La cosa va hoy de familias rotas. Rotas por el dolor en el caso del film de Javier Fesser, y por las desavenencias conyugales en el título canadiense Maman est chez le coiffeur.
Tercera película española a concurso. Camino, de Javier Fesser. Se basa en hecho reales, el caso de Alexia González-Barros, una niña que murió de cáncer con 14 años, educada en una familia cristiana, y actualmente en proceso de beatificación. El guionista y director utiliza la historia auténtica reescribiéndola a su gusto -poca sensibilidad demuestra con los familiares que sobreviven a la pequeña, de los que evita hablar en la rueda de prensa-, para contar el terrible drama de la pequeña Camino, donde lo más terrible no parece la enfermedad que padece, problemática que se trata de modo más colateral de lo que sería razonable, a pesar de la inclusión de escenas casi gore de las operaciones de columna, sino la religión, presentada como potencial fábrica de personas fanáticas e inhumanas, manipuladora de las conciencias, y forma de insano escapismo. Tan brutal es el ataque, que uno no puede por menos de imaginar en el director algún tipo de experiencia negativa con la religión, de otro modo no se entiende su interés en vaciarla de valor. Lo paradójico es que Fesser presenta como alternativa para afrontar el dolor lo que, adoptando su punto de vista, no deja de ser “otro” escapismo, el de la fantasía, escenas oníricas con la familia feliz, en un contexto menos asfixiante, un “cielo” con florecillas, el niño del que se ha enamorado, flechazo instantáneo, ratoncitos que escapan de sus jaulas... Así que, patética conclusión, al final no tenemos nada a que agarrarnos ante el sufrimiento.
Film militante, sostiene que “cada uno se convence de lo que quiere”, ya sea de la religión o de la existencia de un enanito. De ahí el irónico, cruel juego de confusiones, en que unos interpretan como señales de santidad lo que para la niña es un amor infantil. Fesser rechaza la religión, tal “escapismo” no lo aprueba porque lo interpreta, de modo reduccionista, como impuesto desde fuera a machamartillo. Y dirige sus golpes al Opus Dei, “los malos” de la peli. Esta institución católica se (des)dibuja con prolijos y grotescos detalles, cuyo interés argumental es discutible. No hay que olvidar que Fesser proviene del cine de la caricatura y el esperpento, ahí están El sedcleto de la tlompeta, Aquel ritmillo, La gran aventura de Mortadelo y Filemón, El milagro de P. Tinto. Y al abordar un drama basado en la realidad, no evita lo caricaturesco, que chirría ostentosamente. El director se equivoca en la larguísima duración de la película, poco justificable, y no casa con suavidad los pasajes realistas con los oníricos, algo subrayado por la desacertada partitura musical. Fesser debía haberse decantado por el dramón puro y duro o por el formato de cuento, pero quiere nadar entre esas dos aguas y fracasa en el intento. Los actores hacen un trabajo esforzado, pero sus personajes son muy esquemáticos, la madre fanática, el padre “calzonazos”, la hermana “captada” por el Opus Dei, los sacerdotes “funcionarios”... Se salvan las niñas, Nerea Camacho, que interpreta a Camino, y su simpática amiga, de notable desparpajo.
Bastante más interés ofrece Maman est chez le coiffeur, película canadiense de Léa Pool, responsable de otro conocido drama familiar, The Blue Butterfly. La directora habla de las separaciones matrimoniales con enorme inteligencia y sensibilidad, mostrando de forma honesta cómo las víctimas más frágiles, casi siempre inocentes –es el caso de la película–, son los hijos. La trama arranca con el comienzo de las vacaciones. Son los años 60, y los tres hijos de un matrimonio, Élise, Carl y Benoît, entre 16 y 10 años, se disponen a disfrutar de los días estivales. Parecen una familia feliz, las primeras escenas de la película así permiten presumirlo. Pero cuando ahondamos un poco, vemos que algo no funciona en el matrimonio. Él la rehuye a ella en la cama, y al final se descubre el “pastel”, el marido le engañaba. Ella lo toma por la tremenda, pide en el periódico donde trabaja un puesto en Londres y se va. Deja ahí a los chicos, y el padre no sabe manejar la situación. No entiende a sus hijos, no habla con ellos, escamotea las explicaciones de la repentina marcha materna. Surge en los chavales el sufrimiento, el sentido de culpa, la búsqueda de afecto. Sorprendentemente, Élise encuentra una suerte de figura paterna en el señor Mosca, un tipo con fama de raro, sordomudo, que vende cebos para la pesca. Sí, los raros resultan ser más normales que los presuntamente normales.
Pool subraya que el hogar roto que describe no es el único de su entorno. Los amigos de los tres chicos afrontan cuadros familiares no tan diferentes. Son conmovedores los niños, sobre todo la hermana mayor, y el pequeño, callado, inquisitivo, diferente, hasta el punto de que su padre cree que debe ser algo retrasado. La escena en la alacena donde suele refugiarse, lugar en que su hermana le descubre dándose cabezazos contra la puerta de la que cuelga el dibujo que hizo de la madre ausente, es sobrecogedora. También emociona el señor Mosca, la delicadeza de la escena en que cuida del niño que se mete demasiado río adentro, por ejemplo. Se trata de una buena película, contenida, con apuntes humorísticos oxigenantes, que hace un gran esfuerzo para huir de la sensiblería; y es una necesaria llamada de atención a los padres que todo lo “arreglan” rompiendo, sin pensar en todo lo que rompen.
