Ha perdido la popularidad que le llevó a protagonizar "Presunto inocente" o "La noche de los cristales rotos", entre otros títulos, pero Greta Scacchi (Milán, 1960) continúa en activo. En "Punto de mira" interpreta a otra actriz, Gale Sondergaard, esposa del director Herbert Biberman que, por fue perseguido sus ideas durante la Caza de Brujas. Por su apoyo incondicional a su marido, Sondergaard fue marginada y excluida de las grandes producciones.
¿Vio las películas de Gale Sondergaard para preparar su personaje?
Era una oportunidad excepcional dar vida a un personaje a quien puedes conocer por sus interpretaciones. Estuve viendo sus trabajos y, además, el equipo de producción me había preparado un dossier muy completo.
Cuando interpretas a un personaje real puede ser frustrante, porque siempre recopilas datos y anécdotas interesantes y las quieres contar todas. En esta ocasión, lo importante era transmitir cómo se llegó a rodar la película La sal de la tierra. Quería profundizar en el sacrificio que supuso para Gail apoyar a su marido, pero en esta película no había tiempo para narrar más extensamente este aspecto.
Tras una serie de grandes éxitos, su popularidad en Hollywood ha descendido radicalmente en los últimos años.
Nunca me ha faltado trabajo. Quizás no haya hecho las mejores elecciones para continuar en la lista de las actrices más taquilleras, pero no se puede recurrir únicamente a este criterio para tomar decisiones. Pesa más mi pasión por el trabajo bien hecho. Se me ha visto menos en Estados Unidos, pero he interpretado papeles que me interesaban más en Italia y otros lugares, que quizás no han tenido la misma proyección internacional. También hago mucho teatro, a un ritmo de una obra cada tres años, pero tienen menos repercusión que las películas de Hollywood, y además, me obligan a desaparecer regularmente del mundo del cine.
¿Se arrepiente del camino que ha tomado?
Maldita honestidad. Cuando tenía treinta años me ofrecieron un contrato fantástico para hacer publicidad de cosméticos. Me pagaban un millón de libras por trabajar sólo cinco días al año. Pasé una semana de tortura, porque a finales de los ochenta ninguna actriz de prestigio habría hecho nada parecido. Yo sólo pensaba en demostrar mi talento como actriz y que aquello me cerraría las puertas del teatro. Me negué y después me encontré con los carteles de aquella compañía con Isabella Rossellini. A veces pienso que debería haber aprovechado esa oportunidad, haberme hecho rica y luego haberme dedicado a adquirir prestigio. En el fondo, no obstante, estoy convencida de que hice lo que debía. No sé las puertas que se me podían haber cerrado ni las que se me habrían abierto.
Su padre era bailarina y su padre pintor. ¿Influyeron en su vocación artística?
Mi madre es la responsable de mi honestidad. Trabajó duramente. Provenía de la clase obrera rural británica, gente muy sencilla. Resultó muy difícil para ella, cuando tenía dieciocho años, decir a sus padres que se iba a Londres para intentar triunfar como bailarina. Allí ejerció de modelo para artistas para poderse pagar las clases de baile. Mi historia es completamente diferente, pues crecí en un ambiente muy cosmopolita y culto. Mi madre me inculcó sobre todo sentido de la disciplina. Me decía que fuera muy sensata y cauta a la hora de elegir mis papeles para la pantalla. Era una mujer realista, con los pies en la tierra, que me explicaba una y otra vez que las cosas no se consiguen fácilmente, sino que hay que trabajar duro. Ese espíritu de mi madre me acompaña siempre. Con otra madre habría aceptado la campaña publicitaria.
Mi padre es un loco pintor italiano, de gran personalidad. Siempre que voy a verle en su galería de arte, en Italia, tengo acceso a los entresijos de la clase social alta, pues sus clientes son gente de alto standing. De esta forma he podido conocer lo que es la riqueza y la fama y no dejarme deslumbrar por ella cuando profesionalmente he estado muy cerca.
Ha trabajado con directores de mucho prestigio. ¿Cuáles le han dejado un mejor sabor de boca?
Sobre todo Robert Altman (El juego de Hollywood), porque trabaja de forma completamente diferente a cualquier otro, en contra de los convencionalismos. Mientras escribía el guión mantuvimos muchas reuniones informales para preparar el personaje. Yo tomaba notas y cuando empezamos a rodar me di cuenta de que lo que había escrito era más importante que el guión, y que tenía un amplio margen de improvisación. La cámara era como una mosca en una pared. No sabía si me enfocaba a mí o a otra persona. Parecía que estaba en el teatro.
También recuerdo muchísimo a James Ivory, con el que he trabajado dos veces (Oriente y occidente, Jefferson en París). Es un gran amigo. Dirige muy bien a sus actores, porque les deja seguir su propio camino. Todo le parece bien e incluso filma secuencias que no hemos ensayado previamente. Nos deja desarrollar nuestro talento. Creo que le da mejor resultado esta técnica que la de otros directores que pretenden hacer valer su autoridad.
