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Creer en los números, o creer en las personas, he ahí el dilema

Según analiza con detalle un artículo del Wall Street Journal, a la hora de concebir cómo se deben decidir los nuevos originales de Netflix, hay dos bandos enfrentados, que con los dientes apretados y los puños cerrados, defienden sus posiciones. Un auténtico duelo al sol, con el fin de ganar al mayor número posible de suscriptores enganchados a la plataforma.

En el fondo, y si uno lo considera detalladamente, no hay tanta diferencia entre uno y otro bando. Si acaso la clave estriba en la prioridad que cada uno concede a los cada vez más dominantes “big data” a la hora de tomar decisiones. Lo que no quita para que se masque la tensión.

Los tecnólogos de Silicon Valley, que sin duda están en gran medida detrás del éxito de Netflix, están muy orgullosos de su algoritmo, que sugiere al suscriptor nuevos contenidos para ver, a partir de lo que ya ha degustado previamente. Se trata de combinar aquello por lo ha mostrado aprecio, con la idea de poner en valor filmes y series de un contenedor muy bien abastecido, pero donde los contenidos corren el peligro de quedar enterrados ante tantísima oferta de producto. Hacerles descubrir lo que desconocían, y lograr algo de lo que al parecer se encuentran muy orgullosos en Netflix: que resuelvan en menos de 10 segundos lo que llaman “el momento de la verdad”, o sea, que pinchen en menos de ese tiempo algún contenido que les ha llamado la atención de entre lo que se les ha propuesto.

Shalini Ramachandran y Joe Flint señalan en su artículo del Wall Street Journal que este bando algorítmico es muy racional, y cree que los datos y su análisis deben guiar las decisiones a la hora de dar luz verde a nuevas producciones, o de cancelar determinadas series que no consiguen las cifras apetecidas. La llegada al negocio de otras compañías que tienen fe ciega en los algoritmos, como pueden ser Apple y Google, permite vaticinar que el bando de los analistas de “big data” va a tener muchos que decir acerca de las producciones fílmicas y de series del futuro. No sólo dan información de lo que gusta para cancelar u ordenar nuevas temporadas, sino que permite prever lo que triunfará de nuevas, a modo de oráculo ingenieril.

Pero los ejecutivos tradicionales de cine y televisión no están dispuestos a dejarse comer el terreno. Ellos aportan sabiduría, dicen tener una visión del terreno mejor que la de estos geniecillos del ordenador, conocen a las personas, los creadores, el talento. En definitiva, aportan el elemento humano, aunque eso sí, tamizado por el filtro de la ganancia de dólares: ellos saben, se supone, “lo que va a funcionar”, o miran a largo plazo –habrá que contentar a la creadora de Glow, por ejemplo, aunque su serie de mujeres de lucha libre no levante pasiones, porque Jenji Kohan es un valor de la compañía, y puede volver a darles algo precioso en el futuro, como ya hizo con Orange Is the New Black– a la hora de plantear otra nueva temporada de algo que los “data” aconsejan cancelar.

Resulta curioso el caso de Grace y Frankie de la que Netflix estrenó una temporada en 2016. Los “big data” desaconsejaban usar la imagen de Jane Fonda para promocionar la serie, y acudir más a la de Lily Tomlin. En efecto, probando, los usuarios clickaban más para ver el tráiler promocional si se prescindía de Fonda, pero los ejecutivos a la vieja usanza se llevaban las manos a la cabeza ante la posibilidad de prescindir de la leyenda hollywoodiense en las promos.

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