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Festival de San Sebastián 2015

El drama familiar y la alargada sombra del mito

Festival de San Sebastián 2015, 21 de septiembre: la sensibilidad de los gorriones islandeses, el día del juicio de Amama y el cadáver de Eva Perón

Llama la atención el amor al cine que se respira en San Sebastián. Todas las proyecciones a las que he asistido estaban repletas de público, y las colas para entrar son de aquí te espero, a veces con vueltas y revueltas. Si se tiene en cuenta que el tiempo es delicioso e invita a acercarse a la playa, habrá que concluir que aquí, además del tonificante aire de mar, se respira auténtica cinefilia.

Festival de San Sebastián 2015, 21 de septiembre: la sensibilidad de los gorriones islandeses, el día del juicio de Amama y el cadáver de Eva Perón

El ritmo con que llegan las peículas se acelera tras el fin de semana, y la competición nos presenta tres títulos. El desarraigo y la crisis familiar son temas comunes a dos dramas potentes, el islandés Gorriones y el íntegramente rodado en euskera Amama. Mientras el peso de la memoria de Evita Perón da forma a Eva no duerme.

¿El fin del mundo?

La asimilación de la posible extinción del caserío, la casa rural vasca, con la llegada del día del juicio final, podía ser uno de esos típicos chistes de vascos, a costa de su proverbial tendencia a la exageración. Sin embargo no está para bromas Asier Altuna en Amama, a pesar de ser conocido sobre todo por una comedia, Aupa Etxebeste!, que codirigió con Telmo Esnal en 2005. Más cerca está en su aire poético del documental Bertsolari, aunque estamos sin duda ante una ficción de intenso dramatismo rodada íntegramente en euskera. Y desde luego, todos los filmes citados comparten el hecho de estar arraigados a una tierra, la del País Vasco, a la que se ama.

Y a pesar de los elementos localistas y atávicos del terruño, que hacen pensar en otra película, la del navarro Montxo Armendáriz Tasio, la historia es universal y nada superficial, Altuna combina el drama familiar del choque generacional, con los estilos diversos de vida que proponen el campo y la ciudad.

¿Es posible avanzar sin retroceder? He ahí el dilema ante el que se mueven la abuela que no pronuncia palabra mientras escucha las avemarías que destila su aparato de radio, los padres Tomás e Isabel anclados en el caserío, y los tres hijos que se han ido más o menos lejos, huyendo, formando una familia, o, caso de la artista Amaia, incorporando el pasado a su obra y creando algo nuevo. Si Tomás es parco en palabras, y está acostumbrado al “ordeno y mando”, Amaia trata de expresarse en sus instalaciones artísticas, y en cambio hablando puede ser una bocazas, herir innecesariamente; son estos dos personajes, bien encarnados por Kandido Uranga e Iraia Elias, la columna vertebral de la película. Tenemos personajes cuyos rostros a veces parecen esculpidos en piedra, y una hermosa naturaleza que pide ser contemplada y trabajada, y que se presta al simbolismo.

Altuna demuestra habilidad en preparar el terreno para el desgarro, el momento en que los cimientos que unían a la familia protagonista se tambalean; y es sensible y compone bellamente la narración de la recomposición, del esfuerzo porque las heridas cicatricen, lo que se expresa en la naturaleza, la artesanía y el arte, y en la conexión intergeneracional, siempre antigua y siempre nueva. Hay inteligencia en el uso de materiales filmados supuestamente realizados por Amaia, repartidos aquí y allá, y la voz en off que salpica el relato se usa con medida. Incluso la búsqueda de la persona desaparecida que acerca al desenlace no se constituye en en elemento exagerado, fuego de artificio, sino que ayuda a redondear una sentida película, cuyo contenido cala hondo.

Sensibilidad con poco sentido

Y escandinava, de Islandia, es precisamente Gorriones, donde Rúnar Rúnarsson, director y guionista, se atreve a contar los efectos devastadores que ha tenido en el adolescente Ari el divorcio de sus padres. Después de vivir varios años con su madre en Reykiavik, ella planea ir a vivir a África con su nuevo marido por motivos laborales, y manda al chico junto a su padre alcohólico a un pueblo perdido. Ari tiene una enorme sensibilidad, lo que se nota en cómo goza cantando con su preciosa voz blanca, antes formó parte de un coro. Por ello, al atravesar una edad difícil, sufre más, y desde luego motivos para pasarlo mal no le faltan: la ausencia de la madre, la mudanza y el cambio de ambiente y la falta inicial de amigos, el alcoholismo paterno y la falta de intereses comunes, la muerte inesperada de un ser querido; por si fuera poco, sus experiencias iniciáticas en el amor y el sexo tendrán su punto traumático.

Rúnarsson incide en la idea del feo mundo que los adultos han preparado a las nuevas generaciones. En esa época en que se está formando la personalidad, la inmadurez y el egoísmo de los que deberían ser educadores responsables, pasa factura. Los jóvenes campan a sus anchas haciendo botellón, accediendo a las drogas, acostándose unos con otros. En tal contexto Ari tiene el arma poderosa de la sensibilidad, a veces usada con poco sentido, pero que le lleva a acciones generosas y de sacrificio por amor. Lo que se traduce en un desenlace quizá poco realista –¿de verdad que alguien puede ser víctima del modo que describe el film y no dejar aquello huellas psíquicas?–, pero en que el protagonista se deja guiar por puro altruismo, el bien de la otra persona.

Un cadáver muy vivo

A modo de obra de teatro en tres actos –protagonizados por el embalsamador, el transportador y el dictador– más un prólogo y un epílogo con el militar de turno detentador del poder, más los omnipresentes cuerpo y memoria de la señora Perón, Eva no duerme es una demasiado solemne y simple mirada al mito que no muere, un símbolo que pese a su populismo más despertador de esperanzas que de reformas sociales concretas, ilumina a la gente sencilla. La trama ideada por el argentino Pablo Agüero parte del paradero desconocido del cadáver de Evita durante 17 años, para trazar una especie de radiografía del estado de Argentina durante ese período de alcance limitado, donde todos quieren apropiarse o escamotear, que no saben qué es mejor, una figura que, para estar muerta, goza de buena salud.

Con una fotografiada muy contrastada, claroscuro puro, hay algo de provocación y consciente desacralización en el hecho de mostrar la manipulación del cuerpo de la que fuera primera dama argentina, su cuerpo sumergido en formol, el crujir de sus articulaciones. La voz en off que habla despectivamente de la “yegua”, junto a las imágenes de archivo del pueblo enfervorizado, que prueban la peculiar devoción que Eva despertaba en la gente, son, además, otro tipo de contraste.

Pero el ejercicio de Agüero resulta artificioso y frío: la técnica del embalsamador y el cuerpo que le evoca una prostituta, los dos militares, el veterano y el joven, peleando sobre el ataúd, y, más convencional, el secuestro del general Aramburu con su interrogatorio, son piezas demasiado particulares, y si aspiran a que el espectador las funda en una imagen completa de la Argentina que media entre 1952 y 1977, la meta no está lograda.

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