Decine21

Libros

"El arte de actuar", de Stella Adler

El arte de actuar (Stella Adler, con prólogo de Marlon Brando y editado por Howard Kissel, Alba, colección Artes Escénicas, 311 págs)

"El arte de actuar", de Stella Adler

Este libro con las clases de interpretación de la mítica maestra de actores Stella Adler bien podría no existir. Hay que felicitar en este sentido a Howard Kissel por haber rastreado en los contenidos de las clases impartidas por Adler en su propia escuela, indagando también en grabaciones en cinta magnetofónica, de modo que ha dado forma literaria a lo que la actriz y profesora transmitía verbalmente con pasión y sabiduría a sus alumnos. Pues Adler no llegó nunca a escribir un manual con sus lecciones, pero sin duda que tenía la cabeza muy bien amueblada, y tenía una idea muy clara de cómo ir formando a sus alumnos, hasta que alcanzaran el punto en que ella ya no era necesaria, pues habrían alzado al fin el vuelo para ser buenos actores y buenas actrices por su cuenta.

Kissel entiende a Adler y la alta concepción que tenía de las artes escénicas: “No albergaba la menor duda de que el teatro era un vehículo para descubrir y difundir la verdad”. Quizá aquí radica la grandeza de la autora de estas lecciones, su fe en que la obras teatrales, a través de la creación de sus actores a partir de un texto, transmitía verdades sobre el ser humano, sus aspiraciones, deseos y ambiciones. En tiempos en que impera el relativismo, conceder este poder a la ficción sobre el escenario no resulta baladí. Y comprendemos que hay distintos métodos para enseñar y aprender interpretación, y que el suyo no era el que se ha dado en llamar “El Método”, y que ha tenido su máximo representante en Lee Strasberg. Adler bebe de su padre actor, Jacob P. Adler, de su mirado Harold Clurman con el que creó el Group Theatre, y del mítico director teatral ruso, de quien tomó clases, Konstantín Stanislavski. Pero aplicándose el cuento que luego predicó a sus alumnos, ella tomó de unos y otros para concebir lo que a ella le servía y podía enseñar a otros.

En cada una de sus clases Adler demuestra tener un alto concepto del trabajo de actor, que es mucho mas que un “modus vivendi”, para ella es casi un sacerdocio, una tarea de máximo nivel, pues supone presentar al espectador otras vidas, y concederles una suerte de realidad.

Las lecciones que recoge Kissel son una gozada, porque son altamente comprensibles para cualquier lector, y al tiempo dan idea de lo exigente y sacrificada que es la profesión actoral cuando se toma en serio, no basta un talento natural, el mero fingimiento o la repetición de algunos ejercicios mecánicos. Adler es exigente con sus alumnos, la vemos echar broncas, aunque también alabar cuando es el caso. Y como elemento primigenio de su método, está el de la realización de acciones en el escenario, actuar es hacer, y puede tratarse de acciones sin importancia valiéndose del atrezzo del decorado, pero siempre con sentido, y que pueden irse complicando con la herramienta de valor incalculable de la imaginación; hay que hacer ejercicios físicos para hacerse idea de lo que es mover un objeto, dar una motivación a las acciones que hacemos, complicándolas y dándoles determinada hondura. Todo cuenta, también el vestuario, y por supuesto hay que entender el texto, de tal modo que no se recita de memoria, sino que, vivido, se expresa luego en palabras.

A diferencia de Strasberg, Adler desmitifica la idea de que hay que bucear en una experiencia semejante a la del personaje que se interpreta para poder hacerlo de modo convincente, con el ejemplo obvio de que no todos hemos querido vengar la muerte de nuestro padre, pensando en asesinar a nuestra madre, como podría pasarle a Hamlet en la obra de Shakespeare. Lo que hay que lograr es entender al personaje, y asumir como propias las acciones que lo definen en el escenario.

El libro es un canto a la cultura del esfuerzo, y a creer en aquello que uno hace. A la vez hay una grandes dosis de cordura y de tener los pies en el suelo, y por momentos la autora se torna filosófica en su sana antropología, a la hora de reconocer las dificultades de la sociedad actual –y ella hablaba de hace más de tres décadas, o sea, que el problema no ha hecho más que aumentar, ella no ha conocido obstáculos como la cultura “woke, por ejemplo”–, cuando asevera con crudo realismo: “hoy en día no hay aspiración de grandeza. Sospechamos que todo va siempre a peor, haciéndose más débil, más sórdido, más cómodo, más corriente, más indiferente. Y de ahí deriva precisamente nuestra crisis. Con el miedo del hombre, hemos perdido también el amor del hombre: la veneración por él, la esperanza en él. El panorama humano nos cansa. ¿En qué consiste el nihilismo actual si no en eso eso? Estamos cansados del hombre”.

Lo último del mundo del cine

Últimos tráilers oficiales

¡Hola, soy Hal21, tu androide experto en películas!
HAL21 Chatbot