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A propósito de la adolescencia y el envejecimiento

La inmadurez, protagonista del Festival de Cine Alemán

Crecer, incluso hasta envejecer, y no madurar. Que esto pueda ocurrir es una tragedia, y precisamente aquí encontramos el nexo común de “Mi vida a los sesenta” y “Nosotros, los monstruos”, las dos películas que he visto hoy en la 18 edición del Festival de Cine Alemán de Madrid.

La inmadurez, protagonista del Festival de Cine Alemán

mivida601Dos mujeres, Sigrid Hoerner, directora, y Jane Ainscough, guionista, están detrás de Mi vida a los sesenta, una cinta algo torpe en su desarrollo, que sigue principalmente a dos personajes recién convertidos en sesentones, Luise y Frans, aunque está claro que el personaje dibujado con más mimo es el de ella, interpretado por Iris Berben. El problema principal con esta cinta es que no se sabe adónde quiere ir a parar, por lo que va dando bandazos hasta su insatisfactorio y previsible “happy end”.

Luise es una eminente bióloga, obligada a jubilarse anticipadamente, soltera, ha estado dedicada a su trabajo y a cuidar a su nonagenaria madre, aunque ha tenido amantes, sobre todo su jefe, quien casado, no quemó las naves para irse con ella. Ahora, en plena crisis existencial, se plantea ideas tan peregrinas como la utilizar sus óvulos congelados para experimentar la maternidad para la que nunca tuvo tiempo tiempo, y es que le hace mucha ilusión la idea de algún día poder estrechar entre sus brazos a su bebé.

Casualmente, Luise va a conocer al galerista de arte Frans (Edgar Selge), cuando le ha dado un ataque de lumbago en pleno parque. Ella le lleva al hospital, y se inicia una relación que tiene algo de guerra de sexos, con diálogos afilados entre ambos, también porque él se acuesta con una ayudante jovencita, algo que no tiene futuro aunque por supuesto Frans no quiere verlo, el amor, o mejor dicho, la pasión y el deseo, son ciegos.

Me extiendo un poco en describir la trama del film para incidir en sus contradicciones internas, su discurso no está bien articulado, pretende ser una celebración de la tercera edad, en que con vitalidad e ilusión se podría acometer cualquier proyecto. Pero al tiempo se quiere señalar que determinados comportamientos son propios de personas inmaduras. Y como el discurso es sobre todo feminista, es Frans el que se lleva la peor parte, con su ridícula pose de adolescente, con clichés como su peluquín, o el hijo que le reprocha su estilo de vida. En cambio, la frivolidad egocéntrica con que se habla de tener descendencia, el esperma por aquí, los óvulos por allá, poco importa que ese potencial hijo vaya a tener un padre o una madre que podría ser su abuelo o abuela, la cuestión es vencer la discriminación sexual, pues según opinan Hoerner y Ainscough, a un hombre se le permite todo pero las mujeres lo tienen más difícil. En cualquier caso, y más allá del discurso, la cosa no funciona siquiera como comedia alocada.

monstruos2¿Quién es el adolescente?

En cambio Nosotros, los monstruos, resulta una grata sorpresa. Sebastian Ko, director y coguionista junto a Marcus Seibert, entrega una historia de padres e hijas adolescentes, en que se diría que compiten en el concurso de quién es el más inmaduro de la cinta. Y egoísta. Y sí, monstruo.

Los padres de Sarah, Paul y Christine, están divorciados, aunque cada uno tiene ya nueva pareja. A Paul le toca ocuparse de ella, y en tal tesitura le comunica a su progenitor que ha matado a su amiga Charlie, empujándola desde lo alto de un pantano. Pánico, ¿qué hacemos, decimos que fue un accidente? Uy, no, no diremos nada, nadie sabía que Charlie viajaba con ellos en el coche conducido por Paul. Por supuesto el silencio y la mentira de quienes se comportan de modo tan inhumano, y a los que acaba sumándose Christine, complica las cosas: pues el padre de la desaparecida está lógicamente preocupado, y su pasado de alcohólico violento le convierten en sospechoso.

La narración de Ko es clásica, y puede que hasta se adivine por dónde van a ir los tiros, pero todo está muy bien contado, e invita a una reflexión sobre los adultos peterpanes y lo que están haciendo con sus hijos gracia a su no-educación mientras se enredan mirándose perpetuamente el ombligo. El espectador entiende el deseo de sobreprotección que acomete a unos padres que entienden que deben cuidar de sus hijos, pero que al hacerlo abdicando de unos mínimos principios morales, se precipitan en el abismo, en una caída libre que parece no tener fin. Los actores, no muy conocidos y procedentes de la televisión, lo hacen bien, tanto los mayores como las dos jovencitas.

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