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Entrevistas

El cineasta nos habla de una película que es cinematográficamente la bomba

Christopher Nolan: "Oppenheimer está plagada de paradojas y dilemas éticos"

Christopher Nolan ha demostrado a lo largo de toda su filmografía que es un cineasta que “es la bomba”. Ahora lo hace literalmente con una película fascinante sobre el padre de la bomba atómica J. Robert Oppenheimer y los dilemas morales alrededor de la investigación científica.

Christopher Nolan: "Oppenheimer está plagada de paradojas y dilemas éticos"

¿Cuál fue la meta primordial de Christopher Nolan a la hora de filmar Oppenheimer?

Mi intención era transportar al público a la mente y la experiencia de una persona que ocupó el centro absoluto del mundo durante el momento de cambio de mayor envergadura de la historia. Nos guste o no, J. Robert Oppenheimer es la persona más importante que jamás haya vivido. Convirtió el mundo en el que vivimos en lo que es ahora, para bien o para mal. Y su historia hay que verla para creerla.

¿A qué llamaba Oppenheimer «la terrible posibilidad»?

En los momentos precedentes a la prueba Trinity, Oppenheimer y su equipo estuvieron lidiando con la remota posibilidad de que, cuando apretaran aquel botón y detonaran esa primera bomba, incendiarían la atmósfera y destruirían todo el planeta. No había ninguna base matemática ni teórica que les permitiera descartar totalmente esa posibilidad, por pequeña que fuera. Y, pese a todo, decidieron pulsar el botón. Es un momento extraordinario en la historia de la humanidad.

Quería llevar al público a esa estancia y que estuviera allí presenciando esa conversación, para que luego viera también el momento de pulsar el botón. Fue un instante absolutamente increíble, si te paras a pensarlo. Ese inmenso riesgo. La relación entre ciencia, teoría, intelecto —las cosas que podemos imaginar— frente a la naturaleza práctica de llevar esas ideas abstractas al mundo real, lidiar con ellas como realidades concretas, y con todas sus consecuencias.

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La película aborda temas de gran calado...

La historia de Oppenheimer es una de las más grandes que pueden contarse. Está plagada de paradojas y dilemas éticos, y esa es la clase de material que siempre me ha interesado. Mientras la película trata de ayudar al público a entender por qué la gente ha hecho cosas del modo que las ha hecho, al mismo tiempo plantea la pregunta de si esa gente debería haberse comportado así.

Y el cine, como medio narrativo, es la herramienta perfecta para sumergir al público en una experiencia subjetiva, dejando que sean los espectadores quienes juzguen las cosas del mismo modo que lo hacen los personajes, intentando al mismo tiempo mirar a estos personajes con un poco más de objetividad. En diferentes momentos, tratamos de meternos en la psique de Oppenheimer y de embarcar al espectador en su viaje emocional. Ese fue el desafío de la película: contar la historia de una persona que estaba involucrada en lo que acabó siendo una secuencia de eventos destructiva extraordinaria, pero llevada a cabo por las razones correctas, y contarla desde su punto de vista.

Y escribió gran parte del guión en primera persona...

No es nada habitual. Pero, al mismo tiempo, dejaba claro a cualquiera que leyese el guión que nosotros, los espectadores, estamos viviendo el viaje con Oppenheimer. Estamos mirando sobre su hombro, pensando en su cabeza, lo acompañamos a todas partes.

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Ha escogido como protagonista a Cillian Murphy, el actor con el que ha trabajado en más ocasiones, con ésta seis. Pero, ¡qué reparto, cuántos buenos actores!

Cillian Murphy interpretando a Oppenheimer era la pieza central de la película. Pero sabía que Cillian iba a necesitar un reparto extraordinario para arroparlo, grandes actores que pudieran desafiarlo y motivarlo. En una película con tantas caras distintas, cada personaje tenía que diferenciarse claramente del resto y resultar creíble. Por ello, la envergadura del grupo que el director de casting John Papsidera logró juntar es uno de los grandes atractivos de la película. Es enormemente importante que los espectadores sean capaces de seguir quién hace qué y quién es importante por una u otra causa.

Estos actores llegaban todos los días al set con un conocimiento muy específico y sin fisuras del papel de su personaje en la situación, cuál fue su contribución al Proyecto Manhattan, qué aportaron a una reunión, un experimento o un argumento concreto en determinado día. En consecuencia, todos los días estaba en el set rodeado de actores que sabían más que yo sobre lo que estaba pasando, desde su punto de vista, y eso es lo que buscas precisamente como director.

He tenido la enorme suerte de trabajar con muchos actores de gran talento desde el comienzo de sus carreras, y Cillian es uno de ellos. La primera vez que trabajé con él era bastante novato, pero estaba claro que contaba con un talento extraordinario. Además, conectamos personal, profesional y creativamente. Por eso, siempre estoy buscando el modo de colaborar con Cillian. Fue maravilloso poder coger el teléfono y decirle: 'Llegó el momento, esta es la película en la que tú vas a ser el protagonista; te ofrezco un personaje que va a exigirte emplear cada aspecto de tu talento y a ponerte a prueba de un modo que nunca habías conocido'. Y se mostró totalmente dispuesto. Fue realmente un sueño hecho realidad para los dos.

También repite colaboración con Hoyte van Hoytema, el director de fotografía.

El estilo de fotografía que Hoyte y yo adoptamos para esta película tenía que ser muy sencillo pero potente. Que no hubiera una barrera entre el mundo de la película y los espectadores, sin estilizaciones obvias más allá del blanco y negro de algunas secuencias. Queríamos, especialmente con las secuencias en color, una fotografía muy sencilla y sin adornos, lo más natural posible, que mostrara las numerosas texturas de ese mundo. Ya sea con el vestuario, los sets o las localizaciones, buscamos la complejidad y los detalles del mundo real.

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Y ha rodado exclusivamente con cámaras de gran formato: Panavision 65 mm e IMAX 65 mm.

Rodar en gran formato te da, sobre todo, claridad. Es un formato que permite que el público se sumerja completamente en la historia y en la realidad que le estás mostrando. En el caso de Oppenheimer, es una historia de gran escala, tamaño y alcance. Pero también quería que los espectadores estén en las habitaciones donde todo ocurrió, como si estuvieras ahí, conversando con esos científicos en esos momentos clave».

Y estamos en la segunda colaboración con el compositor Ludwig Göransson, tras Tenet.

El trabajo de Ludwig en la película es profundamente personal e históricamente amplio al mismo tiempo. Consigue el efecto de construir un mundo emocional que acompaña al mundo visual que Ruth De Jon ha diseñado y Hoyte van Hoytema ha rodado, y atrae al público a los dilemas emocionales de los personajes y sus interacciones con las enormes situaciones geopolíticas a las que se enfrentan.

Le sugerí que basase la banda sonora en el violín. Hay algo en el violín que me resulta muy adecuado para Oppenheimer. Su afinado es frágil y está totalmente a merced de la interpretación y la emoción de quien lo toca. Puede ser muy hermoso y, al momento, volverse aterrador o amargo. Así que hay una tensión —una neurosis— en el sonido que creo que encaja con la alta tensión intelectual y emocional de Robert Oppenheimer.

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De nuevo prescinde de los efectos visuales digitales y se decanta por los efectos mecánicos. ¿Por qué motivo?

Desde el principio supe que la prueba Trinity iba a ser una de las cosas más importantes que debíamos resolver. Había hecho una explosión nuclear por ordenador en El caballero oscuro: La leyenda renace, que funcionó muy bien para esa película. Pero también me enseñó que con un hecho real como Trinity, que quedó bien documentado usando cámaras y formatos nuevos desarrollados precisamente para grabar ese evento, las imágenes creadas con ordenador nunca nos darían la sensación de amenaza que se ve en las grabaciones reales. Hay algo visceral en ese metraje. Se convierte en algo táctil, y al ser táctil puede resultar tan amenazante como asombroso.

Así que ese fue el reto: encontrar lo que podríamos llamar métodos analógicos para producir efectos que evoquen la amenaza, el asombro y la horripilante belleza de la prueba Trinity.

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