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Acababa de publicar su último libro, "Las películas que vio Franco"

Hace apenas una hora, me ha llegado la triste noticia de la muerte de José María Caparrós Lera, amigo y colega generoso, a quien tanto apreciaba. No por esperada -hacía ya dos años que padecía un cáncer-, ha dejado de golpearme fuerte. Aunque hombre de fe, como era, llena de consuelo pensar que ahora estará contemplando la película definitiva y que importa, la que dura eternamente y tiene un “happy end” que no defrauda.

Tan sólo dos días atrás, llegó a mis manos su último libro, “Las películas que vio Franco (y que no todos pudieron disfrutar)”, coescrito con uno de sus discípulos, Magí Crusells. Vale la pena subrayar esta circunstancia, porque José María creó escuela, ayudó a todo el que se acercaba a su alrededor, deseando formarse en el mundo del cine, ya fuera como estudioso del Séptimo Arte, crítico, periodista o historiador, o como cineasta deseoso de sacar adelante sus propias películas. A todos atendía con sonrisa acogedora, cuántos estudios e investigaciones ha supervisado, dirigido y alentado.

Su producción de libros de cine es verdaderamente asombrosa, es autor de decenas de escritos. A muchos nos entró el gusanillo de la afición y luego dedicación al cine gracias a ellos, en mi caso influyeron decisivamente sus recopilatorios de críticas en “El cine de los años 70” y “Travelling por el cine contemporáneo”. Aunque por supuesto, su gran contribución al estudio del cinematógrafo corresponde a su faceta de historiador, donde llegó a ser Catedrático de Historia Contemporánea y Cine de la Universidad de Barcelona, salvo error por mi parte, el primero en España. Allí crearía el Centre d’Investigacions Film-Història.

Son muy importantes sus contribuciones a la hora de mostrar las enormes posibilidades del cine a la hora de reflejar la historia. Ello sin dejar de señalar, también, las limitaciones del medio. Una película podía describir a un determinado personaje o un período del pasado, y también llevar en su contenido la visión de cómo se ven las cosas a la hora de realizarse esa película. Se podía comprobar en títulos como “100 películas sobre historia contemporánea” o “El pasado como presente. 50 películas de cine histórico”. Supo combinar la divulgación con las investigaciones más especializadas, y sobre cine español, aparte del primer título citado, se pueden mencionar sus estudios “Memorias de dos pioneros: Fructuós Gelabert y Francisco Elías”, “El cine republicano español, 1931-1939”, “La pantalla popular. El cine español durante el gobierno de la derecha (1996-2003)” o “El cine español durante el Gobierno de Zapatero (2004-2011)”, por citar sólo unos pocos.

Además de destacar la sabiduría y buen hacer profesional de José María, quiero referirme a su enorme generosidad. A mí me pidió que le escribiera el prólogo de su libro “Woody Allen, barcelonés accidental”, lo cual suponía un verdadero honor. Cuando me hizo la propuesta, me sonó al mundo al revés, pues lo natural debería ser que fuera yo quien le pidiera que me prologara algún escrito. Atendía cualquier petición que le hacía, por ejemplo escribió un buen puñado de perfiles de directores en decine21, que se pueden consultar aquí.

Además, se prestó enseguida a colaborar con la primera edición del Festival Internacional de Cine de Barcelona Sant Jordi, celebrada el pasado año, a pesar de encontrarse ya enfermo, y hasta dirigió uno de los coloquios, el correspondiente a Afterimage. Los últimos días del artista, de Andrzej Wajda, del que doy había preparado concienzudamente. También, como miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España que era, me invitó en dos ocasiones a acompañarle a la gala de los Goya.

Atento hasta el final, José María nos quiso enviar a sus colegas y amigos un precioso y sentido mensaje, una vez fallecido, en que se expresaba tal cual era, de un modo conmovedor.

No quiero dejar de mencionar un pequeño sucedido. Esta madrugada me desperté, y parecía que ya no me podía dormir. No lo suelo hacer, pero me puse a leer un rato, y el libro que tomé en mis manos fue precisamente “Las películas que vio Franco”. Tal vez fue una sacudida de mi buen amigo José María, en sus últimos momentos, que me requería ya esa oración por su alma que reclamaba en su carta final.

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