El último trabajo de Paul Thomas Anderson, “Una batalla tras otra”, ha sido recibido con entusiasmo por la crítica y el público, pero también con duras críticas desde los sectores conservadores. Mientras muchos la celebran como una obra maestra —una épica política y emocional de casi tres horas—, algunas voces acusan a la película de glorificar la violencia de extrema izquierda y de ofrecer una visión distorsionada de Estados Unidos.
Basada libremente en la novela Vineland de Thomas Pynchon, la película está protagonizada por Leonardo DiCaprio como un antiguo revolucionario que intenta rescatar a su hija (interpretada por Chase Infiniti) de un militar ultranacionalista encarnado por Sean Penn. Con un tono abiertamente político, el filme comienza con un asalto a un centro de detención del ICE y muestra a agentes gubernamentales ejecutando a sospechosos desarmados o infiltrándose en protestas pacíficas para justificar el uso de la fuerza.
Pese a su éxito comercial —ha superado los 100 millones de dólares en taquilla mundial, la cifra más alta en la carrera de Anderson—, Una batalla tras otra ha provocado un fuerte rechazo en los medios conservadores estadounidenses.
El comentarista Ben Shapiro la calificó como “una apología del terrorismo izquierdista” y afirmó que “es el tipo de película que ganará todos los Oscar por razones políticas”. Según él, el film plantea una “teoría conspirativa” en la que Estados Unidos estaría controlado por “cristianos nacionalistas blancos”, y donde “ser un fracasado que lanza bombas se presenta como más noble que ser un ciudadano productivo”.
En Fox News, David Marcus publicó un artículo titulado “Una apología inoportuna de la violencia de izquierdas”, en el que sostiene que “para que la película tenga sentido hay que creer que Estados Unidos es hoy una dictadura fascista”. El texto señala además que el estreno llega “en un momento especialmente delicado”, tras el asesinato del comentarista conservador Charlie Kirk.
The National Review fue incluso más lejos al declarar que la cinta “provocará sed de sangre” entre los espectadores más radicales, mientras que The Blaze acusó a Hollywood de “tratar a la mitad del país como enemigos que merecen castigo”.
Frente a estas críticas, varios medios progresistas y analistas cinematográficos han defendido que la película no promueve la violencia, sino que reflexiona sobre sus consecuencias. The New Republic la describió como “la fantasía de un movimiento de izquierda que en realidad no existe”, destacando que su tono es más satírico que panfletario. Y en The Hollywood Reporter, el columnista Richard Newby subrayó que Anderson “no celebra la violencia, sino que la muestra como un espejismo moral que solo genera más víctimas”.
Una batalla tras otra se consolida así como una de las películas más comentadas del año: aclamada por su ambición artística y su fuerza visual, pero también convertida en campo de batalla ideológico en una época en la que la política y el cine se entrelazan más que nunca.
