Desde que tuve uso de razón siempre quise ser crítico de cine. De peque, mis personajes televisivos favoritos eran Statler y Waldorf, los sarcásticos abueletes que ponían a caldo El show de los Teleñecos entre sketch y sketch.
Statler: Despierta, viejo estúpido. Te has quedado dormido durante todo el programa.
Waldorf: El estúpido eres tú, que lo has visto entero.
Imaginaos, os invitan a ver una película completamente gratis, la ves antes que nadie, os regalan una camiseta y a cambio tú vas y la pones a caldo. Y encima no sólo se te permite ser despiadado, sino que tienes más éxito de público cuanto peor persona seas. ¡No puede existir una profesión mejor!
Pero hete aquí que una vez que ejerces la profesión, te das cuenta de que nada es tan bonito pintaba. Es decir, sí que tiene sus ventajas, para qué lo voy a negar, sobre todo que si te gusta el cine es un placer poder analizar películas. Pero también existen numerosos inconvenientes que desconocen quiénes se dedican a otros menesteres.
Para empezar, algunas personas no se toman en serio tu trabajo. Por ejemplo, cada vez que salgo a un pase de prensa una compañera me dice "hasta luego" con una sonrisa en la boca. "¿Qué? ¿A trabajar duramente viendo una película?", me dice con sorna. He intentado explicarle muchas veces que acudir a una proyección de trabajo no es lo mismo que ir al cine con los colegas y la novia, comiendo palomitas. Pero nada, no se lo cree.
Otro asunto. Precisamente cuando tus amiguetes o tu chica quieren ver un estreno determinado, resulta que casualmente tú ya lo has visto. Te toca o bien quedarte en casa, o ir a esperarles a la puerta del cine como un desgraciado, por si luego se toman una caña contigo. ¡Me ha pasado bastantes veces!
Y encima, con el aluvión de estrenos (14 ó 15 algunas semanas), a veces te toca ir corriendo de un pase de prensa a otro, cuando no tienes entrevistas por medio. Acabas mezclando argumentos, y no recuerdas bien si el joven marginal británico con graves problemas de la peli de Ken Loach no acabó dándose de golpes con Spider-Man. A veces te entra la duda. ¿Y Batman no cantaba, o me estoy haciendo un lío con el musical que vi el lunes?
La gente piensa que nos colman a regalitos. Pues nada de nada. Hace mucho tiempo (ahora parece que fue en una galaxia muy muy lejana) nos ponían algún canapé de vez en cuándo, pero no te tocaba casi ninguno porque algunos compañeros debían pasar mucha hambre, y se ponían en la puerta por dónde salían los camareros acaparándolos todos. Hasta hace algunos años sí que nos obsequiaban regularmente con camisetas, así que al menos ya tenías vestuario para el verano. Pero ahora, con la crisis, ni eso.
Y en cuanto la posible influencia que puedas tener como profesional y supuesto líder de opinión, creo seriamente que ninguna. Por ejemplo, si se nos hiciera caso a los críticos, Torrente no daría ni un duro, y la película más taquillera del box office sería la última del iraní Abbas Kiarostami.
¿Te tienen en cuenta al menos tus conocidos o familiares? Pues resulta que no. He hablado con ilustres colegas, y la gente de tu alrededor normalmente se fía de las opiniones... ¡de cualquier otro crítico! Si le presentas a alguien muy unido a ti a un compañero de profesión, impepinablemente le pedirá ayuda a él para elegir entre los estrenos de la semana, lo que nunca te consultaría a ti. Y cuando le aconsejas algún título a alguien de confianza, siempre se reirá y te contestará: "ya, pero no será otra de ésas como las de Kiarostami, que os encantan a los críticos pero no hay quien las aguante".
