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Zona friki

10 tipos de espectadores de cine insoportables

10 tipos de espectadores de cine insoportables

Que el cine sea un espectáculo colectivo tiene su encanto. Resulta impagable asistir a la proyección de una comedia tronchante, pues las risas se contagian. Verla en soledad nunca será lo mismo. Como inconveniente, el que más o el que menos ha tenido que soportar a espectadores maleducados.

Pero en los últimos años, la situación ha degenerado, hasta el punto de que las salas de cine se han convertido en un infierno. Se explica por la poca conciencia que las personas tienen últimamente de la existencia de los demás (no sólo en el cine), y porque como cada vez acuden menos espectadores, se ve que el personal del lugar prefiere no ponerle pegas a nadie, aunque se pongan a cantar en medio de la proyección. Tras décadas manteniendo la costumbre de acudir regularmente al cine, hasta yo empiezo a plantearme quedarme mejor en mi casa.

Éstos son los diez tipos de espectadores más detestables que puedes encontrar en un cine.

1. Los impuntuales. ¿Qué la película empieza a las siete? ¡Es igual! Pero si ponen un montón de trailers, y total, por perderse el arranque no pasa nada… ¡Ya pillaremos el hilo después! Total, que una vez empezada la sesión, continúa entrando gente, la mayoría de forma discreta, la verdad, pero otros entran como un elefante en una cacharrería, como si todo el mundo tuviera que enterarse de que acaban de llegar. Los peores, ésos que encima pretenden buscar con las luces apagadas su butaca numerada, aunque esté en medio de una fila llena de gente. Hasta yo, que tengo la paciencia del santo Job, estuve a punto de perder los papeles un día, porque un tipo, aparte de llegar a las mil montando jaleo, me pregunta… ¡si estoy bien sentado! Le faltó pedirme que le contara el principio.

2. Los del móvil. Que sí, que a todos se nos puede olvidar apagar el teléfon, y que suene en medio de la proyección. Yo eso hasta lo disculpo, pero… ¡que encima contesten! ¡Y a voz en grito, como si estuvieran en el salón de su casa! Les trae al pairo que te enteres de sus intimidades: “la colonoscopia de esta mañana ha salido muy bien”, o “sí, mañana he quedado con la querida cuando mi señora está en la pelu”. Por no hablar de esos que encienden la pantalla brillante para contestar el whatsApp o buscar en google cómo se llama ese actor protagonista que tanto les suena.

ninios3. Los que van con niños. Hombre, llevar a tus chavalines a ver Zootrópolis es normal. Si uno acude a una sesión a las cuatro de cualquier peli infantil, se espera más o menos lo que se va a encontrar. Lo malo es cuando asistes a Cincuenta sombras de Grey y te encuentras a chavalines con globos. Debería haber un carnet especial para ejercer como padre por puntos, para que las autoridades se lo pudieran retirar a más de uno. A veces el pobre chavalín se aburre (con razón) porque no le interesa nada lo que se proyecta, así que se dedica a corretear de un lado a otro del pasillo, hasta que generalmente se cae y empieza a llorar a todo volumen… ¡sin que eso signifique que el padre esté dispuesto a levantarse de su asiento para atenderle!

4. Los viajeros. Por si algún espectador de cine no se ha enterado todavía, ahora los españoles viajan, no como hace algunos años. Esto significa que desde hace unos años cuando aparece el barrio de Montmartre parisino en pantalla, por poner un ejemplo, el espectador de al lado tiene que comentarle a su acompañante que en esa calle se tomó un café con Periquín. Quédese en casa viendo las fotos y no moleste, caballero.

5. Los enfermos.  De verdad, que uno trata de mostrarse comprensivo. No pasa nada si a alguien le entra la tos, si te toca al lado a un asmático crónico con respiración ruidosa o hasta artríticos con articulaciones estruendosas. Yo no quiero parecer poco solidario, ni mucho menos, pero hombre, si te han prescrito un respirador artificial que produce un insoportable ruido continuo, pienso que deberías considerar la espera hasta que la peli esté disponible en formato doméstico.  

6. La parejita indiscreta. Pensábamos que habíamos superado la España de la fila de los mancos, cuando los novios no tenían otro lugar al que ir para achucharse que a un cine. Pero no, a veces resulta que has pagado por una película pero tienes la oportunidad de ver dos, la de fuera de la pantalla con peligrosos tintes cercanos a la pornografía. Uno de verdad no quiere meterse en la vida de nadie, pero por favor, al menos buscaos un rinconcito discreto…

7. Los comentaristas. Algunos tenía vocación de locutor radiofónico, de ésos que retransmiten los partidos, así que en el cine exclaman a voz en grito: “¡le ha abofeteado!”. Por si el resto de espectadores no ha podido ver en la pantalla lo ocurrido. Para no hablar del macho alpha de la manada, que hace comentarios de adolescente afectado por el exceso de testosterona. “Hala, la va a violar, ¡esto se anima!”, he llegado a escuchar. Lo peor, le siguieron las risas tontas ‘teenager’ de quienes le acompañaban.

Rocky8. Los que se emocionan demasiado. Este espécimen suele ir sobre todo a ver películas de acción, y parece que las vive. “¡Dale! ¡Dale!”, repetía una y otra vez un tipo que tenia delante en una entrega de Rocky, mientras daba puñetazos al viento. “¡Mátale!”, le aconsejaba a Van Damme un señor en otra ocasión. Pero no seáis tontos, por un poco más de dinero os podéis comprar una entrada para un estadio de fútbol, y allí os dejan hasta gritar palabrotas sin ningún problema.

9. Los equivocados. Resulta bastante frustrante trabajar en una web de información cinematográfica, como decine21.com y constatar… ¡que nadie te lee! Sólo eso explica que durante una proyección de El árbol de la vida, se levante un espectador indignado y al ver el dinosaurio grite a pleno pulmón: ¡Esto es para frikis! Igual tiene usted razón, pero los raritos terminales que sí sabemos lo que hemos ido a ver también tenemos derecho a ver cine sin que nos den la lata.

10. Los hambrientos. Uno ya se ha acostumbrado al ruidito de las palomitas, o de los que sorben el refresco. Pero os aseguro que una vez un tipo a mi lado se abrió un tupper que dejó en toda la sala un tremendo olor a cocido. Hete aquí que al contemplar mi cara de extrañeza me preguntó si me apetecía un poco. El hombre podía ser bastante brutote, la verdad, pero al menos también espléndido.

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