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El maestro de la incomodidad dice adiós después de diez películas

Michael Haneke se retira del cine

Michael Haneke ha decidido colgar la cámara. El director de “Caché”, “La pianista” y “Amor” pone punto final a una de las filmografías más implacables del cine europeo. “Ha hecho sus diez películas, como su gran ídolo Robert Bresson”, confirma su discípulo Markus Schleinzer.

Michael Haneke se retira del cine

Michael Haneke, una de las figuras más influyentes, incómodas y radicales del cine contemporáneo, se ha retirado de la dirección después de una carrera marcada por diez películas que dejaron pocas conciencias tranquilas y muchas heridas abiertas. La noticia ha sido confirmada por Markus Schleinzer, antiguo protegido de Michael Haneke y director de Rose, que mantiene una estrecha amistad con él.

“Se ha retirado. Tiene 85 años y se ha retirado, pero sigue feliz”, explicó Markus Schleinzer. El cineasta contó que se reunió con Michael Haneke apenas dos semanas antes y que lo encontró cocinando para sus amigos. “Ha hecho sus diez películas, como su gran ídolo Robert Bresson. Hizo lo que pudo hacer y ahora está feliz”.

La frase tiene algo de epitafio cinematográfico, aunque Michael Haneke parece haber decidido que su despedida sea, como buena parte de su cine, sin sentimentalismos. No hay gran discurso final ni última película concebida como testamento. Simplemente, diez películas, una carrera extraordinaria y la decisión de detenerse.

Y cuesta pensar en una filmografía más coherente con esa filosofía.

Michael Haneke, que cumplió 84 años en marzo de 2026, no tiene actualmente ningún proyecto cinematográfico en marcha. Desde Happy End, estrenada en 2017, el director se había mantenido alejado de los rodajes. Ya entonces empezaron a circular las sospechas de que aquella película podía ser su despedida. Ahora parece confirmado que lo fue.

A lo largo de su carrera, Michael Haneke convirtió la incomodidad en una forma de arte. Funny Games, La pianista, Caché, La cinta blanca y Amor transformaron la relación entre espectador y pantalla, obligando al público a mirar aquello que normalmente preferiría apartar de la vista.

Sus películas nunca buscaban simplemente entretener. Michael Haneke quería incomodar, provocar, cuestionar y, en ocasiones, directamente enfrentarse al espectador. La violencia, la culpa, la burguesía europea, los medios de comunicación, la tecnología, la soledad y la deshumanización recorrieron una obra tan fría en apariencia como perturbadora en el fondo.

Con Amor alcanzó además uno de los grandes reconocimientos de su carrera: la Palma de Oro en Cannes y el Oscar a la mejor película internacional. Pero quizá su verdadera victoria fue conseguir que una película sobre la vejez, la enfermedad y la muerte se convirtiera en una experiencia emocional devastadora sin recurrir al sentimentalismo fácil.

Antes de desaparecer progresivamente de la escena cinematográfica, Michael Haneke intentó desarrollar Kelvin's Book, una miniserie de nueve episodios rodada en inglés. El proyecto estaba completamente desarrollado y buena parte de su financiación procedía incluso del propio cineasta.

Sin embargo, la pandemia terminó por frustrarlo. El proyecto quedó archivado y nunca llegó a convertirse en la nueva aventura televisiva que parecía destinada a prolongar la carrera de Michael Haneke.

Su retiro tampoco sorprende demasiado a quienes conocen su carácter. El director siempre ha sido extraordinariamente reservado con los medios y poco amigo de alimentar la maquinaria promocional que rodea al cine. En una entrevista concedida en 2017 con motivo de Happy End, llegó a describir las redes sociales como una “cadena de horror maquiavélica”. Una definición que, casi una década después, parece haber envejecido demasiado bien.

La ironía es que Happy End quizá sea una película mucho más apropiada para cerrar la carrera de Michael Haneke de lo que nadie podía imaginar entonces. La película dividió profundamente a la crítica, pero contenía algo poco habitual en el director: un humor negro mucho más visible. Bajo la historia de una familia burguesa francesa corroída por sus secretos aparecía una mirada casi sarcástica sobre todos los grandes temas que habían obsesionado al cineasta durante décadas. Era Michael Haneke mirándose a sí mismo y, de algún modo, riéndose de su propio universo.

Por eso, vista ahora como su película final, Happy End adquiere una dimensión diferente. Es casi una película de despedida camuflada de sátira. Un último vistazo a la familia, la violencia, la tecnología, la hipocresía social y la muerte antes de cerrar la puerta.

Aunque se haya retirado, Michael Haneke no parece haberse retirado del cine.Markus Schleinzer contó que el director acudió al estreno austríaco de Rose y que calificó la película de “obra maestra”. No es un elogio menor viniendo de Michael Haneke. Según su discípulo, el cineasta no suele prodigarse precisamente en alabanzas.

La relación entre ambos demuestra además que Michael Haneke ha dejado algo más importante que diez películas: una escuela, una influencia y una generación de cineastas que aprendieron de él.

“Es un amigo muy protector y muy dulce”, explicó Markus Schleinzer, recordando cómo Michael Haneke le llamaba constantemente durante el Festival de Cannes para preguntarle si había ganado algún premio. Resulta casi enternecedor imaginar al autor de Funny Games, aquel hombre que hizo de la crueldad y la incomodidad una ciencia cinematográfica, pendiente al teléfono de los premios de su discípulo.

Michael Haneke se va, pero su cine se queda. Y probablemente seguirá haciéndolo durante mucho tiempo. Cada año aparecen películas que heredan algo de su austeridad, de su distancia, de su forma de obligarnos a participar en aquello que estamos viendo. Incluso en sus historias más oscuras siempre había un pequeño resquicio de ironía, una especie de guiño que recordaba al espectador que aquello era una construcción cinematográfica.

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