Se ha liado parda con “Pasapalabra”. Rosa Rodríguez se ha llevado el Rosco tras responder quién fue el jugador elegido más valioso de la Liga de Fútbol Americano en 1968 por la agencia AP. Una pregunta que tiene narices, dudo que pudiera encontrar en toda España a un periodista deportivo que supiera la contestación.
La concursante, sudando como si estuviera desactivando una bomba, respondió “Morel”, como si le hubieran soplado por el pinganillo, pero no acabara de entender la respuesta correcta, pues el tipo en cuestión se llama al parecer Earl Morrall, lo que ha levantado todo tipo de cejas y sospechas. Todo esto, “casualmente”, cuando el programa de Atresmedia atravesaba una pequeña travesía del desierto de audiencia.
El amiguete Luis Miguel Carmona me ha mandado un vídeo en TikTok en el que un periodista pregunta exactamente lo mismo a seis expertos de la NFL en Denver. Seis. Expertos. De la NFL. En Denver. Resultado: ni idea. Silencio. Miradas perdidas. Como si les hubieran preguntado por los ministros de Fomento de la Restauración borbónica.
Aquí es donde al cinéfilo se le activa el radar y empieza a sonar la banda sonora de Quiz Show: el dilema. Aquella película que Robert Redford dirigió en 1994 y que hoy debería proyectarse en bucle en todas las facultades de Comunicación y en los despachos de las cadenas generalistas, con subtítulos en mayúsculas y subrayado fluorescente. Porque hay películas que envejecen bien y otras que, directamente, parecen rodadas ayer por la mañana. Quiz Show no es cine histórico: es cine preventivo.
Basada en hechos reales, la película reconstruye el escándalo del concurso Twenty-One, un fenómeno televisivo en los años cincuenta. Todo parecía limpio: preguntas imposibles, concursantes brillantes, América entera mordiéndose las uñas. Pero detrás de las cámaras se decidía quién ganaba, quién perdía y en qué episodio convenía que alguien sudara un poco para subir la curva de audiencia.
El alma del asunto era Charles Van Doren, interpretado por Ralph Fiennes con cara de no haber roto nunca un plato… salvo todos los de la alacena. Un tipo culto, atractivo, educado y con una culpa tan grande que se le veía desde el plano general. No un villano, sino algo mucho peor: alguien que acepta hacer trampas porque el sistema entero le aplaude mientras lo hace. Quiz Show no habla de un farsante, sino de una industria que necesita genios prefabricados como quien necesita café por la mañana.
Por eso la comparación duele. Porque cuando una respuesta imposible entra raspando, mal pronunciada pero milagrosamente válida, el espectador deja de jugar desde el sofá y empieza a pensar en Robert Redford, en guiones ocultos y en la vieja lección de la televisión: que la verdad está muy bien, pero la audiencia paga mejor.
