriz, Greta Fernández, en la pasada edición del Festival de San Sebastián.

En La hija de un ladrón se repite en dos ocasiones el anhelo que tienen las personas de ser normales. Sara se define como una persona normal, y cuando le pidan que describa a su hermano, dice que es normal. ¿Cree Belén Funes que la sociedad nos vuelve anormales, impide desarrollar esa normalidad?

Es un anhelo. A Sara le gustaría ser normal, pero su vida no ha sido así. Ha crecido sola, y ha vivido en un centro de menores… Ha estado sin su padre… La normalidad que persigue es una fantasía. Para ella la normalidad es una casa, un trabajo, una familia.

¿Qué sucede? Que ser normal es cada vez más difícil. En el mundo en el que vivimos, las circunstancias económicas y laborales se están imponiendo. De repente, ser normal cuesta mucho.

Sara, como muchas personas, lucha para pasar al otro lado del muro, donde está la normalidad. Y como a ella, a tantas personas les cuesta mucha, y puede que no lo logren.

¿La normalidad es entonces una utopía?

Tienes problemas, según de donde vengas. Siempre habrá una clase de privilegiados que no tienen problemas, y entonces pueden vivir su normalidad. Según las circunstancias con las que has crecido, es más o menos difícil conseguir el estatus de normal.

Pero un privilegiado también busca la normalidad…

Sí, es verdad, puede que su problema no sea la supervivencia, pero nota otras carencias, que piensa que son las que definen a una persona normal.

La película es arriesgada porque contiene muchas elipsis. Apenas se nos dan datos sobre Sara, sabemos que es hija de un ladrón sólo por el título de la película, no sabemos nada de la madre, o por qué lleva un aparato para la sordera, surgen dudas acerca de si Sara y su hermano tienen la misma madre… ¿En algún momento se planteó ser más explícita, aclarar cosas al espectador?

Es deliberado, sí, este planteamiento. Cuando escribíamos el guion, sabíamos todo lo que les había pasado a Sara y a Manuel. Lo que ocurre es que contamos la historia en presente. Entonces traer el pasado no es sencillo, porque al final acabas elaborando escenas muy explicativas, que yo quería evitar.

De hecho, rodamos una secuencia en que se explicaba todo, y que llamábamos la secuencia “salvavidas”. La idea era que si la película no se entendía, podríamos recurrir a incluir esta secuencia, para que el espectador no se perdiese. La secuencia llegó a estar en dos de los montajes provisionales, pero al final decidimos quitarla, porque parecía como si viniera de otra película. La probamos con público, y la sensación era que no tenía razón de ser, porque estábamos sobre todo ante una película reactiva, que no vive en el pasado.

Hemos intentado que el espectador rellene los huecos, que no se pierda, y que pueda vivir con Sara su peripecia. Hay que entender que han ocurrido cosas en el pasado que tienen impacto en el presente, y que hacen que Sara sea como es, han configurado el modo en que siente y actúa.

No todos los espectadores tienen la capacidad de entrar en este juego…

Sí, es un riesgo que decidimos correr. Porque no hay nada peor que traicionar las ideas con que está hecha una película. Queríamos ser fieles a nuestro planteamiento, y dar pistas al espectador sobre lo que ha sucedido.

Si pienso en las películas que me gustan, todas funcionan así. Es el caso de Rosetta, de los hermanos Dardenne. Estoy muy contenta de cómo explicamos el conflicto entre padre e hija. Por ejemplo la escena de la cocina, en que él le pide que le deje ver el sonotone que tiene para oír, me parece que es una escena muy definitoria de su relación.

La película que he querido hacer es de detalle, más que de grandes frases.

Otro director quizá habría incluido una escena de violencia, más fuerte, en la película, apenas hay algún forcejeo… En el fondo, entra todo dentro de la normalidad que anhela la protagonista.

No me gustan los momentos climáticos, lo que algunos consideran muy cinematográfico. Incluso algunos elementos ya me parecen excesivos.

Es todo normal, una apuesta por lo cotidiano, se muestra la entrevista de trabajo, la relación con colegas de trabajo, e incluso, poco habitual en el cine español, vemos cómo Sara enseña el padrenuestro a su hermano para que haga la primera comunión…

Las cosas que incluyo tienen que ver con mi mundo. Esta primera comunión tiene que ver con la mía, con la de mi hermano. Son cosas que conozco, por las que he pasado un par de veces. No es una película autobiográfica, pero se tratan de mis espacios, como también lo es el tiempo que paso en los bares. Forma parte de mi interior, y me gusta que forme parte de la película, lo trato con naturalidad. En mi vida todo es tan natural como en la película. Pienso que la sensación de realidad que transmite la película tiene que ver con esto. La idea era escoger momentos naturales que ayudaran a que la trama avanzara.

Y también me interesaba mostrar una realidad de la ciudad de Barcelona. Un versión, mi propia receta, seguramente alejada a otras visiones, porque Barcelona es mucho más que el Paseo de Gracia, las Olimpiadas o los turistas. Hay muchas Barcelonas muy distintas. La comunión en una iglesia de un barrio obrero es una versión de Barcelona.

belen funes 2Desde luego trabajar con unos actores que son padre e hija parece responder al criterio de naturalidad. ¿Siempre quiso contar con Eduard Fernández y Greta Fernández?

Bueno, yo le envié primero el guion a Greta, pero sabía que si le gustaba, enseguida se lo iba a enseñar a su padre. Y se lo leyó y le gustó, aunque comentó que iba a ser dificilísimo, ya que ellos son de verdad padre e hija, y se tenían que pelear y que insultar. Se subió al barco y trabajamos.

Su relación es completamente contraria a la que vemos en la pantalla. Ellos se llevan muy bien, Eduard es supercomprensivo. Por tanto, teníamos que inventar la relación se Sara y Manuel, pero está claro que son familia, se nota el parecido físico, y eso se ve en la pantalla.

¿Tratar el tema de la familia te interesaba especialmente? Resultan paradójicas las encuestas recurrentes que aseguran que es la institución más valorada por los españoles, a la vez que vemos un deterioro alarmante, con tantas familias desestructuradas, como la que vemos en la película.

Vivimos unas circunstancias sociales que rompen las familias. La gente lo tiene difícil, y repercute en cómo se soporta la arquitectura familiar. A mí me interesaba hablar de la toxicidad que surge en los lazos entre padres e hijos, y lo difícil que es romper una relación con alguien con quien compartes torrente sanguíneo. En la familia convive lo mejor y lo peor, lo más sensible, pero también a veces lo más violento. A este padre y a esta hija les encantaría quererse, pero no saben hacerlo.

Sara es muy buena personas, no tiene elementos negativos claro. Pese a su escasa formación, las pocas posibilidades educativas, parece muy perfecta. ¿No tenía miedo de idealizarla demasiado?

Es verdad que es muy buena, muy genuina, muy trabajadora y muy verdadera. Pero también instrumentaliza al bebé para que su novio Dani se quede con él. Es perfecta, pero no lo es. No se vincula sentimentalmente con el bebé, más allá de tenerlo limpio. No sabe explicar lo que siente y cómo se siente. Es alguien que ha dado por sentado que su hermano quiere irse a vivir con él, no le ha preguntado. Es decir, dentro de su perfección, tiene sus agujeros negros. Y sus fallos, que ella sabe. Se mueve entre dos aguas, tiene un corazón muy grande, pero también es manipuladora.

La película refleja muy bien la mentalidad individualista tan dominante en la actualidad, en que no hay vínculos fuertes con las personas. Da la impresión, por ejemplo, de que Sara nunca ha visto a su abogado en persona, y ella, con sus compañeros de trabajo, o con la compañera de piso, se lleva bien, pero nada más…

Ella vive en una isla, está muy sola. En una época en que estamos muy conectados, a ella no la llama nadie. Siendo tan joven, vive una juventud que no le toca, ha pasado de niña a mujer sin término medio. Está muy aislada, nadie entra a su isla para verla. Y el mundo de los abogados, también representa esa burocracia feroz, salvaje, donde hay gente que no te conoce y emite juicios sobre ti. Cuando el juez le pregunta al final, “¿usted que tiene que ofrecer?”, a mí me entran ganas de responder, “¿pero no ha visto la película?”. Él no la conoce.

Queríamos hacer un retrato de este individualismo en el que todos vivimos, donde cuesta decir cómo nos sentimos, y en que cuesta pedir ayuda. Ella y todos estamos en esta isla. Y la tecnología tiene mucho que ver. Creemos que estamos informados y estamos muy desinformados sobre lo que ocurre a nuestro alrededor.

Lo último del mundo del cine