El irlandés Glen Hansard (1970) es músico de profesión y líder del grupo The Frames. A pesar de no ser actor profesional, protagoniza magníficamente la película Once, dirigida por su amigo John Carney. El resultado es fabuloso: una especie de musical urbano que respira la autenticidad del mejor cine independiente. Aprovechando su estreno en España, Glen respondió a nuestras preguntas.
¿Podría comentar cómo se involucró en el proyecto?
John había sido bajista en mi grupo de música, The Frames, y somos muy amigos. Es un entusiasta del cine y también de la música y muchas veces habíamos hablado de hacer algún proyecto que uniera las dos cosas. Un día me comentó la idea de Once, y me enseñó un borrador de unas 60 páginas. Contaba la curiosa relación entre dos personajes que estaban en el peldaño socioeconómico más bajo: él es un músico callejero y ella una joven de Europa del Este, que habla poco inglés y que vende flores por la calle. Tienen dificultades para relacionarse y la música se convierte en su medio de comunicación.
¿Estuvo usted en la película desde el principio?
Sí. Pero al comienza John sólo me necesitaba para que le contara mis experiencias como músico callejero, pues yo había ejercido como tal durante años. John tenía el borrador y también al actor Cillian Murphy, quien había aceptado encarnar al personaje. Digamos que entonces eramos tres, el director, Cillian y yo, que era una especie de asesor musical y compositor. Por otra parte, John tenía problemas para encontrar a la protagonista, pues tenía que ser una chica de unos treinta y cinco años, del Este de Europa, que tocara el piano y supiera actuar. Entonces le hablé a John de Markéta Irglová. Yo la conocía desde hacía tiempo, pues soy amigo de su padre y a veces ella me había acompañado tocando el piano en mis actuaciones. Era ideal para el papel, pero lo malo es que tenía sólo diecisiete años. Sin embargo, cuando John la oyó tocar el piano le dio el papel sobre la marcha. Ni siquiera hizo casting de ningún tipo.
Pero usted entonces no iba a actuar…
Efectivamente. Todo iba viento en popa, hasta que dos semanas antes de comenzar el rodaje, Cillian Murphy se bajó del proyecto. Entonces John estuvo a punto de abandonar la película. Lo pensó un par de días y me dijo que la dejaba, pero al final cambió de opinión, aunque me comentó que el presupuesto sería mínimo y que yo tendría que ser el actor... Al principio le dije que no, que era imposible. Sin embargo, luego pensé que éramos amigos los tres y no había motivo alguno para negarse. Rodamos en diecisiete días con un presupuesto de tan sólo 120.000 euros. Era como si estuviéramos haciendo una maqueta casera.
¿Qué aspecto del guión les gustó más?
Lo que más me atrajo del guión fue la historia de amistad. Discutíamos mucho acerca del guión, porque había partes que no me gustaban tanto, pero como éramos muy amigos siempre nos pusimos de acuerdo. De todas maneras lo que prefiero son los personajes, dos personas que provienen del nivel más bajo de la sociedad desde el punto de vista económico. Me parecían personajes muy reales, muy auténticos.
La familia tiene mucha importancia en el film…
John Carney, el director de la película, vive actualmente con su madre. Y cuando su novia se fue a vivir a Londres él no se fue con ella. Se quedó con su madre en Irlanda, pues tenía que cuidar de ella porque es mayor. Por tanto, toda esa parte de la película tiene mucho de autobiográfico y por eso se le da esa importancia a la familia. También Markéta habla de llevarse a su madre a Londres… Probablemente a John le hubiera gustado hacer lo mismo (risas).
No es precisamente un musical al uso…
Al principio John quería hacer un musical clásico, pero a mí no me convencía. Y no deseábamos hacer una comedia romántica típica. Hay un momento al final en que los protagonistas se dan un beso, y nosotros nos resistíamos. Decíamos que no, que no, que no. Yo me repetía que en una película de Truffaut o Polanski eso no ocurriría, porque en la vida real no suele suceder. Para mí la película se asemejaba más bien a un musical escrito por Ken Loach...
Sí, parece como si reinventaran el género.
Como he dicho antes, yo no quería un musical clásico. Así que pusimos una normas distintas a lo habitual. En muchas películas empiezan a cantar una canción y cortan a medias. En nuestra película siempre que comenzara una canción tenía que terminar. Y eso sucede en Once: todas las canciones están interpretadas de principio a fin. Y las tomas debían ser reales, es decir, si había que hacer una nueva toma, era necesario volver a cantar desde el principio en directo. Más que reinventar el género, queríamos poner unas restricciones, pequeñas, pero que al final daban como resultado algo muy diferente.
¿Por qué a los músicos callejeros se le ve más como a mendigos que como a artistas? ¿Qué hace a un artista, el escenario o la música?
Buena pregunta… Vivimos en una época donde lo que importa es sólo cómo se presentan las cosas, la superficie. La fama hoy en día se crea con ríos de tinta y no con talento. A mí lo que me gusta de ser músico callejero es que no hay ego, es el peldaño más bajo. Lo único que puedes presentar en la calle es tu talento. Si gustas te darán dinero. Hay una honestidad increíble en eso de tocar en la calle, como arte. Y yo intento mantener esa misma honestidad en el escenario. Y también lo hemos hecho en la película. En el fondo, se trata de una peliculita hecha por tres amigos, y la verdad es que no creíamos ni que se fuera a estrenar.
Supongo que no imaginaban tanto éxito…
Nuestro plan original era usar una sola copia en 35 milímetros, hacer una gira por los cines pequeños de Irlanda para presentar la película, y después cantar las canciones e intentar vender cuantos más discos mejor. John, por otro lado, y sin que nos enteráramos, envío la película a algunos festivales, como Sundance, y todos la rechazaron. Entonces decidimos presentarnos en un pequeño festival irlandés en Galway. Fue la primera vez que vimos la película nosotros. Hacía un día espectacular y nadie quería entrar en el cine. Hubo como cincuenta personas y recuerdo que me encantó y que me sentí muy orgulloso de haber participado en la película. Entonces se nos acercó un señor y nos dijo que le había gustado mucho y que trabajaba en el festival de Sundance y estaba interesado en llevar allí el film. Nosotros, por supuesto, no le dijimos que ya nos la habían rechazado. Así que gracias a aquel hombre fuimos a Sundance e increíblemente ganamos el Premio del público. Fue una experiencia muy extraña, pero a la vez maravillosa.
