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Entrevistas

Una mirada al tiempo

Ricardo Darín ha pasado por Madrid justo después de presentar en el festival de San SebastiánEl secreto de su ojos y El baile de la victoria. El cansancio evidente no hace mella en su incombustible capacidad para responder preguntas. Sosegado, habla de la importancia del tiempo y de la memoria, piezas claves de El secreto de sus ojos.

Una mirada al tiempo

¿Qué balance haces de tu experiencia en el festival?

Bueno, son muchas cosas. Uno termina un poco mareado. Pero el balance es muy bueno. A mí me gustaría tomarme las cosas con un poco más de calma, pero parece que no se puede. Es lógico entender que el sólo hecho de estar en un festival con una película supone demanda periodística por un lado, compromisos con las producciones por otro, etc. Ahora, si te tocan dos películas… Lo único peor que te puede pasar es tener tres (risas), y a mí me ha pasado, en La Habana, encima yo no lo sabía, sino no habría ido (risas). Es demasiado, entendible, pero demasiado para un solo cuerpo.

Pero bueno, el público recibió muy bien El secreto de sus ojos –no entiendo algunas reacciones que hubo con El baile de la victoria–, la repercusión fue tremenda, apabullante. En el Kursaal vivimos una situación increíble con tantísima gente aplaudiendo de pie, emocionada.

Después del éxito en San Sebastián, ¿qué sientes al haber protagonizado una película así?

Estoy enloquecido de alegría. Pero es algo que se debe a tantas cosas. Normalmente, la tendencia es a fijarse en los actores que somos la cara visible de las películas. Y para que nosotros podamos ser la cara visible hay un equipo de cien personas que han trabajado mañana, tarde y noche para hacernos las cosas más fáciles, entre ellos mi hijo. Mi hijo trabajó en la producción de esta película, ha sido su primer trabajo.

Yo estoy feliz y lo único que necesito ahora es que sin mediar ningún festival, la película encuentre su destinatario final que es la audiencia, los espectadores. Ésa es la sensación más vertiginosa porque en definitiva nuestro trabajo es de exposición pública. Yo tengo mucha confianza en que va a funcionar bien. Confío porque aunque sea una historia que podamos llamar “localista”, precisamente porque es fiel a eso, creo que puede viajar por diferentes lugares. Creo que cuando uno puede contar un cuento de su barrio de una manera buena, teniendo muy claro cuál es el norte, esa historia se puede entender en cualquier parte porque al final a todos nos pasan las mismas cosas. Hay diferencias en el mundo, pero en todas partes hay injusticias, historias de amor, hay drama, hay humor, etc. No son elementos extraños en ninguna parte del mundo. En el pase que se hizo ayer en Madrid yo sentí eso. Había gente de distintos lugares y la reacción fue como si fuéramos parte todos de la misma familia. Es decir, la forma de pararse delante de una historia bien contada –y creo que está lo es- es la misma en todas partes. También es verdad, que la cosa cambiará en los lugares donde la película necesite traducción. Ahí no me meto. Es un terreno muy frágil y algunas terminologías son muy precisas para entender al personaje. Pero bueno, son riesgos que hay que correr, no queda otro camino.

Se te puede considerar “chico Campanella”. El secreto de sus ojos tiene poco que ver con su cine anterior, pero a la vez el tratamiento de los personajes es propio del director.

Acompaño a Juan en un proceso que él ha venido haciendo desde hace diez años que es hacer películas. Tuve el inmenso honor de que me convocara en la primera que hizo en Argentina, El mismo amor, la misma lluvia. Apareció un buen día un chico que había conocido caminando por la calle en Nueva York. Reapareció en mi vida con un libro bajo el brazo y me dijo: “esto lo escribí pensando en vos, me gustaría saber tu opinión”. Yo lo leí y me quedé muerto. Mi primera pregunta fue qué hay que hacer. A partir de ahí iniciamos nuestro camino juntos. Coincido con vos en que ésta es una película que escapa un poco de los cánones –si es que los tiene– de lo que sería el “Campanellismo”, pero también es cierto como has observado, que a pesar de estar pisando un territorio aparentemente desconocido –que no lo es tanto por la experiencia que tiene en series norteamericanas policíacas-, uno nota que está su impronta. Su muñeca está puesta no sólo en los diálogos sino también en el tratamiento de los personajes y, por supuesto, en la relación con los actores. En esto es especial. Disfruta mucho del contacto con los actores y uno se siente más relajado y precisamente por esto, más dispuesto a entregarte como profesional.

La memoria tiene una presencia fundamental en la película y especialmente en tu personaje. ¿Qué sensación te ha quedado después de interpretar a Espósito?

Yo creo que él inicia ese viaje por su obsesión con un caso, pero sin saber que se está metiendo en algo que va acabar actuando como un espejo consigo mismo. Esa obsesión lo obliga a viajar al pasado y a analizar cada uno de los detalles hasta tal punto que hace una elaboración de lo que debería haber ocurrido en el pasado y arriesga distintas variables, porque nadie tiene la certeza de lo que ocurrió y de hecho la película ofrece varias opciones. Este viaje también obliga a desconfiar de los recuerdos, a tratar de ser cada vez más específicos y valientes a la hora de reconocer los detalles y cosas que pasaron.

¿Tus ojos esconden algún secreto?

Ninguno. Ahora puedes ver que no dormí nada anoche (risas). Esto es evidente. Yo creo que es una trampita lo del secreto de los ojos porque debe haber pocas cosas más elocuentes que la mirada, el contacto visual. Si uno pasa por la vida con un mínimo de atención y no pasando de todo, se da cuenta. Es verdad que la velocidad a la que vivimos hoy en día no ayuda mucho en ese sentido. Siempre vivimos corriendo detrás de algo que es super importante y a lo mejor dejamos de lado a alguien que se nos plantó delante y que sólo nos pedía un segundo de atención. La urgencia no es amiga de lo importante. Sería interesante que todos tuviéramos la oportunidad y el coraje de timonear nuestra vida, hacerte cargo de lo que es tu destino que es lo que hace mi personaje.

Acabas de trabajar con Juan José Campanella y con Fernando Trueba. ¿Qué tienen en común estos dos directores?

Para mí son dos grandes cineastas y dos grandes personas. Esto me condiciona ya toda la objetividad a la hora de hablar sobre ellos. Son dos cineastas que disfrutan del trato con los actores, de estar enzarzados con el rodaje, la creación, con el juego, la parte lúdica del trabajo. Son tipos que además, le otorgan el tiempo exigible para que el trabajo se pueda hacer con calma, en armonía, con una buena atmósfera, con respeto por los demás. Son cosas que yo valoro muchísimo en ambos. Es cierto que lo he sentido con otros directores también, pero es verdad que a veces, las prisas de las que hablábamos también ocurren en el rodaje y el tiempo apremia. Cuando ocurre esto es cuando te das cuenta de que estás en manos de un buen cineasta. Lo urgente no está por delante de lo importante. No se dejan arrollar por el tiempo y le otorgan a cada paso que dan el tiempo que requiere y te entregan las herramientas necesarias para que trabajes con calma. Eso es un común denominador de los dos, además de que son enfermos admiradores de Wilder.

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