(Ilustración: @noazabal.art) Preguntarnos sobre cómo serán en el futuro los preestrenos y las premieres de películas, las rutilantes alfombras rojas y el contacto de las deslumbrantes estrellas con sus entregados fans, es preguntarnos cómo va a ser la vida social en tiempos de miedo al contagio. ¿Habrá que conformarse con estrenos virtuales y chateos en Instagram?
No es lo mismo. Ahora los famosetes nos ofrecen directos en Instagram en que hablan de mil tonterías –y una o dos cosas interesantes–, perdiendo la condición de antaño de estrellas inalcanzables que lucían arriba en el firmamento para que nosotros les rindiéramos incondicional admiración. Se supone que ganamos en calidez y cercanía, aunque tal vez nos estemos sumergiendo en el trampantojo, en realidad conocemos a esos actores y actrices menos que antes. Otras veces, caemos en la cuenta de que en realidad, nada hay que conocer más allá de sus esculturales carcasas trabajadas en el gimnasio, el salón de belleza o el quirófano.
Pero me estoy alejando del tema, unos oropeles a los que nos han acostumbrado las revistas de papel cuché y los programas televisivos de la crónica rosa, que podrían volverse más virtuales que nunca. Me refiero a los rutilantes estrenos y premieres de películas, donde las estrellas y sus amigos llegan en magníficos automóviles, y descienden con las últimas creaciones de los modistos luciendo palmito. En tales ocasiones los flashes deslumbran, las sonrisas de oreja a oreja resplandecen, el reportero de turno coloca la alcachofa del micrófono cerca, y llegan las declaraciones sobre esa noche tan especial. Y muchas veces está el rito de los cazaautógrafos, ahora también cazadores de “selfies”. Momento sublimado, de estrecho contacto entre los actores y sus fans, en que casi se toca el cielo.
Pero, ¿qué va a quedar de esto en tiempos de coronarivus y después, con el miedo en el cuerpo? ¿Deberán las estrellas desfilar con mascarilla, quedando la sonrisa para la imaginación del espectador? ¿Tendrán que devolver el modelito, una vez usado, para su concienzuda desinfección? ¿Obligarán a fotógrafos y reporteros a someterse a un test de que están libres de coronavirus? ¿La distancia que procuraban crear los gorilas, se duplicará por obra y gracia de la servidumbre de la llamada distancia social?
Y de momento me he referido solo a los profesionales. ¿Qué será de esos fans que solían acampar a la puerta del hotel donde se alojan las estrellas que acuden a un festival de cine, o junto a la alfombra roja de un palacio de cine? ¿Les pulverizarán desinfectante? ¿Les medirán la temperatura antes de acceder a una zona de seguridad? ¿Deberán llevar un traje de astronauta como el de algunos sanitarios en las UCIS? Quién sabe, tal vez les lleven a una plaza ante una pantalla gigante, y deban conformarse con una imagen grande de alguien que está físicamente cerca, pero al que no van a ver físicamente, otra vez será.
Las grandes marcas de lujo, en ropa y diseño, peluqueros, maquilladores, joyeros, saben que sus garbanzos podrían convertirse en otro artículo de lujo como no den con la fórmula de que las estrellas reluzcan con su belleza, tipazo y modelitos, sin aparentar que se mueven en un marco artificial, como ante una pantalla verde. Ah, claro. A lo mejor esas masas apelmazadas de fans acabarán añadiéndose digitalmente con ordenador. Pero, oh, problema, puede producirse un efecto llamada, y que fans de verdad quieran sumarse a los digitales.
Hago un poco de broma y ciencia ficción, mientras se constata que el genial guionista William Goldman tenía mucha razón cuando sabiamente escribió que “nadie sabe nada” en el negocio del cine, y podría añadirse, en tantos otros negocios. Mientras tanto nos quedamos esperando esa “nueva normalidad” de la que nos habla un gobierno pulverizador del lenguaje, confiemos que no se “desescale” el glamour de esas noches de cine. Porque entregar un Oscar por Zoom, o ver a Meryl Streep desfilar en albornoz por la alfombra de felpa de su casa, por mucho que nos humanice a la chica, y nos haga gracia, carece de encanto.
