Tex Avery (Cruz Delgado Sánchez, Cátedra, 403 págs)
Si pidiéramos a un aficionado no demasiado avezado en animación que diera el nombre de alguien que haya dejado su huella indeleble en este campo, pronunciaría sin titubear el de Walt Disney. De insistir en la reclamación de otros nombres, tal vez asomarían los de John Lasseter y Hayao Miyazaki. Y, ya para nota, los que peinan canas, recordando los dibujos animados televisivos de su infancia, tal vez acertaran a mencionar los apellidos Hannah y Barbera, que aparecían acompañando a los Picapiedra y compañía.
En tal sentido Cruz Delgado Sánchez viene a rescatar del olvido a uno de los grandes de la animación, concretamente en los llamados “cartoons”, con este pormenorizado estudio dedicado a Tex Avery, integrado en la colección de cineastas de Cátedra. Olvido en lo que se refiere a su nombre, pues si aclaramos que nos estamos refiriendo al principal responsable de los grandes cortos de la Warner, integrados en las series “Looney Tunes” y “Merrie Melodies” entre 1936 y 1942, más los trabajos que vinieron después para la Metro y Walter Lantz, el paisaje de su obra estará empezando a aclararse. Y la niebla que cubre su recuerdo quedará totalmente disipada si señalamos que él creó o dio sus rasgos definitivos a personajes tan carismáticos como Bugs Bunny, Porky y el pato Lucas.
La obra animada de ficción de Avery apenas dura veinte años, de 1936 y 1955, una serie de circunstancias que Delgado aclara bien en su libro acabaron conduciéndole a la publicidad y la televisión. Pero su contribución al desarrollo de este modo de hacer cine resulta sin duda decisivo.
Este documentado estudio de Delgado Sánchez nos aproxima a un cineasta elusivo, del que se conocen escasos datos biográficos, pues nunca fue alguien dado a ponerse debajo de los focos. En efecto, primero sitúa al lector en el territorio del “cartoon”, y luego menciona las influencias cinematográficas de Fred “Tex” Avery y cómo recaló en el mundo de la animación. Su talento como argumentista, o la espinita de no haber podido pasarse al cine con actores de carne y hueso como su colega y amigo Frank Tashlin, también forman parte de una narración que engancha desde sus primeras páginas.
Además del acercamiento biográfico, el autor nos ofrece un repaso de cada uno de sus cortos, muy interesante porque no sólo son descritos con detalle y analizados, sino puestos en contexto y con sus referentes; aunque está claro que la experiencia de su lectura resulta más gratificante si se tiene fresco su visionado.
Especialmente valiosos se revelan los capítulos que dan las claves del estilo Avery, sus temas recurrentes y el modo en que ha influido después en otros cineastas, en títulos como ¿Quién engañó a Roger Rabbit?.
