El viernes bien temprano por la mañana me encuentro con una amiga que me preguntó qué había visto en la tele la noche anterior, si los nuevos episodios de Águila Roja o la ¡decimoquinta! edición de Gran Hermano. Pues menos mal que no me puse a hacer zapping en ese momento, porque habría tirado la tele por la ventana.
No sé qué es peor, si Mercedes Milá dilapidando el inmenso prestigio profesional que tenía hace 16 años o la exitosa ficción de la cadena pública. De esta última recuerdo que traté de ver el primer episodio, en vista de que la anunciaban a bombo y platillo con un tráiler que mostraba secuencias de acción muy superiores a la de cualquier otra producción televisiva nacional. Y tenía a un inmenso actor, Javier Gutiérrez, que si hay justicia ganará el Goya este año por su excelente trabajo como poli chungo en la pendiente de estreno La isla mínima. Impresionante.
Para exorcizar mis demonios he decidido contar mi traumática experiencia al visionar el arranque de Águila Roja. Empiezo a ver la serie, que se suponía que transcurría en el Siglo de Oro, y me encuentro con un colegio moderno, que parecía sacado de Los Serrano, con una docena de alumnos –uno de ellos con gafas perfectamente translúcidas– que vestían y hablaban como los niños de ahora. Todos ellos tenían papeles para escribir, carísimo en aquella época. “Me habré confundido y me he puesto otra cosa”, pensé. Pero no, resulta que eso era Águila Roja.
A continuación aparecía un tipo que se supone que aprendió a luchar en China, pero lleva una espada de samurái japonés (menudo cacao, a saber si lo habrán arreglado) y enmascarado como si fuera un Ultra Sur. Tremendo.
Lo peor, unos personajes sin atisbo de tridimensionalidad, y unas tramas y diálogos mil veces vistos. Que conste que para no soy uno de esos tiquismiquis de la rigurosidad histórica y que una de mis películas favoritas es El temible burlón, donde sacan bombardeos y trajes de buzo en pleno siglo XVIII. Pero eso sí, con más gracia. Aquí el problema es que nada recordaba al momento histórico en el que se supone que debía situarse la acción, y que puestos a sacar anacronismos no desvariaran ya del todo y sacaran por ejemplo un tocadiscos en plan Los Picapiedra, con un pájaro que use el pico en modo de aguja.
Finalmente, lo que acabó de ponerme de los nervios fue el plagio descarado de la legendaria presentación del personaje de John Malkovich en Las amistades peligrosas, donde salía escribiendo sobre la espalda de una mujer desnuda. Pero no se les ocurre otra cosa que imitar la escena con Francis Lorenzo, el tío de Médico de familia, despojado de sus vestiduras. ¡Con un par de narices! Suficiente para convencerme de que aquello no era para mí.
