Con motivo de la presentación en España de la película Imagining Argentina, pudimos entrevistar a la famosa actriz inglesa Emma Thompson, una de las más prestigiosas de su generación.
¿Qué le parece la mala acogida que tuvo la película en Venecia?
Entiendo esa reacción. Es una mezcla muy difícil. Sobre todo para los intelectuales, y la gente educada. Para mí, lo importante fue que había un abismo entre la reacción de la prensa y la del público. No me importa tanto la reacción, sino la discusión. Queríamos denunciar unos hechos de violencia y tortura, para que no se repitan en el futuro. Yo he hablado mucho con las víctimas, y para ellos lo peor es saber que la gente no quiere escucharles. Perder la voz es lo peor que puede pasar. Es muy importante no tener miedo. Si hemos fallado, tendremos que probar otra vez. Nuestra reacción contra la violencia es fuerte, y debemos abrir el camino a la voz del dolor. Es muy importante escuchar esta voz.
Además de violencia y tortura, también se aborda la falta de libertad de expresión que hubo en Argentina.
La película describe una época turbulenta. Argentina sufrió la transición entre una etapa normal, y una etapa destrozada por la dictadura. Como ocurrió en la Alemania nazi, o en Ruanda, hubo una transición entre la preparación para la violencia y la tortura. Era necesario convencer a los torturadores de que las víctimas no son seres humanos. En esa etapa se tiene mucho cuidado con lo que se comunica, por eso las palabras son muy importantes. Para los verdugos los periodistas son muy peligrosos, pues utilizan palabras.
¿Merece la pena el dolor que sufre su personaje por desenmascarar el horror de la dictadura?
Es muy importante. Es muy distinto, por ejemplo, el atentado en Madrid y la violencia del estado contra los ciudadanos. Porque la violencia de estado se oculta, y cambia el mundo normal. Es como si el país entero fuera un campo de concentración. Los artistas y los periodistas no cambiarán el mundo, pero la gente sí puede cambiarlo. Y si la gente no sabe nada, no podría cambiar nada. El papel del periodista es mostrar todo lo que pueda.
Está usted muy implicada en la película. ¿Cómo ha afectado a su vida profesional?
Puede verse cómo estoy afectada (risas). Me siento muy comprometida con lo que cuenta esta película. Lo veo como un acto de solidaridad. Para todos es muy importante que se sepa lo que pasó. Las hijas de un refugiado argentino fueron a mi escuela. Cuando las conocí, me di cuenta de que había gente en el mundo con vidas paralelas a la mía, pero deformadas por la tortura, la muerte y el horror. Mi vida, sin embargo, había transcurrido en la más absoluta seguridad. Fue un momento muy importante de mi vida, a los 15 años.
En los dos últimos años, tras muchas películas, ha disminuido el ritmo de trabajo, para dedicarse más a su hija. ¿Es difícil para las actrices afrontar la maternidad?
Tengo suerte, porque he escrito durante ese tiempo. Fue posible para mí continuar trabajando en mis guiones, durante la infancia de mi hija. Es muy importante para una actriz y escritora, parar y vivir. Porque si los actores continúan actuando todo el tiempo, ¿cómo podrían desarrollarse como seres humanos? ¿Cómo podríamos aprender lo que tenemos que mostrar? Me aburren los actores que se pasan toda la vida trabajando porque no vale la pena. Es cuestión de dinero, y yo misma necesito volver a trabajar, porque necesito el dinero. Para mí es una razón muy importante, ganar dinero, pero también tengo mucha suerte, porque puedo elegir.
¿Echa de menos el trabajo con Kenneth Brannagh, aquella etapa de las adaptaciones de obras de Shakespeare?
No echo de menos a Kenneth Brannagh. Pero estoy muy agradecida por aquellos años, por supuesto, porque fue una época muy interesante, y llena de creatividad. Pero prefiero mi trabajo posterior. Shakespeare es fantástico, pero creo que podríamos haberlo hecho mucho mejor. Ahora me siento más realizada.
