Cuando los críticos pedimos enlaces para ver películas o series antes del estreno, las distribuidoras suelen enviarnos copias protegidas con una marca de agua.
La teoría es sencilla: si a alguno le diera por convertirse de repente en pirata del Caribe y filtrar el episodio a internet, sabrían de dónde salió la fuga. Tiene lógica. Además, normalmente son discretos. Un pequeño nombre en una esquina, una identificación apenas visible, algo que recuerda que te están vigilando sin llegar a parecer un interrogatorio de la CIA.
Pero esta vez he pedido una serie arácnida de próximo estreno, con Nicolas Cage, y alguien ha decidido que la discreción es para cobardes. La marca de agua no aparece en una esquina: ha invadido la pantalla como si estuviera reclamando derechos de ocupación. Mi dirección de correo electrónico atraviesa la imagen con la sutileza de un anuncio de colchones en mitad de un funeral.. Intento seguir la trama y no puedo. Los personajes hablan, suceden cosas, aparecen misterios, pero mi cerebro solo procesa una sucesión interminable de letras. Ya no sé si el protagonista está luchando contra supervillanos o contra mi cuenta de mail. Hay escenas en las que el correo ocupa más espacio dramático que los actores. De hecho, sospecho que es el personaje con más minutos en pantalla.
La situación llega a tal punto que uno acaba desarrollando una relación emocional con su propia dirección electrónica. Después de tres episodios ya no la lees: convives con ella. Empiezas a verla incluso cuando apartas la vista de la pantalla. Si la serie dura varias temporadas, quizá termine nominando mi email a mejor actor de reparto.Lo más frustrante es que la serie no parece estar mal. O al menos eso creo. Es difícil valorarla cuando cada plano viene acompañado por un gigantesco recordatorio de que me llamo como me llamo y de que tengo una cuenta de correo perfectamente operativa. Entiendo que quieran evitar filtraciones. Lo que no entiendo es por qué han optado por una estrategia visual que convierte cada capítulo en una mezcla entre ficción televisiva y declaración de la renta. A este paso, para la crítica tendré que puntuar dos cosas por separado: la serie y el tamaño de la marca de agua. Y ahora mismo no tengo claro cuál de las dos ocupa más pantalla
