La imagen incesante. Anatomía de los formatos audiovisuales (Jordi Balló y Mercè Oliva, Anagrama, col. Argumentos, 431 págs)
“La imagen incesante busca crear una atracción continuada por universos reconocibles”, aseveran Jordi Balló y Mercè Oliva, coautores de este interesante libro-ensayo sobre los formatos audiovisuales. La combinación de imágenes y sonido permite crear en efecto relatos que fascinan al público que, tras verlos, puede creer que es más sabio y conoce algo más sobre algo a partir de aquello que se le ha propuesto. Aunque también puede ocurrirle, se nos dice, algo semejante al mito platónico de la caverna, que uno decida levantarse tras ver las sombras que ha contemplado proyectadas en una pared, y al mirar al otro lado descubra qué las ha producido, con el resultado de confrontar una luz cegadora, quizá no se ve más, sino menos. Es lo que ocurre en la actualidad con el miedo a la manipulación, lo “fake”, la creación de contenidos que no responden a la realidad, y que incluso pueden estar generados por una Inteligencia Artificial.
Balló y Oliva diseccionan con habilidad a lo largo de siete capítulos distintos dispositivos de narración audiovisual que pueden a su vez manifestarse con distintas variantes, y que pueden descubrirse en los programas televisivos y redes sociales, en el modo de encarar los documentales, y en la forma en que muchos de estos relatos acaban convertidos en series y películas de ficción más tradicionales, interpretados por actores. El análisis es riguroso, pero se evita el lenguaje académico ininteligible propio de otros sesudos tratados, logrando que el lector se haga una certera idea de lo que se cuenta, también porque las distintas posibilidades de los formatos vienen ejemplificadas con numerosos y elocuentes ejemplos. Y hay además un aparato intelectual donde se menciona a autores cuya obra se mueve en los alrededores de las posmodernidad, como Michel Foucault, Jurgen Habermas o Susan Sontag.
De modo que los formatos audiovisuales que se discuten giran en torno al yo, el modelo confesionario, donde en mayor o menor medida se nos invita a ponernos en el lugar del protagonista, para entender sus ideas que se nos comunican íntimamente, de lo que podrían ser ejemplo los “talk-show” de Ophah Winfrey, pero también los “realities” en que se habla en ocasiones a tumba abierta, o se actúa sin tapujos ante las cámaras. No sería fácil establecer la frontera con los relatos que nos llevan a interaccionar con el otro, pero que tendrían modelos en las entrevistas y debates políticos, con formatos de cara a cara, o juicios que imitan a los juicios populares; a veces se trata de confrontar a contrarios, como la víctima y el asesino de una acción terrorista. Y a veces un rasgo definitorio sería circunscribir la narración a un lugar más o menos acotado, “La isla de las tentaciones” o la de Perdidos, una prisión, o incluso trasladándonos al mundo animal, el entorno en que se desenvuelven las ballenas.
Hay relatos que se articulan en torno a decisiones, inocente o culpable, es o no ésta mi pareja ideal, o la decisión de por dónde debe discurrir una historia, planteamiento presente en el episodio de Black Mirror. Bandersnatch. También daría juego el cuestionamiento del sistema, a la hora de señalar la culpabilidad o inocencia de una persona, con casos extremos como el de The Jinx (El gafe) en que un micrófono indiscreto registra una admisión de culpabilidad. O combinar un relato con una oportunidad laboral, la plantilla que siguen “Operación triunfo” o “Factor X”. Además no falta la intención enciclopédica o pedagógica de ilustrar sobre mil materias. Y en fin, ante la perfección de los formatos audiovisuales y sus múltiples formas, estaría, cada vez más presente, la sombra de una duda, el interrogante sobre la fiabilidad de lo que se nos muestra, la sombra de la sospecha.
