Después de sorprender con títulos como El club de la buena estrella y el díptico Smoke-Blue in the Face, el director de Hong Kong Wayne Wang ha llevado una carrera un tanto errática, con rarezas como El centro del mundo y títulos comerciales de Hollywood como Sucedió en Manhattan. Aquí vuelve a lo que mejor se le da, una historia sencilla y muy humana, basada en un relato de Yiyun Li, que firma también el guión.
Shi, un anciano chino, viudo y jubilado viaja a Estados Unidos para visitar a su hija Yilan, instalada en ese país y recientemente divorciada. A Thousand Years of Good Prayers es una película donde importan, y mucho, las cosas pequeñas. Cuando Yilan propone a su padre volar, para conocer mejor el lugar, él contesta que prefiere ir en tren, conocer las cosas directamente. Wang nos habla del viejo problema de la comunicación, común en oriente y occidente. En un momento dado, Yilan comenta con su padre los problemas del mandarín, un idioma que parece pensado para no expresar los sentimientos, propicio para los secretos. Pero lo cierto es que la sociedad occidental también propicia el aislamiento, el no poder volver a comer a casa tranquilamente, las llamadas impersonales de los televendedores, los planes en solitario como acudir a una sala de cine…
No hay “terremotos” en la película, todo es la vida misma. Vemos a Shi hablar su inglés elemental, hacer migas con una vecina de origen iraní, que también tiene problemas con el idioma; somos testigos de la sorpresa de este hombre mayor, porque una joven en edad de trabajar esté tomando el sol tranquilamente en la piscina, y hable con la mayor naturalidad en bikini a un desconocido, algo que despierte en el protagonista la elemental modestia en que se ha educado. Hay buenas metáforas –esas muñecas rusas que esconden dentro otras muñecas, y que se encuentran entremezcladas, Shi las ordena, lo que habla de problemas no compartidos por el otro, que dan pie a prejuicios, a pensar lo que no se debe pensar–, magníficas interpretaciones –Henry O es serio candidato a mejor actor–, y buen equilibrio entre elementos dramáticos y humorísticos. El film debería contar para la Concha de Oro, aunque su condición minimalista pueda jugar en contra. Pero pienso que es una película que tiene que haber gustado al presidente del jurado, Paul Auster.
Matar a todos es cine político comprometido, y aunque de planteamiento algo manido, sabe escapar del tono panfletario tan común en este tipo de películas. Habla de la connivencia entre países sudamericanos, democracias que todavía arrastran hábitos totalitarios, a cuento de la Operación Cóndor, que desarrolló armas para terminar con personas conflictivas de la oposición. El film dibuja los esfuerzos investigadores de la jueza Julia Gudari en Uruguay, por el oscuro secuestro, denuncia y posterior desaparición de Berríos, un químico chileno que trabajaba en la fabricación de gas sarín. Se sigue la pauta de los obstáculos sin cuento que encuentra Julia, por parte de su superior, la policía, los militares… También por parte de su padre, un general retirado y enfermo, y su hermano, capitán del ejército. Hay cierto resentimiento de Julia hacia su padre, pues le separó del hombre que amaba, político de izquierdas. Ahora está casada con un médico y tiene un niño de ocho años. Se trata de una historia que hemos visto muchas veces en la pantalla, pero Esteban Schroeder la filma con rigor y sobriedad, hay un esfuerzo de ecuanimidad muy de agradecer. Roxana Blanco como magistrado hace un buen papel de persona normal, seria candidata al premio a la mejor actriz.
Caramel, película incluida en Zabaltegi, hace honor a su título, es una de esas historias concebidas con cariño, pensada para agradar a una audiencia amplia (es seria candidata a los premios del público y de la juventud), que debe saborearla y chuparla con fruición, como si de un caramelo se tratara; aunque el caramelo también puede hacer daño, y en el salón de belleza “Si Belle” (tan bella) lo usan para depilar, una operación que duele. Film libanés, situado en el Beirut cristiano, lo dirige una mujer, Nadine Labaki. Esto último se nota, realmente la directora nos entrega un microcosmos de mimados personajes femeninos, a los que reúne el salón de belleza, como trabajadoras o como clientes; los hombres son pocos, prácticamente se reducen al policía que pone multas, prendado de una de las peluqueras, y al anciano que acude a una sastrería, platónicamente enamorado de la mujer que la atiende, que vive con su hermana, una vieja loca obsesionada por los papeles, y con la que reza por las noches el rosario. Entre las féminas que pueblan el film, hay una prometida en matrimonio, aunque no está muy segura; otra es ya mayor, pero aspira a ser actriz; está también la que mantiene una relación con un hombre casado, y a la que conocer a la esposa de éste y su entorno familiar le hace ver que el suyo es un amor diferente; otra de las empleadas del “Si Belle” se siente atraída por una clienta, lo que queda levemente apuntado, no se quiere llevar más lejos. Porque si algo define al film de Labaki es la levedad y la sutileza, un deseo de no herir sensibilidades; es políticamente correcta, pero con inteligencia; y se advierten las influencias occidentales, cierto permisivismo: la película es coproducción francesa, esto salta a la vista. Hay en la trama como una celebración de la vida, acentuada por una buscada sensualidad y los contrapuntos humorísticos, donde no se ignoran las penas, las mentiras, los disimulos, pero donde ayuda la amistad femenina, o los consejos de una madre a su hija para la noche de bodas, algo ingenua pero sinceramente preocupada. Es una película luminosa, y le ayuda, mucho, la hermosa partitura musical.
