La sección oficial aborda hoy el mundo de la infancia por partida doble. Las secuelas de la guerra en Irán y el horror del holocausto judío afectan de modo inexorable a los niños protagonistas de El caballo de dos piernas y El niño con el pijama de rayas.
El cine iraní sigue fiel a sus señas de identidad minimalistas. Del clan Makhmalbaf –el padre y dos hijas son cineastas–, llega película de Samira, la hija mayor, directora de A las cinco de la tarde. La trama es terrible y sencilla. Describe la relación entre dos niños con taras, uno las tiene físicas, el otro mentales. El primero sufrió terribles mutilaciones de cintura para abajo, la guerra que no cesa, el segundo es deficiente mental, pero fuerte como una mula. Y precisamente esa fortaleza física le sirve para ganar un dólar diario, llevando a caballito al otro. La película no es más que dar vueltas a esto, con un naturalismo que lleva mostrar al chico mutilado bañándose o dando brincos de un modo espeluznante, o al retrasado hacer bastantes cosas, como pelear con otros chicos, sin pensar demasiado. Se podría pensar que, como en la fábula, la unión de los dos chicos constituiría el tándem perfecto. Pero las cosas no son tan sencillas. El chico mutilado es cruel y egoísta, en contraste con la especie de bondad natural que define al segundo. Film de estilo casi documental, muestra con crudo realismo las limitaciones a que se enfrentan los dos muchachos. Tiene interés, aunque se hace largo y reiterativo, y peca de cierta indefinición, pues de apuntar a una aproximación a la amistad, se pasa a algo mucho más terrible. En tal sentido la historia que nos cuenta Samira Makhmalbaf no deja de ser desesperanzada.
Casi sobran las presentaciones a El niño con el pijama de rayas, pues la novela de John Boyne en que se basa es un auténtico superventas. Presentada en la sección oficial, pero fuera de concurso, Mark Herman cuenta el traslado de un comandante nazi, responsable de un campo de concentración, y su familia, a una casa lindante al mismo. La historia se centra en el hijo pequeño de la familia, dotado de una gran imaginación, pero cuya mente infantil es incapaz de concebir qué horror se oculta en la “granja” vecina, donde sus “trabajadores” visten un raro pijama de rayas. Sin que lo sepan sus padres el chico logrará acercarse a la alambrada del campo, y trabará amistad con un chaval judío, que está internado ahí dentro. Mark Herman, el director y guionista, ha debido pensar que el papel soportaba mejor que el celuloide la ingenuidad del chico, que no enteraba de qué iba la “fiesta” (con perdón). De modo que introduce algo más de realismo en los detalles que extrañan al chico, no opta por enfrentarse ante la rotunda objetividad de la cámara para plasmar el punto de vista infantil. Estamos ante una correcta traslación a la pantalla del libro original, que es ingenioso aunque algo elemental. El desenlace, que era sin duda el momento cumbre de la novela, sacrifica su eficaz sobriedad por un enfoque algo hollywoodiense y desmesurado, aunque respete el sentido del libro. Se ha querido acentuar el dramatismo, y en el camino se han perdido otro tipo de emociones.
