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San Sebastián 2009: Kaurismäki a la española y el coleccionista turco

Ayer se dejó ver el mismísimo Gandalf por las calles de San Sebastián. El actor Ian McKellen recogía el Premio Donostia a toda su carrera, el único que se entrega este año en el Festival. Entretanto llegaba la segunda película española a concurso, la minimalista La mujer sin piano, y una curiosa propuesta turca, 11’E 10 kala.

El español Javier Rebollo retoma el aire cansino del que ya hacía gala en su debut en el largo, Lo que sé de Lola. La novedad de La mujer sin piano, aparte de ver a Carmen Machi más callada que de costumbre, consiste en entregar una película que se diría un remedo a la española del cine de Aki Kaurismäki, para señalar lo anodina que puede llegar a ser la vida de las personas. Eso sí, no es lo mismo ser Kaurismäki que imitar a Kaurismäki, hay una diferencia no pequeña.

Rosa, depiladora profesional, vive con su marido taxista. El hijo de ambos, ya adulto, voló del ‘nido’ hace tiempo. Su vida es una auténtica prisión, donde la rutina ha construido sólidos barrotes, de los que se diría imposible escapar. Pero descolgar el horrible cuadro de caza que cuelga a la cabecera del lecho matrimonial nos anticipa que Rosa va a tratar de evadirse de todo eso. Cuando su marido duerme, hace la maleta y marcha a la estación de autobuses para irse a cualquier lugar, no importa dónde. Allí conoce a un joven polaco que también huye de algo. Pasarán juntos la noche y...

Ritmo parsimonioso, situaciones surrealistas propias de una sociedad deshumanizada, algún momento de suave humor... Aunque el metraje no es excesivo, la cosa cansa, la película es tan anodina como la vida misma que se quiere retratar. Y eso no el cine, o no debería serlo. Falta emoción en esta aguda crítica a la vida vacía y a la incapacidad casi física de reaccionar. ¿Qué 'piano' le falta a la protagonista? No se nos dice. La ironía de la fanfarria que acompaña a algunos momentos especialmente grises apunta a que lo cotidiano es necesariamente insoportable, algo cuando menos discutible.

El coleccionista turco

La otra película a competición, la turca 11’E 10 kala, es formalmente correcta, y comparte con el film español la mirada a una vida rutinaria. Pero de nuevo prevalece lo anodino frente a la deseable emoción pura, una mirada a existencias pequeñitas y un tanto mezquinas, donde la palabra amor brilla por su ausencia. Como en film de Rebollo, las interpretaciones son elementales, basta ser uno mismo, actuar de modo contenido. La trama sigue al anciano Mithat, que acumula las colecciones más variopintas, y cuyo apartamento se asemeja a un enorme cuarto trastero, donde se apilan montones de periódicos, libros y objetos variopintos. Tanta es su pasión por el coleccionismo que su esposa, harta, acabó dejándole. Ahora los vecinos de su inmueble se proponen derruirlo para construir otro nuevo, algo a lo que Mithat rehúsa dar su conformidad. De todos modos, el caos de su piso es tal que unos empleados del ayuntamiento amenazan con desalojarlo, pues el peso de sus trastos podría poner en peligro la estructura del edificio. Así que le toca embalar, lo que le impide seguir su rutina de conseguir nuevas piezas para sus colecciones, tareas en las que implicará al portero de la finca, a cambio de buenas propinas.

El título del film de Pelin Esmer alude al tomo 11 que falta a la enciclopedia de Mithat para estar completa, y con él la directora también parece aludir a las carencias del protagonista, que con sus manías, aparentemente inofensivas, contribuye a su alejamiento de las personas. Pero en verdad que esto es una interpretación personal, basada en el personaje del portero, al que los recados le llevan a comunicarse con el mundo exterior, y sentirse más vivo, también por la esperanza de reunirse pronto con su familia. Si se quiere subrayar este contraste, la cosa no queda demasiado clara.

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