Pocos defensores le han quedado a Gus Van Sant, navegando en su "mar de árboles" para reflexionar acerca de las razones que llevan a pensar en el suicidio. Mientras Natalie Portman se lanzaba a la aventura de su primer largometraje como directora.
El mar de árboles de Gus Van Sant ha decepcionado a muchos de los que la aguardaban con ganas en Cannes. El cineasta americano con frecuencia da una de cal y otra de arena, y tras joyas como Elephant, parece que esta vez le tocaba lo segundo, pese a contar con dos actores de prestigio, el oscarizado Matthew McConaughey y el nipón Ken Watanabe. La peor acusación que puede caer sobre una película ha sido arrojada contra The Sea of Trees, y ésta no es otra que “es aburrida”. Los que acusan a
El árbol de la vida, Palma de Oro en Cannes hace unos años, de plúmbea pretenciosidad, tal vez concluyan que los árboles en los títulos no dan buenas películas.
El film sigue al personaje de McConaughey, un americano que viaja a Japón con intención de quitarse la vida en el bosque de Aokigahara, un mar de árboles con bastante tirón para los suicidas, parece ser. El encuentro con un tipo malherido, Watanabe, propicia que él también esté a punto de perder la vida accidentalmente, lo que cuestiona las ideas que le llevaron hasta ahí. Muchas y prolongadas disertaciones de corte existencial, no demasiado inspiradoras, lastran la cinta, que algunos piensa nunca debió estar en la competición oficial.
Y fuera de concurso se ha podido ver el debut en la dirección de la actriz Natalie Portman, A Tale of Love and Darkness, adaptación de una obra de Amos Oz, inspirada en la figura de la madre del escritor. Obra esforzada pero no especialmente memorable, la propia Portman se ha reservado el personaje de Fania, la mirada se centra en esta figura más que en la del propio Oz, en el contexto del nacimiento del estado de Israel. Se nota que para Portman es una obra muy personal, que ha debido interiorizar mucho, pero para quien carezca de su misma implicación emocional, puede resultar demasiado ajena, sin la fuerza literaria del “mago” Oz.
