Empezamos el festival con los cultos satánicos de Amenábar y terminamos la sección oficial a concurso con los demonios del canadiense Philippe Lesage, no sin antes degustar una delicada película china y de volar con la cometa del hijo de Marc Recha. Triplete final para empezar a hacer pronósticos para los premios, algo que ofreceré en la próxima crónica.
Siempre me ha llamado poderosamente la atención que en una sociedad que reclama con machacona insistencia la defensa de los derechos humanos y concretamente la libre elección en sus acciones, acepte sin rechistar la flagrante violación de la dignidad de la persona que supone en China la política del hijo único.
Alrededor de esta triste realidad se desarrolla la trama de la formidable película china Regreso al Norte que firma Liu Hao. Con maravillosa delicadeza y magnífico tempo narrativo, sigue a la joven Xiao, que trabaja en una fábrica textil, inteligente y sensible, que podría tener por delante un prometedor futuro laboral. Hay sin embargo un handicap, una arritmia cardíaca que pone en peligro su salud, y que oculta a sus padres y en el trabajo. A los primeros para no preocuparles, pero al mismo tiempo, detectando que su relación se ha enrarecido, y sabiendo que la nueva legislación del país permite otro hijo si el padre es hijo único, animándoles a darles un hermanito que pudiera reemplazarla en caso de que ella faltara. Y a sus jefes, porque sabe que la posibilidad de ir a formarse en Hong Kong peligraría si se conocieran sus problemas de salud.
Hao sabe hacer hablar a la cámara, que ofrece imágenes preciosas en blanco y negro de una ciudad industrial. Pero sobre todo ofrece una historia muy humana, de relaciones complejas, donde se sugieren con sutileza las heridas que han podido hacer agostar el amor, y los caminos que resulta necesario emprender para que cicatricen convenientemente. La música, con una canción que deviene en leit motif de la llama del amor que nunca debería apagarse, está muy bien utilizada. Y los actores son excelentes, con mención especial para la joven Nan Sheng, que compone con gran naturalidad el personaje de la hija, y que hace pensar en Gong Li cuando era joven.
Echándole hilo a la cometa
Sencilla pero inteligente es la última propuesta de Marc Recha, el “catalán iraní”, que entrega en Un día perfecto para volar una historia minimalista rodada con su propio hijo Roc, e incluso él mismo, que una mirada superficial podría describir como una tonta película doméstica, en que se registra lo que da de sí un día en el campo con un chaval tratando de hacer volar una cometa. En efecto, ése es el punto de partida, Roc está solo tratando de hacer volar una cometa que le ha hecho su padre. Aparece entonces Sergi, con el que disfruta no sólo con la cometa, sino escuchando sus cuentos acerca de un gigante, con el que ríe gustoso, existe entre ambos una complicidad.
Es cierto que la descripción de esta relación paternofilial con el preguntón Roc y el ocurrente Sergi se alarga, y puede cansar, pero de algún modo la cometa es un símbolo de la misma película a la que hay que echar hilo para que vuele, y sirve para dejar bien asentada la idea de lo bien que lo pasan juntos, simplemente estando, conociéndose, creciendo en la mutua confianza y en el amor. Lo que en tiempos de aparatos electrónicos que convierten en autistas a los niños no tiene precio. Además, Marc Recha sabe pegar a su historia un giro final sobrio y sorprendente, que tiene su encanto, y que apuntala la idea de que nada hay mejor en este mundo que las relaciones con otras personas basadas en el amor. El chaval es muy natural y también Sergi López entrega una interpretación donde se limita, para bien, a ser él mismo.
Los demonios que acechan a la infancia
Una mirada muy diferente pero también interesante a la infancia la ofrece el film que cierra la sección competiva, la cinta canadiense Los demonios de Philippe Lesage. Inicialmente el cineasta desconcierta, pues se toma su tiempo en construir la historia, va entregando elementos, piezas que poco a poco van casando y que conforma un castillo que invita al espectador a reflexionar acerca del mundo que los adultos están legando a las nuevas generaciones. El protagonista es un niño, Félix, al que se le está terminando el tiempo de inocencia que correspondería a su edad, los “inputs” que recibe de su entorno le influyen, porque no entiende.
Lesage, guionista y director, no es nada complaciente con unos irresponsables adultos que parecen haber abdicado de su tarea educativa, se limitan a estar, pero no ayudan de verdad a los chicos. Félix oye hablar del amor entre un hombre y una mujer, pero también recibe información de algo llamado homosexualidad. La madre de un amiguito, en cuya casa va a pasar la noche, friega el suelo desnuda con una absoluta falta de sentido común. Algo no marcha bien entre sus padres, que tienen una histérica discusión delante de él y sus dos hermanos. A él le atrae su profesora de gimnasia, amor platónico, y otro profesor se da cuenta; es discreto y no le pone en evidencia ante la clase, pero no intenta hablar con el chico. Es la absoluta desconexión entre los mayores y los niños lo que va evidenciando poco a poco el film.
Y esto nos lleva al depredador sexual, un joven pederasta, que podría entenderse que ha llegado a su actual patología en un cando de cultivo que es en el que están creciendo Félix y sus compañeros. No es que él tenga que terminar así, por supuesto, pero éste es el paisaje, viene a decir con cierta habilidad, sutilmente y sin estridencias, Lesage.
