Emir Kusturica (Daniel Seguer, Cátedra, Col. Signo e Imagen / Cineastas, 361 págs)
A Emir Kusturica lo describe Daniel Seguer en un momento dado como “DaVinci balcánico”. Y es que en efecto se trata de un artista singular y polifacético, que aunque es conocido sobre todo como director de películas personalísimas y embriagadoras, ha cultivado otras disciplinas donde vierte su exuberante talento. De modo que es ocasional actor –además de en algunas de sus películas, tiene un papel destacado en el drama La viuda de Saint-Pierre de Patrice Leconte, y en el thriller en la guerra fría El caso Farewell de Christian Carion–, escritor, músico e incluso director de ópera, publicista y hasta arquitecto al impulsar la construcción y conservación de dos pueblos en Bosnia-Herzegovina.
El autor del título número 125 de la colección de Cineastas en Cátedra entrega un análisis muy exhaustivo y académico de las claves artísticas de Kusturica, que sorprende en sus primeras páginas, un prólogo titulado “Indeleble vehemencia”, aparentemente inconexo con el cineasta. Porque lo que Seguer hace ahí es rendirle tributo de admiración de un modo muy original: con un esfuerzo literario personal de 2007, influido por el modo en que el cineasta nacido en Sarajevo crea sus historias.
A lo largo de las páginas del libro, se nos ofrece una hoja de ruta por el cine y los esfuerzos artísticos del serbobosnio, donde es muy importante, por supuesto, su nacimiento y formación en la antigua Yugoslavia bajo el régimen comunista de Tito. Es el contexto que permite que surja en 1985 Papá está en viaje de negocios, una sutil crítica a la falta de libertades de un régimen autoritario, presentada con la mirada inocente de un niño, pero también un modo de abordar un tema muy querido, la familia, que para Seguer es “una piedra angular que vertebra sistemáticamente toda su obra”. Igualmente le marcará la desintegración en distintas repúblicas de un país configurado artificialmente, tema que abordó de modo magistral una década después con Underground, ambiciosa mirada al drama de los Balcanes que no cesa, premiada como el otro film con una Palma de Oro, y donde se advierte otra constante en el cine de Kusturica, el fracaso, muchas veces representado en forma de suicidio ante la trágica existencia. El otro tema esencial en su filmografía viene de la mirada a los gitanos, donde se advierte enseguida la admiración por su música, su folclore, su estilo de vida nómada, y que aborda en filmes tan arrebatadores como el El tiempo de los gitanos (1988) y Gato blanco, gato negro (1998).
Seguer sabe subrayar la pasión de Kusturica por la música y las imágenes, su interés por las cuestiones étnicas y que definen a los pueblos. No deja de recoger el carácter volcánico del artista estudiado, y de las polémicas que ha despertado por su posicionamiento político. Y sus saltos de la ficción al documental, que muestran a un alma inquieta y nada acomodaticia, de lo que también sería señal su “aventura americana”, El sueño de Arizona (1993), con su desmesura habitual, su eclecticismo que siempre desconcertó, no solo al espectador medio, sino a muchos estudiosos del Séptimo Arte frustrados por su resistencia al encasillamiento.
