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"Claude Lanzmann", de Alberto Sucasas

Claude Lanzmann (Alberto Sucasas, Cátedra, colección Signo e imagen / cineastas, 443 págs)

No es una trayectoria al uso la del cineasta francés judío Claude Lanzmann (1925-2018). Apenas ocho títulos conforman el corpus filmográfico de este autor, y muchos amantes del Séptimo Arte probablemente, y tal vez con dificultad, sólo serían capaces de citar uno de ellos, Shoah (1985), monumental obra que supera las nueve horas de metraje, y que popularizaría esa palabra, “shoah”, como un modo de referirse al holocausto, el exterminio sistemático de los judíos impulsado por los nazis.

Alberto Sucasas aborda en este libro, el número 130 de la colección de Cineastas en Cátedra, los rasgos definitorios del cine de Lanzmann, y la trayectoria de quien era originalmente periodista, e íntimo de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, a quien el año 1952, en que viaja a Israel, va a marcar de modo decisivo cara a acercarse a la singularidad de un estado que seguramente habría sido muy diferente de no haberse producido la tragedia de la persecución nazi, y que alimentará la presentación, casi dos décadas después, de Por qué Israel, su primera película.

El judaísmo contemporáneo es sin duda el gran tema de Lanzmann, que atraviesa todo su cine a excepción la más marginal Napalm (2017), sobre la guerra de Vietnam, y que tiene dos rasgos que tal vez no sean exactamente polos opuestos, pero sí de algún modo antitéticos. Porque la tragedia de la shoah, tiene mucho de inexpresable, de incomprensible, por la barbaridad que supone tratar de borrar de la faz de la tierra a todo un pueblo, el pueblo elegido según la Biblia, y porque llama la atención la pasividad, resignación o como quiera decirse, con que las víctimas, los perseguidos, acogen el cruel destino de la muerte. Y por otro lado, está el sionismo que emerge con conciencia casi de lucha heroica de epopeya, con el derecho a una patria y a combatir por la propia existencia, con un estado que Sucasas describe con tres rasgos, unicidad, diversidad y unidad, y donde se puede producir paradojas, como el papel de los árabes en la nación.

Aunque el autor presta atención pormenorizada a los ocho filmes de Lanzmann, no deja de reconocer que en realidad todos, el anterior y los posteriores, parecen anticipar o mirarse en Shoah, también en lo que se refiere a la honestidad de la mirada y a las soluciones estéticas para abordar lo innombrable, lo que es tan horroroso que no cabe la representación, porque no le hará justicia, será... otra cosa.

Sucasas habla de los protagonistas de esta cinta, víctimas, victimarios, supervivientes testigos, los colaboradores a cambio de un tiempo de supervivencia, y los espectadores cuya neutralidad se acerca a la complicidad, y el modo en que Lanzmann logra que se confíen a él, en algunos casos de un modo que algunos analistas –estudiosos disputan– han considera como poco honesto. Se refiere al ascetismo de las imágenes, sin efectismos, y apenas acudiendo a imágenes de archivo. Y analiza la feliz solución de mostrar los lugares del exterminio desnudos, campos sin personas ni gente, mientras escuchamos en fuera de campo las voces de esos protagonistas con sus recuerdos. Idea audaz, lo fácil es seguir otras sendas narrativas, pero que deviene en modo delicadísimo de abordar un horror que parecía intratable.

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