Wim Wenders regresa a Japón, un país que le fascina, con un proyecto que no surgió de él, pero que asumió enseguida haciéndolo propio, y convirtiéndolo en una película poética bellísima, que representa sorprendentemente a Japón en los Oscar. Nos lo cuenta con convicción en esta entrevista.
Perfect Days supone el regreso a Japón de Wim Wenders tras varias décadas. ¿Cómo surgió y cuál es su historia, en pocas palabras?
La película surgió en forma de carta sorpresa a principios del año pasado. “¿Estaría interesado en rodar una serie de cortometrajes de ficción en Tokio, quizá 4 o 5, de unos 15 a 20 minutos cada uno? Todas estas películas tratarían de un increíble proyecto social público, implicarían el trabajo de grandes arquitectos y nos aseguraríamos de que pudiera desarrollar usted mismo los guiones y conseguir el mejor reparto posible. Y garantizaríamos total libertad artística”. Sonaba interesante, como mínimo. Hacía años que deseaba volver a Japón y tenía verdaderos ataques de nostalgia de Tokio.
Así que seguí leyendo: el tema serían los aseos públicos y la esperanza era encontrar un personaje a través del cual se pudiera entender la esencia de una cultura japonesa acogedora, en la que los aseos desempeñan un papel totalmente distinto al de nuestra propia visión occidental del “saneamiento”. Para nosotros, en efecto, los aseos no forman parte de nuestra cultura, al contrario, son la encarnación de su ausencia. En Japón, son pequeños santuarios de paz y dignidad...
Me gustaron las fotos que vi de esas maravillas arquitectónicas. Más que retretes parecían templos de saneamiento. Me gustó la idea de “arte” vinculada a ellos. Y, desde luego, me gustaba visionarlas en un contexto ficticio. Siempre he pensado que los “lugares” están mejor protegidos en las historias que en un contexto no ficticio. Pero no me gustó la idea de una serie de cortometrajes. Ese no es mi lenguaje. En lugar de rodar 4 veces 4 días, me preguntaba por qué no podíamos rodar una película de verdad en estos 17 días. Además, ¿qué se puede hacer con 4 cortometrajes? Imagínate que en vez de eso hiciera un largometraje. La respuesta fue: ¡nos encanta su idea! ¿Pero se puede hacer? Les contesté: ¡Sí! Si reducimos la historia a menos localizaciones y a un solo protagonista. Pero primero tendría que venir a verlo con mis propios ojos. No puedo imaginar una historia sin conocer los lugares donde transcurre. Y estoy en medio de un rodaje. Puedo dedicaros una semana en mayo y luego posiblemente lo hagamos en octubre, cuando tendría una ventana en la postproducción de esa otra película. (Que era Anselm, ya en su segundo año y en la sala de montaje. Ya había terminado todo el rodaje).

Acabé viajando a Tokio en mayo durante 10 días. Pude conocer al mi actor soñado para el posible papel a escribir, Koji Yakusho. (A quien había visto en una docena de películas y siempre había admirado.) Vi estos lugares, todos ellos situados en Shibuya, que me encantan. Estos baños eran demasiado bonitos para ser verdad. Pero no era de ellos de lo que iba a tratar esta película. Esto sólo podía convertirse en una película si conseguíamos crear un cuidador único, un personaje verdaderamente creíble, real. Sólo su historia sería importante, y sólo si valiera la pena ver su vida, él podría sostener la película, mostrando esos lugares, y todas las ideas vinculadas a ellos, como el agudo sentido del “bien común” en Japón, el respeto mutuo por “la ciudad” y “los demás” que hacen que la vida pública en Japón sea tan diferente a nuestro mundo. Yo solo no podría escribir esto. Pero tuve un gran sparring y coguionista en Takuma Takasaki. Hemos cavado hondo hasta encontrar a nuestro hombre...
La película describe de forma casi poética la belleza de lo cotidiano a través de la historia de un hombre que vive una vida modesta pero muy feliz en Tokio.
Sí, todo eso es cierto. Pero todo surgió de Hirayama. Así es como decidimos llamar a este hombre que poco a poco fue tomando forma ante nuestros ojos interiores. Imaginé a un hombre que tenía un pasado privilegiado y rico y que había caído en el abismo. Y que entonces tuvo una epifanía un día, cuando su vida estaba en su punto más bajo, observando el reflejo de las hojas creado por el sol que iluminaba milagrosamente el infierno en el que despertaba. El idioma japonés tiene un nombre especial para estas apariciones fugitivas que a veces aparecen de ninguna parte: “komorebi”, la danza de las hojas al viento, que caen como un juego de sombras sobre la pared de enfrente, creadas por una fuente de luz ahí fuera en el universo, el sol.

Tal aparición salvó a Hirayama, que optó por vivir otra vida, de sencillez y modestia. Y se convirtió en el limpiador de nuestra historia. Dedicado, contento con las pocas cosas que tiene, entre ellas su vieja cámara de fotos (con la que sólo hace fotos de árboles y komorebis), sus libros de bolsillo y su viejo magnetófono con la colección de cintas de casete que guardaba de sus tiempos mozos. Sus preferencias musicales también nos informaron sobre nuestro título, cuando Hirayama (ya en el guión) escucha un día “Perfect Day” de Lou Reed.
La rutina de Hirayama se convirtió en la columna vertebral de nuestro guión. Lo bueno de un ritmo tan regular de días “siempre iguales” es que empiezas a ver todas las pequeñas cosas que no son iguales y cambian cada vez. Y es que si aprendes de verdad a vivir enteramente en el AQUÍ Y AHORA, ya no hay rutina, sólo hay una cadena interminable de acontecimientos únicos, de encuentros únicos y momentos únicos. Hirayama nos lleva a este reino de felicidad y satisfacción. Y a medida que la película ve el mundo a través de sus ojos, también vemos a todas las personas con las que se cruza con la misma franqueza y generosidad: su perezoso compañero de trabajo Takashi y su novia Aya, un vagabundo que vive en un parque donde Hirayama trabaja todos los días, su sobrina Niko que busca refugio en casa de su tío, “mamá”, la dueña de un modesto restaurante al que Hirayama acude en sus días libres, su ex marido y muchos otros.
¿Qué es lo que le fascina de Japón y su cultura, y en concreto qué elementos de la cultura japonesa predominan en esta película?
El término “servicio” tiene una connotación totalmente distinta en Japón que en nuestro mundo. Al final del rodaje conocí a un famoso fotógrafo estadounidense que no podía creer que yo hubiera hecho una película sobre un hombre que limpiaba retretes. “¡Es la historia de mi vida!”, me dijo. “Cuando llegué de joven a Japón para aprender artes marciales, el famoso maestro al que acudí me dijo: 'Si trabajas en aseos públicos durante medio año, limpiándolos todos los días, entonces podrás volver a verme'. Eso es lo que hice. Me levantaba todos los días a las 6 de la mañana para limpiar retretes, en uno de los barrios más pobres de Tokio. El profesor lo siguió de lejos y después me aceptó como alumno. Pero hasta hoy, sigo haciéndolo durante una semana, todos los años”. (El hombre tiene ahora más de sesenta años y nunca ha vuelto a Estados Unidos.) En fin, esto es sólo un ejemplo. Hay otras historias de jefes de grandes empresas que se ganaron el respeto de sus trabajadores sólo después de llegar al trabajo antes que ellos y limpiar los aseos comunes. No se trata de un trabajo “inferior”. Es más bien una forma de actitud espiritual, un gesto de igualdad y modestia.
Y basta con vivir un poco tiempo en Estados Unidos para comprender la importancia del “bien común”. Una vez, durante una larga estancia en Japón, cuando trabajaba allí en las secuencias oníricas de Hasta el fin del mundo, recibí la visita de un amigo americano que nunca había estado en Japón. Era invierno y mucha gente circulaba con mascarillas. (30 años antes de la pandemia.) “¿Por qué tienen todos tanto miedo de coger un bicho?”, me preguntó mi amigo. Yo le dije: “No, en absoluto. Ya están resfriados y llevan mascarillas para proteger a los demás.” Me miró incrédulo. “¡No, estás de broma!” No, es una actitud habitual.
Usted tiene una larga relación con Tokio y Japón. El propio Tokio desempeña un papel importante en Perfect Days, porque usted tuvo la extraordinaria oportunidad de rodar en lugares donde normalmente no está permitido hacerlo. ¿Cómo fue la experiencia de rodar en Tokio? ¿Y cómo ha cambiado Tokio desde Tokio-Ga?
Me encantó Tokio la primera vez que paseé por allí y me perdí. Eso fue ya a finales de los setenta. Fue una época de puro asombro. Caminaba durante horas sin saber dónde estaba en esta enorme ciudad, para luego subirme a cualquier metro y volver a encontrar el destino de mi hotel. Cada día me adentraba en una zona diferente. Me asombraba la estructura aparentemente caótica de la ciudad, en la que podías encontrar viejos bloques con antiguas casas de madera junto a rascacielos e intersecciones muy transitadas, en la que pasabas por debajo de esas autopistas de ciencia ficción de dos y tres pisos y encontrabas las zonas más tranquilas para vivir y laberintos de callejuelas justo al lado. Me fascinaba todo el futuro que veía perfilarse. Siempre había visto Estados Unidos como el lugar donde encontrar el futuro. Aquí, en Japón, encontré otra versión del futuro, una que se adaptaba muy bien a mí.

Y luego, por supuesto, me informé a través de las películas de Yasujiro Ozu (que sigue siendo mi maestro declarado, aunque sólo pude ver su obra cuando ya era un joven cineasta con varias películas en mi haber). Nos había ofrecido un relato casi sismográfico de la cambiante cultura japonesa desde los años veinte hasta principios de los sesenta, cuando murió. Tokio-Gala hice en 1982 sobre sus huellas, intentando ver cómo había cambiado ya Tokio desde la última vez que rodó allí 20 años antes.
Usted es famoso por integrar la música en sus películas de una forma muy especial. Ahora, en Perfect Days, ha ideado un concepto musical muy especial.
Parecía erróneo concebir una “partitura” para esta sencilla vida cotidiana. Pero mientras Hirayama escucha sus casetes de música de los sesenta a los ochenta principalmente, su gusto musical nos dio una banda sonora de su vida, desde la Velvet Underground, Otis Redding, Patti Smith, los Kinks o Lou Reed hasta otros, pasando por la música japonesa de la época.
Usted dedica la película al maestro Ozu. ¿Qué elementos de su obra le han influido más?
Sobre todo el sentimiento que impregna sus películas de que cada cosa y cada persona son únicas, de que cada momento sucede una sola vez, de que las historias cotidianas son las únicas historias eternas.
