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Entrevistas

Un monstruo de la naturaleza

Peter Weir tiene a sus espaldas la filmografía de un maestro. Poder charlar con él resulta todo un privilegio. Recién llegado a Madrid para presentar su último trabajo, Camino a la libertad, este hombre infatigable ha tenido tiempo ya para acudir al Museo del Prado, llevado por su interés en ver en vivo y en directo los cuadros de Goya, “Los fusilamientos del 2 de mayo” y su pintura negra. A Weir le impresiona cómo atrapó el tema del sufrimiento en su obra, rebosante de modernidad.

Un monstruo de la naturaleza

A diferencia de otros directores como Woody Allen, que no pueden pasar sin su película anual, usted espacia más sus trabajos. ¿Qué elementos le llevan a decidirse por una película? Y concretamente, ¿qué le atrajo de Camino a la libertad?

Realmente sólo puedo contestarme a la pregunta de cuál es mi motivación una vez que he terminado un proyecto. Podría dar una respuesta más obvia, del tipo de que el libro “La larga caminata” me impactó, que me enganchó la historia, pero ése no es el motivo profundo, no es la respuesta. Debe haber una especie de algo adicional, una llamada, un atractivo que conecta con mi subconsciente. No pretendo sonar misterioso... No sé, a veces es algo que te remonta a tu infancia, se produce una conexión. Recuerdo haber oído de niño historias de exploradores que me fascinaban, de héroes como el capitán Cook y demás, que se trasladaban a paisajes inhóspitos, lejanos, como la Antártida, y afrontaban peligros. Algo hay de esto.

En su versión española, el título de la película habla de libertad. ¿Es éste un tema común a sus películas, el modo en que la ejercemos y tomamos nuestras decisiones? “Hagan de su vida algo extraordinario” era uno de los lemas del profesor Keating en El club de los poetas muertos. Hay que huir de las prisiones reales o metafóricas que nos encontramos en esta vida, como el gulag soviético...

Sí, por supuesto que me interesa el tema de la libertad, que se plantea de modo claro en los regímenes autoritarios del siglo XX. Yo soy el tipo de persona que no habría podido sobrevivir a un régimen de ese estilo. A mí me impresiona pensar en los horrores del siglo XX, es puro drama  cómo afectaron a la población civil, las torturas que padecieron. También los militares sufrieron, pero eso sería otra cuestión. La vida cotidiana de los europeos se vio trastocada, arrestaron a tantos, las familias quedaron divididas...

Sus películas son profundamente humanas, y a la vez, en muchas como ésta, se muestra la fuerza de la naturaleza y su interactuación con el hombre, desde Picnic en Hanging Rock hasta Master and Commander, y la película que nos ocupa. ¿Podía hablar de esta relación tan presente en su cine, donde con frecuencia se produce una especie de colisión?

Quizá me ha influido el haberme criado en Australia, yo viví en Sidney mi juventud, hasta los 20 años. Pasaba  mucho tiempo en el agua, nadando, y me encontraba en contacto permanente con la naturaleza. No había televisión ni arte ni otros estímulos. No quiero decir que estuviera aislado, o que me faltaran los amigos, pero esas circunstancias facilitaron mi contacto con la naturaleza. Tenías más tiempo para aburrirte, con lo que tu imaginación se veía estimulada.

En el gulag hay una escena en que un personaje cuenta al resto “La isla del tesoro” y los demás le escuchan boquiabiertos. La capacidad de disfrutar con la literatura humaniza.

Sí. Bien visto. Hay un gran dominio de la tecnología, internet, la televisión, los DVDs. Estamos bombardeados de imágenes. Yo esa escena quise plantearla de un modo austero, directo y simple, precisamente no hay imágenes, sino el puro relato, que lo hace auténtico, y resalta más la humanidad.

Pienso en El show de Truman, que se anticipó a la proliferación de realities que predominan actualmente en la televisión. Es una forma de olvidar las grandes historias.

Espero que esto no esté ocurriendo en España (se ríe, pero le confirmo que aquí pasa como en todas partes). Soy optimista, siempre hay voluntad para cambiar, el mundo es como una rueda, y espero que este modo de ver las cosas pase, aunque a lo mejor nosotros no lo veamos. Es interesante seguir la evolución.

La película se basa en la obra de Slavomir Rawicz, basada en su propia experiencia. En los últimos años se ha cuestionado si lo que cuenta Rawicz ocurrió realmente. ¿Saber esto le supuso algún problema? ¿Cómo se documentó?

Fue frustrante, estuve a punto de abandonar, cuando al terminar de leer el libro. Al oír que se cuestionaba al autor, le pregunté al productor, 'oye, todo esto es verdad, ¿no?'. Mi forma de proceder fue confirmar que ciertamente había personas que habían hecho esta larga caminata. Que el autor fuera uno de ellos, no lo puedo decir. Por ello mi solución fue ficcionar su personaje, aunque le dediqué la película. El líder protagonista lo compuse con mi propia imaginación, y el resto de los personajes está inspirado en historias reales. Ideas como la de Long John Silver se basan en relatos auténticos de que los presos se contaban historias para sobrellevar las penas del gulag.

Hay en su película una nota de esperanza, a pesar de las barbaridades que se nos narran, como la que afecta al sacerdote letón. ¿Es optimista respecto a la condición humana?

Lo que voy a decir debe tomarse como una metáfora, no de modo literal, pero mi idea es que muchos han de perecer para que otros sobrevivan y puedan gozar de la libertad. Esto siempre será así. Aunque, está claro, hay que pagar un precio muy alto. En cualquier caso, no se puede vivir sin esperanza.

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