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"Ve adonde sea imposible llegar. Memorias", de Costa-Gavras

José María Aresté 03 Junio 2025

Ve adonde sea imposible llegar. Memorias (Costa-Gavras, Ediciones Providence, 471 págs)

Voluminosa autobiografía del cineasta de origen griego Constantin Costa-Gavras, afincando en Francia y con una magnífica carrera internacional, en la que su nombre se ha visto asociado, casi desde el momento en que debutó en la dirección, con el llamado cine político. Acierta Nacho Cagiga en la introducción a la edición española al destacar “el tratamiento y la memoria” del autor, acudiendo a “todos los recursos de la tradición oral”, “saltando de una situación a otra, no necesariamente expuestas en orden cronológico”, “utilizando una polifonía de testimonios y recuerdos en contradicción”. Sí, el modo de exponer su longeva vida y trayectoria, algo fragmentado, despista un tanto, y casi de modo inevitable se echa en falta más atención a algunos aspectos, o más contención en otros de menor interés; falta el detalle en lo relativo los últimos años, aunque siga siendo un espíritu inquieto que aborda temas como la crisis financiera en Grecia y el comportamiento de la Unión Europea. De todos modos el libro sirve sobradamente para conocer aún mejor a alguien que muestras sus preocupaciones existenciales en su cine, es obvio, no hay más que ver su último film, El último suspiro, profundamente humano y sentido, sobre los cuidados paliativos, abordados en un momento vital en que naturalmente se acerca la muerte, y en que muchos amigos ya se la han adelantado en este trance.

Costa-Gavras da cuenta de su llegada a París y sus estudios de cine en el IDHEC, y del papel que jugará en su vida la Cinemateca, que años más tarde le encomiendan para recuperarla e impulsarla, una tarea en la que puso mucho ilusión pero que no estuvo exenta de sinsabores, por ejemplo en relación a la nueva sede en la que había pensado. El cineasta es humilde y sencillo al reconocer su deuda con grandes maestros del cine francés con los que trabajó como ayudante de dirección. Está completamente ausente de Costa-Gavras la actitud petulante de otros colegas que han podido mirar con aires de superioridad a quienes asistían, como pensando que ellos lo habrían hecho mucho mejor si en ese momento fueran los directores. Claude Pinoteau, Yves Allégret, Jacques-Gérard Cornu, René Clair, Henri Vernueil, son algunos de los nombres que asoman en esa etapa, o actores como Fernandel. Es una etapa de aprendizaje que describe maravillosamente.

Resulta curioso como al hilo de la narración, evoca momentos de su demasiado ausente etapa griega, como el de una muerte que le lleva a recordar el entierro de su padrino. De Grecia queda una sensación de misterio, se habla del izquierdismo de su padre, que hereda, de un país donde era muy difícil concebir una hoja de ruta existencial, de la revolución de los coroneles... También hay alusiones al cristianismo ortodoxo veladas, como si hubiera habido una mala experiencia de imposiciones dogmáticas que le repelieran En tal sentido echo en falta una reflexión más honda del cineasta sobre el sentido de la vida, de dónde venimos, adónde vamos. Hay tal vez una añoranza, conmueve el pasaje en que describe la última vez que vio a la actriz Simone Signoret, en que ella le dijo “nos volveremos a ver”, aunque a continuación lo que sucede es la muerte y el entierro. Tras ese comentario pudoroso, es fácil detectar el deseo de que, en efecto, ojalá se vuelvan a ver.

El cineasta explica su debut con Los raíles del crimen en 1965, una novela negra, y el elemento que atraviesa todo su cine, que más que la política, que también, podríamos decir que es la persona humana, en toda su complejidad. Por lo que en su momento resultan muy oportunas sus incursiones sobre regímenes que ahogan al individuo, como son Z (1969), La confesión (1970), Estado de sitio (1972) y Sección especial (1975). Destaca la honestidad de un hombre de izquierdas, con influencias marxistas y comunistas claras, que denuncia las dictadoras opresivas, los excesos del estalinismo, las situaciones kafkianas que surgen en los regímenes autoritarios, el modo en que pesa en el alma traicionar los principios, ese régimen de Vichy colaboracionista con los nazis. No faltan las menciones a Salvador Allende, al que conoció dos años antes del golpe del general Pinochet en Chile, antes de que se suicidara, en ese país rodaría Estado de sitio. Se agradece que el autor muestre sus ideas sin tratar de persuadir al lector sobre la bondad de las mismas; incluso a la hora de hablar de Amén (2002), que trata de modo discutible la acusación de silencio de Pío XII ante la persecución de los judíos, según la obra “El vicario” de Rolf Hochhuth, puede advertirse, sí, un intento de autojustificación, pero incluye al menos las críticas que le señalaban la difícil postura en que se encontraba el pontífice. O que admita que títulos como Hanna K., sobre el conflicto de Oriente Medio, El sendero de la traición, sobre la extrema derecha en Estados Unidos, o Mad City, sobre los medios de comunicación, no tuvieron la acogida deseada.

Resulta estupendo ver cómo las amistades hondas perduran, más allá de las diferencias en ocasiones en puntos de vista, pienso en uno de sus actores favoritos, Yves Montand, o la gran colaboración creativa con sus guionistas habituales, Franco Solinas y el español Jorge Semprún. O que acuda a compatriotas que admira, como el compositor Mikis Theodorakis, para la música de una de sus películas.

A la mujer de su vida, Michèle Ray, le dedica las memorias, y las páginas están salpicadas de recuerdos familiares, la presentación de tal o cual título se asocia a que su esposa estaba embarazada de tal o cual hijo. Y se muestra orgulloso de cómo han crecido sus vástagos, y han desarrollado sus trayectorias vitales. Como a lo largo de todo el relato, Costa-Gavras se muestra discreto y contenido, revela lo que quiere revelar, pero ahí está ese amor grande por los suyos y sus amigos. Lo mismo vale en lo relativo a ajustes de cuentas que no hay, el director se muestra siempre elegante, puede sugerir algo, pero no arremete nunca contra ningún colega. Ni siquiera con el fácil “puching ball” que podría ser Hollywood, con los caprichos de los artistas, el modo de hacer de los estudios o las normas sindicales. Si acaso cuenta una anécdota, como la de dos figurantes que se convierten automáticamente en actores por haberles hecho un requerimiento que cambia su estatus; o se queda perplejo de que le propusieran dirigir El padrino, no aprecia la novela punto de partida, y no saldrá de su asombro con los resultados logrados por Coppola.

Costa-Gavras se siente cómodo siendo coetáneo de la “nouvelle vague”, aunque no sea admitido en el exclusivo grupo, o sea visto como un “outsider”. Y habla con admiración de su paso por Hollywood y la posibilidad de conocer a mitos vivientes como John Ford o John Wayne, no tiene para nada anteojeras de prejuicios con aquellos que tienen ideas políticas diferentes. Es más, le encanta que un crítico encuentre paralelismos entre Los raíles del crimen y Brigada 21 de William Wyler.

Por supuesto se disfrutan los detalles del casting de Desaparecido, donde siempre quiso contar con Jack Lemmon, o de La caja de música, donde su elección de partida era Armin Mueller-Stahl, aunque llegó a hablar con el legendario Marlon Brando. La verdad es que Costa-Gavras tiene anécdotas y relación con mil y un actores, con los que hubo algún contacto para colaborar, aunque luego no cuajara, los casos de Mel Gibson, Michelle Pfeiffer o Forest Whitaker. A pesar de su mirada crítica a la administración estadounidense en Desaparecido, los Oscar le amaron, como prueban el Oscar por el guión de ese film, o las nominaciones recibidas con Z. Y por supuesto, Europa, ese Oso de Oro de La caja de música, esa Palma de Oro por Desaparecido.

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