Veo una escueta nota de última hora en la edición digital de “El Mundo”. “Fallece el actor Paul Naschy a los 75 años”. Me quedo helado. No hay, de momento, más datos. A todos nos toca morir, esto es obvio, y Jacinto Molina, más conocido por los amantes del cine fantástico por su nombre artístico Paul Naschy, estuvo gravemente enfermo hará unos quince años. Pero superó el embate, y volvió a hacer películas.
Una fue el cortometraje Hambre mortal, del que fui productor. Dirigía la cinta de 20 minutos Antonio Sánchez-Escalonilla, y tuvimos la fortuna de contar para hacerla con una subvención del Ministerio de Cultura. Se trataba de una trama sencilla, al estilo de un “cuento asombroso” o de las historias breves de la serie Alfred Hitchcock presenta.
Más allá de ponerme a contar de qué iba ese corto, quería hablar de la generosidad de Paul Naschy, al que conocí en 1996, cuando estaba rodando Licántropo, una producción de Primitivo Rodríguez. El guión era suyo, y retomaba su personaje de Waldemar Daninsky, lo que le permitía transitar nuevamente por el terror, con el que era su personaje favorito, el hombre lobo.
Fui un día al rodaje en la madrileña urbanización de Somosaguas con Antonio, más que nada para ver cómo era un rodaje de verdad, nunca había estado en uno. Me sorprendió lo abierto que era Jacinto, el cariño con que nos trató al hablarle de que estábamos preparando un corto, y que como tenía una trama de hombres lobo, pues nos habíamos dejado caer por allí. No entraba en nuestra intención ofrecerle un papel en el corto, nos parecía que ya tenía otras ocupaciones, pero enseguida se interesó por el guión, fechas, ver si encajaba... Y se ofreció a trabajar sin cobrar, un inmenso detalle que nunca olvidaré. Cuando lo comentó, Antonio vio que había un papel en el film que le iba como anillo al dedo, el tremendo tío Carlos, con el que se producía por el desenlace un curiosa ironía que era todo un guiño a los personajes que solía interpretar.
Paul era un hombre apasionado, que tenía múltiples seguidores, pero que no fue profeta en su tierra, no se le consideró en España, injustamente, en la misma línea de reconocimiento que tenían en el extranjero Boris Karloff, Bela Lugosi o Lon Chaney, por citar claros referentes. Durante nuestra colaboración pude admirar su profesionalidad, trabajó con Antonio y conmigo como si fuéramos curtidos cineastas, en vez de unos novatos bastante nerviosillos. Y acudió con gran generosidad a múltiples presentaciones del corto. Desde aquí le expreso mi admiración, y sabe que puede contar con mis oraciones.
