No me muevo en las coordenadas cinematográficas y vitales de Fernando Trueba, que acaba de recoger en el Museo San Telmo de San Sebastián el Premio Nacional de Cinematografía. Pero me ha interesado en parte el discurso que pronunció con motivo del galardón ante un patidifuso Ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo. Para empezar, digamos que el cineasta se preparó lo que dijo, quiso entregar algo con un poco de sustancia. Siguiendo curiosamente el estilo de las homilías del Papa Francisco –¿será por su común interés por Cuba, el pontífice está ahí ahora, Trueba ha rodado cintas como Chico & Rita–, lo articuló en torno a tres palabras, Premio, Nacional y Cinematografía.
Por supuesto, y hace bien, supongo, él no renuncia a la parte crematística del premio, aunque pueda sonar un poquito cínico cuando dice luego aquello de que “la verdad es que yo nunca he tenido un sentimiento nacional muy desarrollado, nunca me he sentido español, ni por cinco minutos”. No quisiera sacar la frase de contexto, Trueba habla de cómo le han influido artistas de muy diversas nacionalidades, y que igual que aprecia a Cervantes o Velázquez, también le conmueven Shakespeare o Rembrandt. Históricamente piensa que si el orden político impuesto al principio por Napoleón hubiera perdurado tras la guerra de la independencia otro gallo nos hubiera cantado. Incluso, ajeno a la muestra suma de patriotismo en nuestra sociedad actual, asegura que en los mundiales de fútbol no apoyó nunca especialmente a la selección española salvo justo en aquel de Sudáfrica en que fuimos campeones.
Por supuesto que Fernando Trueba siempre ha cultivado la postura ácrata, aunque luego, más allá de cualquier romanticismo o puro amor al terruño, lo que pide a las instituciones de un país es que funcionen y le permitan vivir más o menos bien, para poder dar rienda suelta a su mente creativa. Pero dentro de su particular desencanto en lo que supone amar a la propia nación se detecta algo que sí me parece común en los tiempos que corren, que al final no es otra cosa que aquello que Ortega llamó la España invertebrada. Sí, algo nos une a todos, pero no acabamos de creérnoslo; por otro lado, quijotescos y sanchopancescos que somos, pero tomando a veces lo peor de uno y otro personaje cervantino, cultivamos un amor a España deletéreo, que sólo asoma en triunfos deportivos y, en segundísimo lugar, en otros campos culturales, y un pragmatismo del malo que sería algo así como 'qué más da, que cada uno haga lo que quiera'. El discurso de Trueba llega cuando contamos los días de unas elecciones catalanas donde en la sociedad se advierte hartazgo y aburrimiento, si en algo inquieta la posibilidad de la independencia es en cómo afectará a nuestro anodino y acomodaticio estilo de vida. Es triste, pero faltan líderes dignos de ese nombre, y proyectos ilusionantes de carácter nacional. Y así el tiempo de orgullo español de mis connacionales va camino de ser todavía más breve que el de Trueba.
